
La historia de las enfermeras falangistas capturadas durante la Batalla de Brunete siempre me ha llamado la atención. Me ha parecido fascinante poder ver las fotografías que les hizo la propaganda republicana solo unos minutos después de ser detenidas en el hospitalillo de Brunete la mañana del 6 de julio de 1937. Este interés por ellas ha incrementado notablemente después de descubrir recientemente nuevos datos sobre su actuación en la Guerra Civil obtenidos a través del Archivo General e Histórico de la Defensa. Fruto del análisis de cientos de documentos, hemos averiguado la identidad del militar gubernamental que salvó la vida a las hermanas Larios (María Isabel y María Luisa) cuya historia hemos plasmado en nuestro libro “La guerra encubierta. Operaciones secretas, espías y evadidos en la Guerra Civil” (Arzalia Ediciones). Pero antes de entrar en materia, empecemos por el principio.
Madrugada del 6 de julio de 1937. Inicio de la Batalla de Brunete. Unidades republicanas empiezan a hacer incursiones en algunas poblaciones del noroeste de Madrid donde las tropas de Franco habían empezado a instalar su frente de vanguardia. La ofensiva continúa a la mañana siguiente con la entrada en escena de la aviación y la artillería de la República que coge por sorpresa a los sublevados. Las avanzadas de la 11º División comandada por Líster entran en Brunete y combaten calle a calle, puerta a puerta, con los pocos soldados nacionales que quedaban en la localidad cubriendo la retirada de sus compañeros.
En el pequeño hospital de sangre de Brunete un puñado de militares franquistas y una docena de falangistas, heridos todos muy graves, siguen tendidos en sus camas. Algunos están a punto de morir, pero escuchan los combates que se están produciendo dentro del pueblo. Su estado era tan malo que no podían ser evacuados fuera de la localidad ya que casi todos estaban moribundos y se encontraban a un paso de la muerte. Dos jóvenes enfermeras falangistas tomaron, quizás, la decisión más arriesgada e importante de su vida: permanecer hasta el final con aquellos soldados, pese a caer en manos del enemigo. Hijas de una familia de la aristocracia de Algeciras, las hermanas Larios y Fernández de Villavicencio (María Luisa y Maribel), llevaban varias semanas en Brunete poniendo en marcha el hospital nacional más cerca de la primera línea de combate.

Maribel y María Luisa estuvieron acompañando a “sus heridos” hasta casi el final. Cuando los hombres de Lister se aproximaban a la puerta del hospital, las enfermeras lograron esconderse en un pajar contiguo. Algunas versiones dicen que a las 15:00 del día 06 de julio, ya todo Brunete había caído en manos de la República, pero las dos hermanas permanecían escondidas. Aunque el pueblo estaba abandonado y ya se habían hecho un centenar de prisioneros, los hombres de Lister y el Campesino registraban las pocas casas que se tenían en pie a la caza de posibles francotiradores y fugitivos.
Un periódico republicano contaba de la siguiente manera (un tanto manipulada), como una patrulla republicana encontró a las dos hermanas Larios:
“Un grupo de soldados formando patrulla buscaban fugitivos. Llegaron a un pajar.
– Aquí no hay nadie – advirtió un soldado.
– Sin embargo, calad con las bayonetas en esos montones – ordenó el jefe de la patrulla
Fueron mágicas aquellas palabras. La paja empezó a moverse como por arte de magia y una voz medio ahogada por la asfixia advirtió rapidísimamente:
– Eh, que estamos aquí nosotras.
Y del acervo dorado surgieron dos figuras de mujer. Los soldados del pueblo, esos humildes defensores de la lealtad republicana, tan ultrajados por ese cortejo de apolillados pergaminos, descoloridos escudos y vacilantes coronas, dieron un paso atrás convencidos de que aquellas dos damiselas no eran gente del lugar. Esta corría ya por las calles recibiendo jubilosa a los pelotones.
– Salgan sin miedo – ordenó el jefe.
– Naturalmente, no creo que me vayan a comer – dijo una.
