El angustioso derribo de un aviador republicano en Brunete

Antonio Garrido en la Prisión Militar de Salamanca / AHEA

La Batalla de Brunete le cambió la vida para siempre. No solo por la amputación de su pie, sino porque quedó afectado emocionalmente por las cosas que allí vivió y el pánico que sintió en territorio enemigo. Antonio Garrido Díaz solo tenía 20 años cuando le mandaron, como ametrallador de un Natacha, al frente de Madrid a apoyar la ofensiva republicana. Era su bautismo de fuego en la Guerra Civil, pero las cosas no salieron como él esperaba. En www.guerraenmadrid.net sacamos en exclusiva la historia de este cabo de Aviación que podría ser la de cualquiera de los aviadores de los dos bandos que fueron derribados en territorio hostil.

La primera vez que vi el rostro de Antonio Garrido Díaz fue hace un año rebuscando entre las imágenes digitalizadas de la guerra que tiene la Biblioteca Nacional. Aparecía en una cárcel de Salamanca junto a varios pilotos republicanos que habían sido derribados por los sublevados en el verano de 1937, especialmente en Brunete. Por encima de todos él me llamó la atención. Era el único al que le faltaba un miembro de su cuerpo y el único que llevaba consigo una muleta. Sin saber demasiado lo que podría encontrar, decidí investigar su historia en los archivos. Aquí está el resultado.

El cabo Garrido había nacido en 1917, por lo que al estallar la Guerra Civil tenía 19 años. Había venido al mundo en la localidad malagueña de Benagalbón, que pertenece hoy en día a Rincón de la Victoria (Málaga), aunque se marchó de allí con apenas cuatro años. Cuando se produjo el alzamiento militar, llevaba quince años viviendo Alberique, un pueblo a unos 50 kilómetros de Valencia donde trabajaba como jornalero en la huerta y también como vendedor ambulante de fruta y verduras. En concreto residía allí en la calle Levante 40 junto a sus hermanos y sus padres, Francisco Garrido Palma y Ana Díaz Muñoz.

En primer plano (con una estrella) un Polikarpov utilizado en la Guerra Civil / Revista Aeronáutica

La guerra cambió por completo su vida y sus perspectivas de futuro. Siguió trabajando en la huerta hasta octubre de 1936 que ingresó como voluntario en las milicias republicanas porque “en su pueblo le miraban mal”. Lejos de lo que se ha publicado sobre él en Internet, hemos sabido que ingresó en la 3º Brigada Mixta en Madrid cuyo jefe era el capitán de Carabineros José María Galán, hermano de Fermín Galán, “héroe” republicano de la Sublevación de Jaca. Creemos que ingresó en esta unidad ya que un hermano de su padre era oficial de Carabineros al principio de la contienda. Después de participar en los combates de Pozuelo y  la Casa de Campo, Garrido tuvo claro que si quería “sobrevivir” a la guerra tenía que dejar la Infantería e ingresar en Aviación donde tenía más opciones de salir adelante.

Ingresó en Aviación como soldado el 7 de febrero de 1937. Hizo el curso de ametrallador de bombardero en los Alcázares donde realizó el primer vuelo de su vida a bordo de un Polikarpov RZ (conocido como Natacha) pilotado por un soviético. Fue un vuelo de prueba vibrante donde el joven Antonio experimentó una de las grandes emociones de su vida. Volar a casi 400 kilómetros por hora en este bombardero ligero fue toda una experiencia para él como recordaría más adelante ante sus compañeros.

Durante su periodo de aprendizaje, se formó como ametrallador en vuelos de asalto y reconocimiento. Aprendió las claves de las acciones ofensivas y defensivas de un aparato, especialmente en los vuelos rasantes. También obtuvo conocimientos básicos de fotografía aérea, así como algunas nociones de los aviones enemigos con los que solía enfrentarse el bando republicano.

Ilustración de un Natacha durante la Guerra Civil / Artículo Salas Larrazabal en la revista Aeronáutica

Aquel curso lo finalizó a primeros de abril de 1937, coincidiendo casi en el tiempo con las primeras acciones brillantes que empezaron a realizar los Natachas en la Guerra Civil. Sus vuelos sorpresas fueron esenciales para derrotar a los italianos en la Batalla de Guadalajara, aunque Antonio no pudo participar en ella porque todavía no se encontraba preparado para volar.

