
La Guerra Civil frenó en seco su inmaculada trayectoria como dibujante y publicista. Eduardo Jiménez de la Espada tuvo que dejar la pluma o el carboncillo para convertirse en capitán del Ejército republicano durante la contienda. No era un oficial cualquiera. Ocupó puestos de responsabilidad en varias secciones de información de brigadas mixtas y batallones gracias a la amistad que tenía con uno de los hombres más poderosos de los servicios secretos de la República, Gustavo Durán.
Hace ya algunos meses que me encontré con una fotografía suya mientras consultaba unos periódicos antiguos en la Hemeroteca Nacional. Estaba fechada en marzo de 1937 y en ella un periodista le hacía una entrevista. En la imagen que acompañaba al texto aparecía un hombre vestido con uniforme militar, lucía bigotillo, gafas redondas y un cigarro en la mano. Era Eduardo Jiménez de la Espada. Me llamó la atención su rostro y el convencimiento que tenía en la victoria republicana. Sin saber muy bien por qué, decidí investigar su pasado y me topé con una historia muy interesante, digna de ser reconstruida. Accedí a su consejo de guerra en el Archivo General e Histórico de la Defensa de Madrid, contacté con sus familiares y amplié información de su vida en otras hemerotecas. Gracias a ello, he podido reconstruir con cierta claridad su historia en la Guerra Civil.
Nuestro hombre había nacido en Madrid en 1906, pero con apenas tres meses se había trasladado a vivir a Japón con su familia. Allí empezó a trabajar su padre, Gonzalo Jiménez de la Espada, como profesor de español para el cosmopolita Colegio Imperial de Tokio donde se intentaba acercar al mundo occidental a los japoneses de clase pudiente. Entre los alumnos que estudiaron en este colegio y que, posiblemente coincidieron alguna vez con Eduardo, se encontraba Isoroku Yamamoto, jefe de la Armada japonesa en la Segunda Guerra Mundial y máximo responsable del ataque a Pearl Harbor.
Una familia bohemia y con historia
Eduardo y su familia regresaron a España en 1916 después de más de una década en Japón. Con apenas diez años, se educó en un ambiente muy liberal. Por su casa de Madrid pasaban con bastante frecuencia personajes innovadores como Giner de los Ríos, Julián Besteiro, los hermanos Machado o Ramón Pérez de Ayala, muy amigos todos ellos de su padre. A diferencia de su progenitor, Eduardo no estudió en la Institución Libre de Enseñanza, sino que acudió al Instituto Escuela, una de las organizaciones pedagógicas más avanzadas de su tiempo. Allí empezó a relacionarse con los entornos bohemios de la época, sobre todo con escritores, músicos, pintores y cineastas con los que luego coincidiría en la Guerra Civil. Uno de los personajes con los que entabló amistad por esas fechas fue Rafael Alberti del que fue muy amigo hasta su muerte.

En sus años mozos, nuestro hombre estudió en profundidad su pasado familiar ya que su abuelo era Marcos Jiménez de la Espada, naturista, historiador y expedicionario que pasó a la historia, entre otras cosas, por haber liderado la Comisión Científica del Pacífico entre 1862 y 1865. Se trataba de la mayor expedición realizada por España en América después de haber perdido la mayor parte de territorios de ultramar en el continente americano. Un antepasado que sin lugar a dudas le marcó por su carácter valiente, perseverante y anticipado a su tiempo que siempre le sirvió de inspiración.
En los años veinte, Eduardo era un veinteañero que se estaba labrando un nombre como dibujante en la sociedad madrileña. Gracias a las gestiones que hizo su padre, se formó en el estudio de José Ramón Zaragoza, uno de los mejores pintores que tuvo España en el siglo XX. Después trabajó para una agencia de publicidad que le despidió tras festejar la llegada de la República el 14 de abril de 1931. Años después logró un nuevo empleo en otra agencia de publicidad; la empresa Veritas que estaba situada en el número 4 de la Plaza de Callao, en el Palacio de la Prensa. Simultaneaba este empleo con colaboraciones esporádicas en los medios, especialmente con la revista Crónica donde escribía cada semana un artículo sobre viajes bajo el seudónimo “Espada”. Como es de suponer, en esta época seguía frecuentando los ambientes intelectuales del momento y acudía todas las semanas a una tertulia política que se celebraba en el café Granja del Henar, situado en el número 40 de la calle Alcalá. Allí fue donde conoció a Gustavo Durán, un joven músico que trabajaba para Paramount como doblador de películas americanas, que se había estudiado en París que hablaba varias lenguas y que tenía una inteligencia fuera de lo común. Durán influiría considerablemente en Jiménez de la Espada y sus vínculos serían muy estrechos durante los años siguientes. Pero no adelantemos acontecimientos.