– Desde luego, está el rancho esperándonos ya – comentó uno de los muchachos.
Aparecieron en la puerta del pajar las dos jóvenes: vestidas con trajes ligeros de percal. Rubia regordeta la una. Morena y esbelta la otra. Trataron de iniciar un romance, eran dos labradoras de un pueblo vecino….
– Perdón señoritas, esas manos tan finas y cuidadas y esas uñas perfiladas y brillantes no se curtieron en los rastrojos nunca.
Esta es solo una parte del artículo que la prensa de Madrid publicó con tintes propagandísticos sobre la captura de las enfermeras de Brunete. Esta versión republicana de la captura contrasta con la ofrecida por algunos diarios pro franquistas tras la Guerra Civil que aseguran que las dos enfermeras no abandonaron ni un instante a los heridos y que jamás se escondieron en el interior de un granero ante la llegada de los republicanos. Casi 80 años después seguimos sin saber lo que sucedió con las hermanas Larios para que fueran apresadas por los hombres de Líster en Brunete, aunque nuestra opinión se inclina a pensar que no quisieron abandonar a sus heridos en aquellos momentos. Nos cuesta creer que la retirada franquista se olvidara de ellas, aunque está hipótesis tampoco se tendría que descartar ya que la ofensiva republicana fue tremendamente rápida.

Interrogadas
En total, en la ofensiva republicana de Brunete del 6 de julio fueron hechos prisioneros entre 60 y 70 militares nacionales, además de las dos enfermeras. Las hermanas Larios, según relatarían tras la Guerra Civil a la revista Blanco y Negro, fueron conducidas “a pie y bajo un sol terrible” desde Brunete hasta el puesto de mando de Líster que compartía junto a otro líder comunista de importancia, Juan Modesto Guilloto. Ambos habían participado intensamente en la ofensiva republicana que realizaron, principalmente, fuerzas comunistas del V Cuerpo del Ejército.
Aunque se había dicho inicialmente que fueron trasladadas caminando desde Brunete hasta Torrelodones, los nuevos hallazgos que hemos encontrado en los archivos y que publicamos en nuestro libro «La guerra encubierta» (Arzalia) demuestra que esto no fue así. Las hermanas Larios prestaron inicialmente declaración a pocos kilómetros del hospitalillo donde fueron hechos prisioneras. Lo hicieron ante el propio Modesto que interrogó al mismo tiempo a dos oficiales franquistas de Artillería (un comandante y un teniente) que también habían sido capturados durante la ofensiva. Mientras Modesto y sus hombres efectuaban los interrogatorios, irrumpió en su puesto de mando un teniente coronel de Infantería llamado Antonio Garijo Hernández, al que le dedicamos todo un capítulo en nuestro libro. Éste se presentó como jefe de la sección de información del Ejército del Centro de la República y ordenó a Modesto y al resto de interrogadores que le entregaran a las dos enfermeras y a los dos oficiales. Les dijo que como responsable de esta sección, él y sus hombres se harían cargo de los prisioneros de guerra que tendrían que abandonar inmediatamente aquella zona porque existían posibilidades de que los sublevados lanzaran un contraataque.
Garijo se llevó en dos coches de su sección a las hermanas Larios y a los dos oficiales franquistas hasta el palacio del Canto del Pico en Torrelodones donde el Ejército del Centro había establecido su cuartel general. Cuando estuvo con ellos, se disculpó por las formas que habían tenido los comunistas que les habían apresado y se comprometió a cuidarles (especialmente a las dos enfermeras) mientras estuvieran bajo su protección. Según hemos podido demostrar en «La guerra encubierta», Garijo realmente simpatizaba con los alzados y durante gran parte de la contienda apoyó clandestinamente su causa desde dentro del Ejército republicano.