Se prepara el combate

A pesar de haber terminado su formación en abril de 1937, la realidad es que Antonio Garrido tardó unos meses más en participar en una acción de guerra. Hasta verano realizó vuelos de entrenamiento en diferentes aeródromos republicanos de Albacete y Cuenca, especialmente en los Llanos donde se forjó realmente como ametrallador. Inicialmente, a efectos oficiales, se incorporó al Grupo 25 de los Natachas comandado por el mayor Abelardo Moreno Miró, que más adelante sería sustituido por Luis Alonso Vega que procedía de la aeronáutica naval.

El bautismo de fuego de Antonio Garrido, que ya había ascendido a cabo, se produjo a primeros de julio de 1937, coincidiendo con la ofensiva republicana en Brunete. La noche del 5 al 6 fue trasladado de madrugada hasta el aeródromo de Alcalá de Henares para una “operación” que requería el mayor de los secretismos. Por entonces, ya se había formado el Grupo 30 de Natachas y él fue incorporado a la primera escuadrilla que tendría una gran importancia en los primeros momentos de la Batalla de Brunete. Su jefe directo para esta operación fue el teniente Juan de Vargas Barberá, un aviador con ideas republicanas de siempre que había sido máximo responsable de los aeródromos de Manises (Valencia) y de Santa Cruz de la Zarza (Toledo) al principio de la guerra. Él le comunicó que su compañero de Polikarpov para esta misión sería el sargento piloto Alfredo Victoria que sí estaba habituado a operaciones bélicas como la que se estaba preparando.

Poco después de llegar a Alcalá de Henares, en plena noche, le convocaron a una reunión en el hangar principal del aeródromo junto a una docena más de pilotos y ametralladores. Todos ellos participarían al día siguiente de la ofensiva republicana en Brunete que pretendía sorprender a las fuerzas nacionales en esta zona de Madrid con el fin de aliviar la delicada situación republicana en el frente norte. El teniente De Vargas les comunicó que tendrían que apoyar a las tropas de tierra en la infiltración que iban a realizar y también bombardear algunas localidades nacionales de retaguardia.

Aeródromo de Alcalá de Henares

Garrido formaría parte de una escuadrilla de seis Natachas que tendría que bombardear Navalcarnero a primera hora de la mañana del 6 de julio, donde se encontraba el cuartel general del Ejército del Centro franquista y un campo para evadidos y prisioneros. Justo después del ataque, nuestro hombre y su piloto tendrían que apoyar con sus vuelos rasantes la infiltración republicana de la 11º División de Líster en Brunete.

Su bautismo de fuego en el aire

El Natacha de Garrido despegó de Alcalá de Henares junto a otros cinco aviones a las 05.30h. Sobre las 06.30h participó en el bombardeo sobre Navalcarnero arrojando sobre esta localidad cuatro bombas de 22 kilos cada una. El aparato traía también otras dos bombas de 50 kg que no lanzó por indicación del piloto ya que quería reservarlas para bombardear las líneas avanzadas del enemigo. Desconocemos las consecuencias de su ataque, pero unos minutos después, despagaron del aeródromo de Torrijos cuatro CR32 italianos para dar caza a los aviones republicanos.

A la altura de Sevilla la Nueva, el Polikarpov de Garrido fue interceptado por uno de estos cazas, teniendo lugar inmediatamente un intercambio de disparos con fuego de ametralladoras. Realmente ese bautismo de fuego no pudo tener peores consecuencias ya que el avión soviético terminó siendo derribado. Existen varias versiones sobre lo que ocurrió con el cabo Garrido durante y después del enfrentamiento, así que vamos a mencionar cada una de ellas. Que el lector saque sus propias conclusiones.

Avión abatido en Brunete / AHEA

Según explicaría nuestro protagonista a las tropas franquistas horas después del derribo, durante el enfrentamiento aéreo con el caza nacional él se sintió herido y decidió arrojarse en paracaídas, quizá motivado por el miedo. No hay que olvidar que este fue realmente su primer combate aéreo. Sería hasta cierto punto lógico que sintiera un pánico aterrador ante un posible derribo y por eso decidiera saltar en paracaídas. Según esta teoría, su descenso vertiginoso provocó un impacto brutal con el suelo cuyo golpe pudo haber contribuido a la amputación de su pierna.

La otra teoría fue difundida por la prensa republicana a finales de 1938 cuando el periódico La Rambla publicó una entrevista con el aviador después de que le canjearan por un piloto nacional. En ella decía que su Natacha fue derribado por uno de los CR32 por lo que no tuvo más remedio que saltar en paracaídas. Según esta versión, durante su descenso uno de los cazas le ametralló haciendo espirales, impactando sus balas en la pierna lo que provocaron unas horas después su amputación. También aseguraba que estuvo a punto de ser fusilado cuando tomó tierra en territorio sublevado.