La sublevación militar
En los años meses previos al inicio de la guerra, Eduardo disfrutaba de la buena vida de un joven madrileño con una posición económica holgada. No hacía ascos a los trajes caros, disfrutaba de los amigos en los bares y cafés de Madrid y se lo pasaba muy bien con uno de sus hobbies favoritos: la velocidad. Tenía una motocicleta de gran potencia con las que salía cada fin de semana a recorrer los alrededores de Madrid. Aprovechaba sus viajes para preparar la sección que tenía todas las semanas en la revista Crónica. También hemos conocido que durante los primeros meses de 1936 participó en varias competiciones motociclistas en la sierra de Guadarrama y la Dehesa de la Villa obteniendo muy buenos resultados.
Cuando estalló la sublevación militar, nuestro dibujante se posicionó claramente del lado de la República. Según explicaría años después estaba dispuesto a combatir al «fascismo» y acabar con aquellos que se habían levantado en armas contra la República. Era un joven con ideas liberales que no quería, bajo ningún concepto, que los militares se hicieran con el control del país para tumbar a un “régimen democrático elegido por todos los españoles”. Puso inmediatamente al servicio del bando gubernamental su motocicleta y se incorporó el 22 de julio al Batallón Octubre, una unidad formada por socialistas, miembros de la UGT y obreros del aeródromo de Cuatro Vientos. Al frente de este batallón se encontraba el aviador e ingeniero aeronáutico, Arturo González Gil, hombre de ideas republicanas y socio de su cuñado, José Pazó que también era piloto e ingeniero. González Gil y Pazó habían diseñado juntos varios aviones en los años treinta con los que habían ganado algunos premios en concursos aeronáuticos. José Corrochano, otro piloto al que le hemos dedicado un artículo en este blog, era su piloto de pruebas.

Creemos que no es casualidad que Jiménez de la Espada se enrolara en el batallón que mandaba Arturo González Gil. De hecho, estamos convencidos de que ambos se conocían desde tiempo atrás por medio de José Pazó y de las tertulias políticas en la Granja del Henar a las que acudían numerosos aviadores con ideas liberales y progresistas. Lo cierto es que este ingeniero y aviador perdió la vida el 25 de julio de 1936 luchando en la sierra después de que su batallón fuera enviado al puerto de Navacerrada para cortar el paso de los alzados.
Desconocemos si ese día que murió González Gil en la sierra, Eduardo ya se encontraba en el Batallón Octubre. Lo que sí hemos podido confirmar es que unas semanas después estaba a las órdenes de Fernando de la Rosa, nuevo jefe del Batallón Octubre que dirigió la contraofensiva republicana para intentar recuperar el Alto del León o las operaciones para envolver al enemigo en San Rafael. No descartamos que participara en alguna de estas acciones, pero nuestro protagonista actuó fundamentalmente como enlace motorizado del batallón, un trabajo no exento de peligro ya que tenía que desplazarse desde la retaguardia hasta la primera línea de fuego para entregar instrucciones y repartir el correo. La mayoría de enlaces motorizados de su unidad tenían ideología comunista y es posible que en cierta manera influyeran en su decisión de afiliarse al PCE unas semanas después.
En aquellas semanas de intensos combates en la sierra de Guadarrama conoció a Manuel Tagüeña, que actuaba como ayudante del jefe del batallón y que asumió el mando cuando Fernando de la Rosa murió en pleno combate. También coincidió con un viejo conocido, el publicista Alfonso Reyes Moreno, antiguo soldado de las guerras de África, que actuaba como maestro armero de la unidad.

La guerra en el Batallón de Hierro
A finales de agosto, se incorporó a una nueva unidad que se acababa de crear: el Batallón de Hierro, también conocido con el nombre de Brigada de Ametralladoras Motorizadas. La Inspección General de Milicias autorizó su creación cuyo objetivo inicial consistía en “romper las líneas enemigas para que por las brechas pudieran avanzar las milicias y las fuerzas leales a la República”. Ingresó en esta nueva unidad a través de Gustavo Durán, su antiguo amigo, que pretendía tenerle cerca por la confianza que tenía en él. Gracias a Durán ascendió a oficial y fue designado como capitán del cuartel que estaba situado en el número 7 de la Plaza de Chamberí, en un convento requisado a las Siervas de María. Su misión consistía en organizar el batallón, promover el alistamiento de nuevos miembros, gestionar las altas y las bajas de los milicianos que lo conformaban y coordinar el día a día del cuartel (armamento, víveres, formación…)
Su incorporación al Batallón de Hierro coincidió casi en el tiempo con su afiliación al Partido Comunista en septiembre de 1936. Según explicaría nuestro hombre años después, se afilió «sin pensarlo mucho» porque «no había otro» y porque se sentía identificado con sus ideales ya que no se fiaba de la CNT donde era habitual que se infiltraran agentes de la Quinta Columna.