Una vez en Torrelodones, Garijo interrogó personalmente a las hermanas Larios y a los dos oficiales de Artillería, aunque según varios testigos lo hizo de una manera «muy suave», lo que provocó que fuera apercibido por su superior, el general Vicente Rojo, que consideraba que había que hacer un mayor esfuerzo en «vaciar» a los prisioneros, sobre todo, al poco de ser capturados. Como consecuencia de estos interrogatorios, Garijo tuvo que enfrentarse a voz en grito con el general de las Fuerzas Aéreas de la República, Ignacio Hidalgo de Cisneros que también estaba en el palacio del Canto del Pico y que pretendía llevarse consigo a los dos oficiales de Artillería. Garijo se opuso rotundamente y tras contar con el visto bueno de Miaja (que siempre fue su protector), finalmente consiguió que no fueran trasladados a ningún sitio. Aquella acalorada discusión propició que fuera denunciado ante el ministro de la Guerra, Indalecio Prieto, aunque éste no tomó ninguna decisión. Estos incidentes han podido ser confirmados por los autores de este blog tras estudiar tanto el consejo de guerra tras la contienda de Antonio Garijo como de uno de sus superiores en el Ejército del Centro, Manuel Matallana.
Las hermanas Larios y los dos oficiales de Artillería pasaron la noche del 6 de julio en una celda de Torrelodones custodiados por los hombres de Garijo que tenían «órdenes» de disparar a quién quisiera llevarse a los detenidos, aunque lucieran el uniforme del Ejército de la República. Afortunadamente para ellas no hubo ningún incidente. Al día siguiente, el propio Garijo trasladó en su coche oficial a las detenidas hasta Madrid, consiguiendo que no fueran enviadas al Centro de Detención de Prisioneros y Evadidos de Conde Duque porque «no era un lugar para estas damas».
Las hermanas Larios siempre recordarían el trato de favor que les dio aquel teniente coronel del Ejército republicano, aunque nunca recordaron su nombre. De hecho, tras la Guerra Civil, no prestaron declaración a favor de Garijo durante el consejo de guerra al que fue sometido por la justicia franquista para depurar sus responsabilidades como «mando del Ejército rojo». En cualquier caso, sí que recordaron en 1959, en una entrevista publicada por la revista Blanco y Negro, que un «oficial de la escolta de Miaja intervino a su favor y evitó que nos dieran el paseo». Aunque no sabían su identidad, aquel oficial al que se referían era Antonio Garijo Hernández que, por esas fechas residía en un pueblo de Toledo, completamente apartado de su carrera militar.
Pero regresemos a la historia de las hermanas Larios. Después de unas semanas en Madrid, fueron trasladadas hasta Valencia, en concreto a la cárcel de Alacuas donde pasaron unos meses. A María Luisa Larios le forzaron a aparecer en un video del subcomisariado de prensa y propaganda para elogiar las bonanzas del Ejército de la República y destacar el buen trato que habían recibido tras su captura.
El objetivo de este subcomisariado era difundir a nivel internacional que el trato de la República a sus prisioneros de guerra era “excelente” y que las noticias que “difundía el bando nacional” eran “completamente falsas”. Buceando en Youtube hemos tenido la suerte de encontrar ese vídeo en el que aparece María Luisa Larios (Conocida por Marilu) contestando una serie de preguntas que le formula una encargada de propaganda del subcomisariado de prensa. En esta entrevista se puede percibir que entre las dos mujeres hay una distancia infernal. A todas luces, el mensaje que trató de difundir la República usando el testimonio de la enfermera falangista era muy poco creíble.
Una entrevista propagandística
En www.guerraenmadrid.net hemos enlazado el vídeo de la entrevista celebrada y que no tiene desperdicio. Para los lectores que no puedan visualizarla correctamente tan solo les diremos que la grabación fue realizada por Ángel del Río, miembro del Sindicato General Cinematográfico de la UGT.
Estas son las reflexiones de María Luisa:
“La sublevación me pilló en Algeciras. Pertenecía a la Falange, a la sección femenina. Hice un curso de enfermería de unos tres meses y me destinaron a Brunete junto con mi hermana. El ataque republicano en Brunete fue una gran sorpresa. No nos lo esperábamos y además fue muy rápido. El ejército de la República es más potente de lo que yo creía, tiene más organización, buen armamento y los hombres un gran espíritu”.