Un prisionero gravemente herido

Más allá de estas teorías, la realidad es que Antonio Garrido aterrizó con su paracaídas en zona nacional gravemente herido.  El tobillo lo tenía completamente destrozado, desconocemos con certeza si fue consecuencia de los disparos enemigos o de la durísima caída que sufrió. Algunas versiones dicen que fue recogido a las afueras de Sevilla la Nueva por un grupo de guardias civiles mientras que otras afirman que una unidad falangista se hizo cargo de él. Independientemente de quién realizó su captura, la realidad es que así terminaba su historia como aviador republicano y empezaba otra como prisionero de guerra.

En el CDMH hemos tenido acceso al informe interno que hicieron los efectivos sublevados al registrar los enseres que portaba nuestro protagonista al ser detenido. Llevaba consigo un paracaídas de seda, una bolsa de lona con herramientas mecánicas para realizar reparación básica del Polikarpov, una dinamo, una cinta de cartuchos para ametralladora y un carné de la CNT. Este último punto llama poderosamente la atención, ya que en el juicio al que fue sometido dijo haber formado parte de la UGT.

Garrido fue llevado inicialmente a un hospitalillo de campaña que se había instalado en Navalcarnero. Allí le atendieron varios sanitarios franquistas que comprobaron de primera mano que su pierna izquierda estaba destrozada, especialmente de rodilla para abajo. Poco podían hacer por él, así que, aprovechando un traslado de heridos de Brunete hasta el Hospital de Sangre de Griñón, le enviaron a él también, pero en calidad de detenido. Allí un médico militar le trató y le comunicó que no podía hacer nada para salvar su tobillo. No le quedaba más remedio que amputárselo. Era la única solución que le permitiría vivir porque una gangrena podía ser letal. La amputación se llevó a cabo al día siguiente, 7 de julio de 1937.

Varios heridos en un hospital durante la Guerra Civil / BNE

Durante doce días, nuestro protagonista convivió con cientos de heridos nacionales en el Hospital de Sangre de Griñón donde fue testigo -por la cantidad de bajas- de lo duro que estaba siendo para los alzados el inicio de la ofensiva republicana sobre Brunete. A pesar de ser considerado “prisionero” por la dirección del hospital, la realidad es que Garrido siempre estuvo agradecido al trato que recibió allí donde le salvaron la vida. El 19 de julio fue trasladado hasta el Hospital Militar de Talavera donde terminaría su recuperación antes de ser puesto a disposición judicial. Por esas fechas recibió la notificación de que en territorio republicano le habían ascendido a sargento, a pesar de encontrarse “desaparecido” ya que así aparecía reflejado en el Diario Oficial del Ministerio de la Guerra.

El consejo de guerra

Permaneció dos meses en Talavera de la Reina donde tuvo que adaptarse a una nueva vida. No fue ni mucho menos fácil entender que ya no podría caminar con normalidad y que el resto de sus días estaría acompañado por una muleta. A finales de septiembre de 1937, cuando ya se encontraba mucho mejor, le enviaron hasta el campo de prisioneros de Trujillo donde solo estuvo unos días. La justicia franquista le reclamó en octubre ya que tendría que afrontar un consejo de guerra que se celebraría en Salamanca. La orden de su traslado corrió a cargo de Francisco Planas, responsable de orden público del sector de Toledo, que una vez terminada la guerra se convertiría en gobernador civil de Valencia.

La Guardia Civil se ocupó de su traslado de Trujillo hasta Salamanca donde ingresó en la Prisión Provincial. Allí tuvo problemas, no en la pierna sino en el estómago, que le obligaron a ingresar primero en la enfermería de la cárcel y después en el hospital militar. Tras su curación, pasó a disposición del Juzgado Especial de la Jefatura del Aire que por esas fechas iba a juzgar también a varios pilotos republicanos que habían caído en el último año. El consejo de guerra contra él empezó el 16 de noviembre de 1937 y el instructor de su causa era el teniente provisional de Aviación, Enrique del Castillo Yurrita, un periodista de ideas franquistas que en la posguerra se convertiría en director del Diario de Barcelona.