Mientras se adaptaba a su nuevo destino, nuestro protagonista se enteró de una noticia que le dejó estupefacto. El marido de su hermana Ana, el aviador José Pazó, se había evadido a zona nacional después tras engañar a las autoridades republicanas y hacerles creer que iba a desplazarse a Barcelona para recoger unas piezas de aviones. En pleno vuelo cambó de ruta y aterrizaría en Pontevedra, zona nacional. Eduardo conocía perfectamente a su cuñado, pero no esperaba una evasión de estas características. Durante su consejo de guerra ante la Justicia franquista después de la guerra, Eduardo aseguró que había decidido luchar con el bando republicano porque, en cierta manera, se sentía señalado por la marcha de su cuñado a territorio sublevado. Obviamente esto no era cierto. Lo que buscaba Jiménez de la Espada era justificar su actuación para que el tribunal fuera lo más benévolo posible durante su juicio.
Pero regresemos a la sede del Batallón de Hierro donde él actuaba como “capitán de cuartel”. El 13 de noviembre de 1936, este cuartel general fue testigo de un suceso lúgubre del que nuestro dibujante aseguró no tener nada que ver. Este día, efectivos del batallón detuvieron a Ruperto Piñeiro Mena, canónigo de la catedral de Coria (Cáceres) y articulista de varios periódicos cristianos. Se había quitado los hábitos y trataba de pasar desapercibido en aquel Madrid del Frente Popular mientras se ocultaba gran parte del día en el domicilio de sus padres en la calle Blasco de Garay.

Un chivatazo de un vecino permitió su detención por milicianos del Batallón de Hierro que le trasladaron inmediatamente a su cuartel general en la Plaza de Chamberí para tomarle declaración. Horas después, apareció su cadáver cosido a balazos en el cementerio de Fuencarral, aunque su defunción fue registrada dos meses después. La madre de este religioso acudió al día siguiente al cuartel del Batallón de Hierro para preguntar por su hijo. Los guardias que estaban en la entrada le dijeron que Ruperto ya no se encontraba allí, aunque no especificaron qué había sido de él. Días después aparecería asesinado. En la actualidad, Piñeiro tiene un proceso abierto de beatificación.
Una vez terminada la contienda, la justicia franquista preguntó a Jiménez de la Espada por esta muerte. Su respuesta fue clara. Cuando se produjo el crimen él había salido al mando de 25 motoristas hacia Vicálvaro para servir de enlaces con las fuerzas de las Brigadas Internacionales que acababan de llegar a la capital. Nuestro hombre permaneció gran parte del mes de noviembre junto a estas brigadas y llegó a actuar en más de una ocasión como enlace directo de Kleber. Este cometido fue asignado directamente por Gustavo Durán que por estas fechas también actuaba, además de como jefe del Batallón de Hierro, como mano derecha y ayudante de campo del general Kleber.
Reportajes y entrevistas en la prensa
En diciembre, Jiménez de la Espada regresó a su puesto habitual como capitán de cuartel del Batallón de Hierro. La prensa republicana publicó varios reportajes sobre el día a día de esta unidad en los que aparecía la fotografía de nuestro hombre que incluso respondía a las preguntas de los periodistas. El Diario Crónica decía que, entre las muchas funciones que tenía nuestro dibujante su batallón, estaba la de ser speaker. A diario animaba a los soldados y milicianos no solo con mensajes motivadores sobre la “lucha contra el fascismo”, sino que también procuraba animarlos para que se cultivaran culturalmente. Era habitual que les recomendara leer algunos de los más de 500 libros que había en la biblioteca de la unidad.

En marzo de 1937, nuevamente el Diario Crónica, le hacía una entrevista en exclusiva a Eduardo. En ella aparecía su fotografía donde salía vestido con uniforme de capitán del Ejército republicano y posaba junto a su inseparable cigarrillo. Se decía que acababa de regresar del frente del Jarama “sano y salvo” y que estaba dispuesto a contestar cualquier pregunta que le hiciera el entrevistador. Leamos una muestra de sus declaraciones:
“El Ejército del pueblo, formado aquí en la época prueba de la defensa de Madrid, es ya un Ejército perfectamente regular, perfectamente organizado y perfectamente disciplinado. Los soldados tienen cuanto necesitan: armamento inmejorable, municiones abundantes, buenos equipos, buena alimentación y confianza plena en los jefes que han sabido, en meses de lucha, que Madrid sea inexpugnable. Y esos soldados tienen, además, un admirable espíritu formado por las propias convicciones y por la labor nunca bastante alabada de los comisarios políticos. Hay que ver combatir a nuestros hombres”.