Preguntada por el trato que han recibido desde que fueron hechas prisioneras, la respuesta de María Luisa sin levantar la mirada del suelo fue: “Nos han tratado muy bien. Estamos muy contentas”. El vídeo no tiene desperdicio. En esta ocasión, una imagen vale más que mil palabras.

Sabemos que las dos hermanas estuvieron presas antes de ser liberadas en la cárcel de Alacua donde volvieron a ser entrevistadas por la prensa republicana. Los diarios gubernamentales, con mucha propaganda de por medio, explicaban con todo lujo de detalle las libertades que tenían las dos hermanas falangistas en su prisión valenciana e introducía las siguientes declaraciones de las mismas: “Desde la escena del pajar hasta el momento hemos sido tratadas con todo tipo de respetos. Nadie nos ha molestado. Comemos bien cada día y en ningún momento se nos ha vejado”. En estas mismas entrevistas las dos afirmaron que seguían comulgando con las ideas de la Falange y que no se arrepentían de haber formado parte del Hospital de Brunete.
También hemos creado una galería fotográfica con las imágenes de las hermanas Larios que fueron tomadas por la propaganda republicana durante su cautiverio en las cárceles de Madrid y Valencia. Todas ellas son de una excelente calidad y actualmente se encuentran custodiadas por la Biblioteca Nacional de España (BNE).



El canje gracias a Inglaterra
Gracias al cónsul de Inglaterra en Valencia, las dos hermanas Larios pudieron ser canjeadas por unas presas republicanas que se encontraban en zona nacional. Su familia tenía cierta ascendencia inglesa, lo que provocó que Reino Unido tomara cartas en el asunto y trabajara a destajo junto a la Cruz Roja para lograr el canje. En diciembre de 1937 ya estaban libres. Su periplo, tras ser detenidas en Brunete, duró algo más de tres meses. Tras ser liberadas, la prensa franquista se hizo eco de lo que calificaron como su “hazaña”, hecho que provocó que el propio Franco decidiera condecorarlas con la Cruz Roja del Mérito Militar.
Tras pasar una semana en Algeciras con su familia, las dos hermanas se volvieron a prestar voluntarias para seguir trabajando en hospital de Sangre de Villaviciosa de Odón en Madrid, donde también trabajaba otra hermana suya. Hemos averiguado que, tras la Guerra Civil, María Luisa se enroló en el grupo de enfermeras que partió con la División Azul a la Unión Soviética, prestando servicio en los hospitales de Porchow y el de Vilna. Regresó a España en el 28 de julio del año 1942, tres años antes de que terminara la II Guerra Mundial.
Maria Luisa Larios contrajo matrimonio con Luis Peralta España, un malagueño que sería procurador familiar y que también llegaría a ostentar el cargo de subsecretario del Ministerio de Gobernación. Con él tuvo dos hijas. Falleció en Málaga el 31 de agosto de 1997. Maribel, por su parte, murió en 2008 en Tarifa a los 91 años. Tuvo tres hijos.
Fuentes consultadas:
- Hemeroteca Nacional. Diario Crónica.
- Hemeroteca ABC. Blanco y Negro.
- Archivo General e Histórico de la Defensa. Consejo de Guerra Antonio Garijo Hernández.
- Archivo General e Histórico de la Defensa. Consejo de Guerra, general Matallana.
- Foro Memoria Blau
- Libro: «La guerra encubierta. Operaciones secretas, espías y evadidos en la Guerra Civil Española» de Alberto Laguna y Victoria de Diego. Editorial Arzalia Ediciones.
- Libro: «Brunete» de Rafael Casas de la Vega. Editorial Fermín Uriarte.
- Libro: «Una historia de la Guerra Civil que no va a gustar a nadie» de Eslava Galán. Editorial Booked.
- Web: http://brunetehistoriayvida.es/index.php/las-enfermeras-larios
- Web: https://patrijrjimenez.blogspot.com/2012/12/maria-luisa-larios-fernandez-de.html