Antonio Garrido señalado con una flecha, junto a varios pilotos republicanos en Salamanca /AHEA

El consejo de guerra se llevó a cabo en la Sala de Justicia del Cuartel de Infantería de Don Julián Sánchez El Charro y su presidente fue el coronel de Infantería Rogelio López Valdivieso, que había sido vocal también en el consejo de guerra contra el falangista Manuel Hedilla. El abogado defensor fue el teniente de Infantería Pedro Cabrera Araoz, que también había actuado como defensor de Hedilla en julio de 1937, muy relacionado con los movimientos eclesiásticos de territorio nacional. La sentencia contra Garrido y otros aviadores republicanos fue la esperada: le condenaron a pena de muerte por rebelión militar. Después de escuchar la decisión del tribunal, fue enviado hasta la Prisión Militar de Salamanca donde le notificaron a primeros de 1938 que su pena había sido conmutada por Franco. Su nueva condena era de 30 años de reclusión mayor. Durante el tiempo que permaneció en prisión, Garrido fue fotografiado por la propaganda franquista y su fotografía al igual que la de otros “aviadores rojos”, entre ellos algunos extranjeros, apareció en los diarios de Salamanca. Varias de estas imágenes están disponibles hoy en día en los fondos de la Biblioteca Nacional de España.

Un canje

Las autoridades franquistas eran conscientes de que no podían fusilar a todos los pilotos republicanos que caían en su zona que, además, eran una buena alternativa para canjear a sus aviadores caídos en territorio enemigo. Así las cosas, en diciembre de 1938, le comunicaron a él y a trece pilotos más que serían trasladados hasta San Sebastián ya que la Cruz Roja estaba negociando un canje masivo con varios pilotos italianos capturados en zona republicana. Detrás de ese intercambio de prisioneros estaba realmente el embajador de Estados Unidos en Madrid, Claude Gernade Bowers, que gestionó personalmente con la Cruz Roja las negociaciones con uno y otro bando.

El 8 de diciembre de 1938 nuestro protagonista ingresó en la Prisión de Ondarreta junto con el resto de pilotos que iban a ser canjeados. En la antesala de su canje, tuvo que pernoctar al menos una noche en un vagón de tren en Irún que había sido utilizado para el traslado del ganado. El canje se produjo al día siguiente y se realizó a través del Puente de Hendaya. Entre los aviadores que fueron intercambiados con él estaba el ruso Mihail Saikin que también había sido derribado en Brunete y varios españoles que se habían formado en las academias de pilotos de la Unión Soviética.

Mihail Saikin, piloto ruso canjeado junto a Garrido, que también fue derribado en Brunete / BNE

Antonio Garrido regresó a zona republicana el 13 de diciembre de 1938. Entró nuevamente en España por el paso fronterizo de Portbou donde una pareja de carabineros se encargó de trasladarle a Barcelona. La Ciudad Condal atravesaba tiempos difíciles por entonces ya que Franco estaba preparando una gran ofensiva sobre Cataluña, que provocaría la caída de la capital catalana un mes más tarde.

Solo unas horas después de llegar a Barcelona le llevaron hasta el despacho del jefe de la 2º Sección de Información de Aviación, el comandante Fernando Hernández Franch, que había jugado un papel muy importante a la hora de conseguir el canje de los 14 pilotos republicanos. Le interrogó acerca de las prisiones donde había estado en zona nacional y también por el trato recibido en las prisiones enemigas.

En la prensa catalana, especialmente en el periódico La Rambla, aparecieron varias declaraciones de los aviadores canjeados, entre ellos Garrido, donde hablaban de las duras condiciones de vida que tuvieron que soportar en las cárceles franquistas. Nuestro hombre explicaba con detalle como le tuvieron que amputar el pie después de los disparos que recibió de un CR32 italiano cuando descendía en paracaídas. Contaba también que se “salvó de la muerte fortuitamente” ya que quisieron fusilarle en tierra y que en las prisiones y hospitales recibió “terribles vejaciones y malísimos tratos”, especialmente por los moros y extranjeros.  

De vuelta a casa

Hasta casi la caída de Barcelona, Garrido no pudo ser trasladado a Valencia para reunirse con su familia. Abandonó la Ciudad Condal el 16 de enero de 1939, solo diez días antes de la entrada de las tropas de Franco. Lo hizo por aire, a bordo de un Douglas donde fueron evacuadas numerosas personalidades y heridos del Ejército republicano que no podían llegar a la frontera francesa a pie.

El periodista Enrique del Castillo fue el instructor de la causa de Garrido / Prensa Histórica

En Valencia fue recibido con ciertos honores militares y allí le notificaron que había sido ascendido a teniente por sus acciones de guerra y r su cautiverio. En la prensa valenciana también habló de los malos tratos que sufrió en territorio franquista. Con un pie amputado no pudo reincorporarse al servicio activo, así que la Aviación Republicana le permitió recuperarse junto a su familia en su vivienda de Alberique donde se enteró que sus hermanos habían “desaparecido” en combate durante la guerra. Nadie tenía noticias de ellos.