La ideología predominante en el Batallón de Hierro era comunista y por este motivo pasaron por la Plaza de Chamberí para impartir conferencias personajes de la talla de Rafael Alberti, Mará Teresa León, Dolores Ibárruri (Pasionaria) o el comandante Carlos. El primero, con el que Jiménez de la Espada tenía una gran relación de amistad, le llegó a dedicar el siguiente poema que todavía hoy conservan sus familiares:
“Con Marcel y con Durán, El Campesino y Modesto, con el capitán Espada no hay miliciano con miedo. Cuando vamos en guerrilla, todos vamos tan contentos porque llevamos a Espada que es del quinto, quinto cuerpo”.
Aquellas jornadas con la presencia de grandes poetas eran momentos de recreo para los milicianos del Batallón de Hierro que solían estar aderezadas por las actuaciones musicales que realizaba el jefe del batallón, Gustavo Durán, que era un excelente pianista. Es posible que en una de esas jornadas nuestro hombre contrajera matrimonio con la que fue su mujer y madre de sus hijos. Ambos se conocieron en aquel Madrid republicano y es factible que se casaran en 1937 a través de una ceremonia civil en la sede del batallón donde los enlaces matrimoniales estaban a la orden del día.

Aprovechando sus dotes de buen publicista y con el visto bueno de Durán, Jiménez de la Espada actuaba como responsable del periódico del batallón conocido con el nombre de HIERRO. Aprovechaba sus páginas para lanzar lemas y consignas a los milicianos que formaban parte de la unidad. Leamos algunas de ellas que fueron elaboradas por Jiménez de la Espada entre 1936 y 1937:
“Las milicias no pueden ser un sanatorio. Si estáis enfermos, no ir a los cuarteles, sino a los hospitales. El que ocupa un puesto de combate sin poder combatir es un peso muerto en la lucha contra el fascismo”.
“Silencio. No hablar de lo que una vez pasó en el frente. No hablar de lo que hacéis, de los que estáis, de lo que tenéis, de lo que pensáis hacer en el cuartel. Mañana os puede costar la vida. Hoy puede costar la vida de muchos compañeros que estén en el frente. Silencio en retaguardia”.
“Una retirada no es una derrota. La técnica de la guerra no es algo misterioso. El que en una riña cualquiera tiene que retroceder paso a paso, guardándose las espaldas, defendiéndose de frente en busca de amigos o de un lugar seguro, no está vencido. No le pasa nada. Y puede volver a atacar. El que sale corriendo, sin saber adónde va, ni qué quiere. Está perdido. Esto lo sabemos todos. Una retirada no es nunca una derrota, y puede ser un triunfo. Una huida es siempre una derrota catastrófica. Retroceder es defenderse. Huir es entregarse”.
En las ofensivas de Segovia y Brunete
El ascenso fulgurante de Gustavo Durán dentro del Ejército de la República hizo que el compositor y músico se fijara en él para un nuevo destino. Tras asumir el mando de la 69º Brigada Mixta, Durán se llevó a Eduardo a su Estado Mayor para hacerse cargo de la sección de información. Su nuevo cometido consistiría en averiguar el mayor número de datos del enemigo a través de interrogatorios a desertores y prisioneros y de centralizar los informes que remitían los observatorios de la brigada. Su bautismo de fuego tuvo lugar en la frustrada ofensiva sobre Segovia a finales de mayo de 1937.
Un mes después, la 69º Brigada Mixta participó en la Ofensiva de Brunete cubriendo uno de los flancos del ataque republicano, aunque sin participar de una manera activa en los principales combates. Jiménez de la Espada y Durán se separarían después de aquellas operaciones. El ministro de la Guerra, Indalecio Prieto, nombró a Durán como jefe del recién creado SIM (Servicio de Información Militar), un organismo de espionaje militar que, sin embargo, se convertiría en un ente represivo de gran calado. Sin embargo, el músico solo permaneció en el cargo unas pocas semanas ya que fue destituido de su puesto por haber incorporado a este servicio a decenas de comunistas iban a ocupar puestos de responsabilidad. No tenemos constancia de que Durán se llevara consigo hasta el SIM al protagonista de este artículo que, mientras tanto, seguía haciendo carrera dentro del Ejército de la República.

Este verano de 1937, Eduardo volvió a cambiar de destino. Se incorporó a la sección de información de la 41º División que se encontraba inicialmente adscrita al Ejército de Operaciones de Teruel. Estuvo en los combates próximos a la ciudad y también en Albarracín pasando después por otras unidades como la Agrupación de Montaña o la 47º División. Tras pasar un tiempo en Morella (Castellón), finalmente se incorporó al Estado Mayor de la 58º Brigada Mixta donde permanecería hasta el final de la Guerra Civil en el frente de Extremadura. Durante el resto de meses que duró la guerra, Jiménez de la Espada también estuvo destinado con sus respectivas unidades en Teruel, ciudad en la que estuvo cuando fue tomada por el Ejército Republicano y también en Cataluña.
El final de la guerra
No participó en grandes combates en la recta final de la contienda y su brigada ni siquiera luchó en la Batalla de Peñarroya. Sin embargo, nuestro hombre se enteró a primeros de 1939 de una noticia trágica, el fallecimiento de su padre, Gonzalo Jiménez de la Espada, en Barcelona, ciudad a la que se había trasladado con el Gobierno de la República. Su progenitor era teniente coronel archivero de la Armada y cumplió las órdenes oportunas del Ejecutivo de trasladarse desde Madrid a Valencia y posteriormente a la Ciudad Condal. Allí enfermó de gravedad con una obstrucción intestinal motivada por un cáncer. Falleció de muerte natural cuando las tropas franquistas estaban a punto de entrar en la capital catalana. Su esposa -la madre de Eduardo- sufrió un auténtico calvario ya que no había disponibles coches fúnebres y tuvo que pasar varios días encerrada en casa junto al cadáver de su marido.
Durante las últimas semanas de la Guerra Civil, Jiménez de la Espada se encontraba en el puesto de mando de la 58º Brigada Mixta situado en la localidad de Capilla (Badajoz). Allí se enteró antes que nadie (era jefe de la sección de información) de que los frentes republicanos se estaban desmoronando después de que las negociaciones de Gamonal entre Franco y el Consejo Nacional de Defensa se frustraran definitivamente el 25 de marzo de 1939. Se planteó trasladarse al Levante para intentar coger un barco y exiliarse al extranjero tal y como le propusieron algunos compañeros del Partido Comunista. Finalmente, desechó esa posibilidad por cuestiones familiares y porque estaba convencido de que no le pasaría nada grave cuando se produjera la victoria franquista. A fin de cuentas, él no había hecho nada a nadie y no tenía delitos de sangre a sus espaldas. Al día siguiente, el 26 de marzo, abandonó su sector y se trasladó hasta Valencia. Según explicó, el trayecto lo hizo caminando junto a una vía de tren que se encontraba en desuso. Allí permaneció unos días hasta que decidió regresar a Madrid donde estaba una parte de su familia. Suponemos que se quitó las insignias de capitán y, al igual que cientos de soldados, se buscó la vida para volver a casa sin ser molestado por las autoridades franquistas que ya empezaban a controlar la totalidad del país..

Hemos sabido por medio de sus descendientes que a primeros de abril de 1939 ya se encontraba en Madrid donde se reunió con el resto de su familia. Primero visitó a su mujer en su domicilio de Diego de León y posteriormente se encontró con su hermano Ricardo que también había combatido con el bando republicano y permanecía oculto.
Tras estos encuentros decidió esconderse. Sabía que tarde o temprano la policía franquista se pondría tras sus pasos ya que había sido capitán del Ejército de la República, era miembro del Partido Comunista y, además, había mantenido una relación muy estrecha con Gustavo Durán que había conseguido salir de España in extremis. Vivió en la clandestinidad unos días hasta que se reunió con el marido de su hermana, José Pazó, el aviador militar e ingeniero que se había evadido desde Cuatro Vientos a zona nacional y que había combatido con la aviación sublevada. Éste, al igual que la madre de Eduardo, le recomendaron que se entregara a la Policía pasados unos días porque las autoridades franquistas más pronto que tarde intentarían dar con él. Todavía no lo habían hecho porque tenían otras prioridades. Le sugirió que esperara unas semanas más escondido para que se calmaran los ánimos y que después se entregara en una comisaría de la Policía Militar.
Consejo de guerra
Jiménez de la Espada hizo caso a su cuñado. El 9 de mayo se dirigió hasta una improvisada comisaría de la Policía Militar del distrito de Buenavista y se presentó ante los agentes que allí se encontraban como capitán del Ejército de la República. Un alférez, Cipriano Robles Caballero, le tomó declaración. En ella reconoció que había sido oficial del Ejército gubernamental y que se había afiliado a la UGT (sección de profesionales de Bellas Artes) en septiembre de 1936. En ningún momento dijo que tenía carné del Partido Comunista, pero sí que reconoció que conocía a Gustavo Durán desde antes de la guerra. Eso sí, aseguró que era “conocido suyo” y “no amigo”.
En sus interrogatorios posteriores, nuestro protagonista aseguró que al estallar la Guerra Civil él siguió haciendo su vida normal en la agencia de publicidad Veritas donde estaba empleado hasta el 6 de agosto. Después admitió haberse enrolado como voluntario motorista en el Batallón Octubre y que utilizó su moto particular para actuar como enlace motorizado. Aseguró que su familia fue víctima de varios “registros de los rojos” por la evasión de su cuñado a zona nacional y por la “persecución” a la que fue sometido su padre a pesar de ser teniente coronel de la Marina republicana. En una declaración posterior, Eduardo dijo que su progenitor fue trasladado “forzoso” a Barcelona, que los “rojos” le sometieron a persecución y que llegó a estar en la “lista negra” para ser “fusilado” por los propios republicanos. Insinuó que como consecuencia de estas persecuciones su padre enfermó y falleció a primeros de enero de 1939.