En su pueblo le sorprendió el final de la guerra el 1 de abril de 1939. Allí tuvo que prestar declaración ante las autoridades franquistas y pidió ayuda a José Galvís, un empresario arrocero local que declararía a su favor a pesar de estar en las antípodas ideológicas. Dos meses después, la Guardia Civil se presentó la vivienda de Garrido y le detuvo por orden del Juez Instructor Especial de Aviación por haber formado parte de las Fuerzas Aéreas “Rojas”. Garrido explicó a los agentes que él ya había cumplido su pena en Salamanca y que el propio Franco había autorizado su canje en diciembre de 1938.

Su explicación les dio igual a los guardias civiles que “solo acataban órdenes”. Le llevaron inmediatamente hasta al campo de Portaceli, situado entre las localidades de Serra y Náquera donde fueron encerrados numerosos presos republicanos en la posguerra. Conviene recordar que este mismo espacio había sido utilizado por el Frente Popular como campo de trabajo para centenares de personas con ideas derechistas.

En Portaceli pasó todo el verano de 1939 y prestó declaración varias veces ante el Juzgado de Aviación que le estaba investigando, por las declaraciones que había hecho en zona republicana tras su canje. Sus manifestaciones sobre los supuestos malos tratos recibidos en Salamanca y Talavera habían irritado enormemente a las máximas autoridades franquistas de Valencia. En un documento interno elaborado por el comandante de la Jefatura de la Aviación Guillermo Gamir, se dice que aquellas declaraciones “en la prensa marxista” de Garrido fueron especialmente “hirientes” puesto que nunca “existieron malos tratos contra él”. Además, aseguraba que sufrió heridas gravísimas en la pierna al estrellarse contra el suelo y no al recibir disparos de un caza italiano. Gamir recordaba en ese documento interno dirigido al juzgado que Garrido recibió “toda clase de consideraciones en nuestros hospitales”, algo que reconoció y “agradeció” el propio reo cuando le trasladaron a la prisión de Salamanca.

Antonio Garrido junto a varios presos más en Salamanca / BNE

En uno de los interrogatorios a los que fue sometido, le preguntaron los motivos por los que había hablado de malos tratos en la prensa de Barcelona y Valencia. Contestó que, tras ser canjeado y llegar a Cataluña, el comandante Hernández Franch le insinuó que hablase de malos tratos cuando le preguntaran los periodistas acerca de su cautiverio. Según la versión del propio Garrido, se negó ante su superior a decir aquello pues “era contrario a la realidad”. Éste le dijo que entonces hablara de que los nacionales le habían “tratado regular”, no atreviéndose Antonio a reprocharle.

Más adelante, nuestro ametrallador diría que, a pesar de los consejos de Hernández Franch, finalmente no habló con ningún periodista en Cataluña y lo único que leyó fue un “suelto” en el diario La Rambla donde mencionaba su nombre haciendo unas declaraciones que nunca había hecho. En estos interrogatorios le preguntaron por qué no se había quedado en zona nacional y había aceptado su canje a territorio republicano, contestando que no lo hizo porque quería reunirse con su familia.

Curiosamente, el Servicio de Información y Policía Militar (SIPM) franquista investigó las actividades de Antonio Garrido en el campo de concentración de Portaceli. A través de colaboradores dentro de su mismo barracón, el espionaje nacional pudo comprobar como el aviador republicano no daba muestras de palabras de odio, resentimiento y animadversión hacia los vencedores, sino todo lo contrario. Estos informes fueron utilizados por su abogado defensor, el capitán de Intendencia Ángel Colino Canceller, que hizo todo lo que estuvo en su mano para su puesta en libertad.

En otoño de 1939 Garrido fue enviado hasta Barcelona donde se celebraría el juicio contra él. Permaneció algo más de un año en la prisión de Montjuic hasta que su causa fue sobreseída y él puesto en libertad. Al final, el papel de su abogado fue decisivo, al demostrar que había cumplido su pena en Salamanca y que Franco le había conmutado su condena a muerte.

Por desgracia no hemos podido averiguar que sucedió con Antonio Garrido Díaz tras la Guerra Civil, aunque intuimos que regreso a Alberique, el pueblo donde vivía antes de la sublevación militar. Invitamos a todos nuestros lectores a que nos escriban a nuestro correo electrónico si tienen alguna información más sobre su historia.

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