Desconocemos hasta qué punto fueron reales estas persecuciones a las que fue sometida la familia de Eduardo o si trataba de justificar ante las autoridades franquistas su participación en la guerra del lado republicano. Tras sus primeros interrogatorios, fue trasladado a un cuartel de investigación de Falange situado en el barrio de Salamanca, muy cerca de su domicilio. Allí permaneció unos días recluido en una celda muy pequeña con decenas de presos más, muchos de los cuáles fueron maltratados por los falangistas. A él, sin embargo, «no le tocaron ni un pelo», reconocería, aunque desconoce los motivos por los que no sufrió agresiones.
El 14 de mayo de 1939 ingresó en la prisión provincial de Madrid situada en la calle Santa Engracia hasta que pasó a disposición judicial y se formó su consejo de guerra. El juzgado solicitó algunas diligencias para comprobar la veracidad de sus palabras y agentes de Policía se entrevistaron con varios vecinos suyos de su bloque en la calle Diego de León. Algunos de ellos sabían que su padre, había sido perseguido “por los rojos” y que debido a estas circunstancias él se vio obligado a alistarse en un batallón motorizado de la República. Los policías también se entrevistaron con su antiguo jefe en la agencia Véritas que les dijo que Eduardo era una “persona de ideas avanzadas, pero de orden” y que cumplió siempre “con sus obligaciones profesionales”.
Llama poderosamente la atención las pocas declaraciones que hubo durante su consejo de guerra. Unos pocos conocidos y amigos fueron llamados a declarar en calidad de testigos y todos lo hicieron a favor sin mencionar sus vínculos con el Partido Comunista. Así, por ejemplo, un amigo suyo, Mariano Sainz Ayllon, militante de Falange en Zamora, dijo que le conocía desde hacía más de veinte años y, aunque no había estado en Madrid durante la guerra, estaba convencido de que su conducta había sido “intachable” y de que no pertenecía a ningún partido político. Otro conocido, el abogado Juan Bautista Aznar Ruiz, funcionario del Ministerio de Agricultura, aseguró que Eduardo tenía ideas “liberales arraigadas”, pero nunca entraba en política”. Estaba convencido de que por su “cultura, educación y humanidad, no había cometido hechos delictivos”. Otro amigo, Cándido Bolaño, empleado de banca y miembro de la Quinta Columna, también declaró a su favor y manifestó que nuestro protagonista le había entregado varios planos durante la guerra y que había realizado “otros servicios” a la “causa nacional”.
En prisión
Desconocemos hasta qué punto las declaraciones de estos amigos se ajustaban a la realidad o bien quisieron ayudarle para que el consejo de guerra no fuera demasiado duro. También nos llama la atención que ni el fiscal ni los miembros del consejo profundizaran en su relación durante la guerra con Gustavo Durán. Nuestro protagonista también reconocería años más tarde que creía que sus influencias familiares permitieron que no le relacionaran con el Partido Comunista ni con determinados rusos con los que tuvo relación durante la guerra por ser jefes suyos en las unidades en las que había servido. Aseguró que su hermano Mario había sido alférez en el bando nacional (luego fue policía) y que su madre tenía buenos contactos en las altas esferas que «hicieron desaparecer» determinados documentos en su consejo de guerra.
El juicio se celebró a mediados de julio de 1939. El fiscal pidió que le condenaran a 20 años de reclusión menor por un delito de auxilio a la rebelión militar. El tribunal, finalmente, le condenó a seis años y un día de cárcel, aunque cumplió poco más de dos, posiblemente por las influencias de su cuñado, José Pazó, que ya había ascendido a teniente coronel.

Fueron dos años muy duros para nuestro protagonista. Estuvo unos meses en un campo de concentración de Ocaña (Toledo) y posteriormente fue trasladado hasta el campo de Tafalla (Navarra) donde cumplió el resto de su condena en la antigua academia militar. Sus descendientes recuerdan que las condiciones de vida en este lugar eran tan duras que perdió la gran mayoría de sus dientes. En una ocasión, los responsables de la prisión, sabedores de sus dotes artísticas, le sugirieron que pintara un cuadro de Franco para redimir su pena. Nuestro protagonista aceptó el ofrecimiento y pintó a Franco con uniforme militar y repleto de galones. Sin embargo, se negó a firmar su obra por cuestiones de dignidad. Debido a su negativa, no le rebajaron su condena, aunque posteriormente, en febrero de 1942 recibió la propuesta de conmutación de su pena. A los pocos días le notificaron su prisión atenuada y su inminente puesta en libertad condicional.
Lo primero que hizo tras salir a la calle fue dirigirse hasta uno de los montículos próximos al campo de concentración de Tafalla porque quería dibujar el lugar donde había permanecido preso durante dos años de su vida. Hemos accedido a través de sus descendientes a aquel dibujo que hizo en un día tan especial para él. Tras obtener la libertad condicional en marzo de 1942, regresó a Madrid donde tuvo que rehacer su vida, algo complicado para un ex convicto republicano que en cierta manera estaba señalado por su pasado en la Guerra Civil. Al instalarse de nuevo en la capital se encontró que algunas cosas habían cambiado en su entorno familiar. Para empezar su hermano pequeño, Mario, se había acercado al falangismo, convirtiéndose primero en jefe de la Policía Armada de Soria y posteriormente en delegado de trabajo, puestos de gran responsabilidad que le convertirían en una persona muy influyente en el régimen. Su hermana Ana se había trasladado junto a su marido, José Pazó, hasta Berlín en plena Segunda Guerra Mundial en calidad de agregado aéreo. Pese a la distancia, el matrimonio ayudó en lo que pudo a Eduardo y a sus hijos en los duros años de posguerra.
Nuevo interrogatorio policial
En el año 1946 fue requerido de nuevo por la Policía. Llevaba cuatro años en libertad, pero los investigadores pretendían interrogarle otra vez por un asunto que había llegado a las más altas esferas del franquismo. Desde la Embajada de España en Washington se remitieron numerosos informes sobre un ciudadano español que había adquirido la nacionalidad estadounidense y que se encontraba trabajando para el Departamento de Estado de los Estados Unidos. Se trataba de Gustavo Durán, su antiguo amigo en la Guerra Civil, que había exiliado en este país tras contraer matrimonio con una mujer multimillonaria. Durán llegó a convertirse en una persona destacada hasta el punto de que fue invitado alguna vez por el presidente Roosevelt a la Casa Blanca. Años después caerá en desgracia con la llegada al poder de McCarthy y su caza de brujas.

La seguridad franquista quería corroborar el vínculo de Gustado Durán con Jiménez de la Espada por eso decidieron interrogarle de nuevo. En su declaración de 1946 nuestro hombre dijo lo siguiente sobre su antiguo camarada:
“Gustavo Durán era hombre de estatura corriente. Rubio, pelo rizado, ojos azules, algunas veces usaba un bigote apenas perceptible, otras no. Le oyó tocar el piano, pero ni antes ni después del 18 de julio de 1936 conoció de él ninguna producción, hablaba correctamente varios idiomas y por su aspecto y forma de conducirse tenía la sospecha de que fuera invertido, con un carácter violento, pero no obstante con un gran dominio de sí mismo. Su filiación era comunista y él declarante pudo darse cuenta perfectamente de como subió debido al apoyo decidido del Partido Comunista, lo mismo que hizo dicho partido con las figuras de El Campesino, Líster, Modesto y el mismo general Miaja. Que no conoce con lo ocurrido con Durán con el SIM. Recuerda que Gustavo Durán Martínez estuvo como ayudante del general Kleber, más bien cree que de intérprete, viéndolos juntos el 5 de enero de 1937 en El Pardo”.
Los policías que le interrogaron le mostraron varias fotografías de Gustavo Durán publicadas en la prensa republicana durante la Guerra Civil. El dibujante reconoció perfectamente al líder comunista y así se lo transmitió a los entrevistadores que pretendían averiguar más datos de su actividad tanto en España y Estados Unidos. Además, querían comprobar si estaba relacionado con una serie de asesinatos que se cometieron en Usera en 1937, aunque pronto descubrieron que se habían equivocado. Las pesquisas hicieron confundir a los investigadores a Gustavo Durán con el verdadero artífice de estos crímenes, otro capitán cuyo nombre era Casimiro Durán, miembro de la 36º Brigada Mixta.
Muchos años después, Jiménez de la Espada aseguraría en una conversación privada con una profesora de universidad que Gustavo Durán «no era de confianza» por sus vínculos con la CIA. No creía que durante la guerra espera en favor de de Estados Unidos infiltrado en el bando republicano, pero su salida de España en un «barco inglés desde Denia» le llamó la atención. Estaba convencido de que había muchos «camaradas más comprometidos que él» que deberían haber escapado y que fueron capturados por las tropas franquistas. Rafael Alberti, que era amigo de nuestro hombre, también se mostraba sorprendido con la huida de España de Durán.
En este segundo interrogatorio, la Policía también aprovechó para preguntarle por la muerte de Ruperto Piñeiro, el religioso que fue detenido por milicianos del Batallón de Hierro, del que formaba parte Jiménez de la Espada, y posteriormente asesinado en Fuencarral. Nuestro protagonista aseguró que no tenía nada que ver con esos hechos pues se encontraba fuera de Madrid cuando se produjo el asesinato. Tras prestar declaración, le dejaron tranquilo y pudo retomar su vida con cierta normalidad.
La vida en Aviaco y Tenerife
Cuando su cuñado José Pazó regresó a Madrid tras su paso por Berlín, empezó a poner en marcha la compañía aérea Aviaco junto a varios socios. Decidió llevarse consigo en 1948 a Eduardo, no solo por sus vínculos familiares, sino porque confiaba en él como publicista. Desde ese instante, el ascenso de nuestro protagonista fue fulgurante en una época, los años cincuenta, en los que España empezaba a abrirse poco a poco al mundo. Llegó a ser jefe de publicidad de Aviaco, convirtiéndose en una persona notable en la sociedad madrileña. Elaboró los logotipos de la compañía, diseñó los trajes de las azafatas y pilotos y se encargó de organizar viajes de prensa para determinados medios de comunicación. Está documentado en la prensa que el 8 de diciembre de 1958 invitó a Tánger a algunos directores de periódicos (Ideal, Patria, La Hoja del Lunes) para que probaran la ruta que realizaba la compañía entre Madrid y la ciudad marroquí.

Durante esos años posteriores a la guerra, Jiménez de la Espada volvió a casarse con su mujer en Lérida, aunque en esta ocasión lo hizo por la Iglesia ya que el enlace que ambos habían realizado en 1937 había quedado “invalidado” porque fue a través de una ceremonia civil. Ambos tuvieron cinco hijos en común. Durante aquellos años de posguerra, nuestro hombre mantuvo contacto con miembros del Partido Comunista que vivían en la clandestinidad de Madrid. A uno de sus miembros, relacionado con el maquis, lo escondió en su casa durante algo más de un mes.
En el año 1959 la familia abandonó Madrid para instalarse en Tenerife ya que nuestro hombre era un apasionado de las Islas Canarias. Se había enamorado del archipiélago canario años atrás durante los muchos viajes de trabajo que hacía con Aviaco donde llegó a inaugurar, por ejemplo, el aeropuerto de Tenerife Norte. Su llegada a Tenerife sorprendió a propios y a extraños. Había abandonado un trabajo estable como jefe de publicidad en Aviaco para poner en marcha un laboratorio de fotografía, primero en el Puerto de la Cruz y después en Bajamar. En las islas echó raíces definitivamente y siguió disfrutando de sus dos pasiones hasta casi su fallecimiento: las motocicletas y la pintura. Allí siguió manteniendo contactos clandestinos con los miembros del Partido Comunista de las islas manteniendo encuentros secretos en plena calle hasta que se instauró la democracia.
Según sus descendientes llevó una vida de “bohemio” y mantuvo contacto físico y epistolar con artistas de renombre con los que había hecho relación tiempo atrás en Madrid. Su relación era muy estrecha con personajes de la talla de Salvador Dalí o Pablo Picasso con los que había coincidido en la Residencia de Estudiantes en los años treinta. Nunca renegó de su ideología comunista. De hecho, cuando se produjo su muerte llevaba en su cartera el carné del PCE y el poema que le dedicó en su día Rafael Alberti. Falleció en 1992 a la edad de 85 años. Meses después los comunistas canarios le rindieron un caluroso homenaje.
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Fuentes consultadas
- AGHD. Expediente 13265, legajo 6857. Consejo de guerra de Eduardo Jiménez de la Espada.
- AHN. FC-CAUSA_GENERAL,1524, Exp.28. Expediente sobre Gustavo Durán y Casimiro Durán.
- AHN. FC-CAUSA_GENERAL,1524, Exp 27. Expediente sobre Gustavo Durán.
- AHN. FC-CAUSA_GENERAL,1570, Exp.13. Declaración en la Causa General de la madre de Ruperto Piñeiro.
- Biblioteca de la Universidad de La Laguna. Archivo de la Transición Democrática en Canarias. Colección de Ana Peña Méndez. Entrevista con Jiménez de la Espada año 1987.
- Testimonio oral de Ana Jiménez de la Espada, hija de Eduardo Jiménez de la Espada.
- Testimonio oral de Alejandro Pazó, hijo de José Pazó y sobrino de Eduardo Jiménez de la Espada.
- Testimonio oral de José Pazó, sobrino nieto de Eduardo Jiménez de la Espada.
- Hemeroteca Nacional. La Voz. 27 de agosto de 1936.
- Hemeroteca Nacional. Crónica. 18 de octubre de 1936; 28 de marzo de 1937; 23 de mayo de 1937.
- Hemeroteca Nacional. Hierro, 24 de septiembre de 1936.
- Presa Histórica. La Labor. 19 de septiembre de 1941.
- Prensa Histórica. La Hoja del Lunes. 8 de diciembre de 1958.
- https://ccasconm.blogspot.com/2022/11/de-santos-y-beatos-en-la-historia-de.html
- https://www.es.emb-japan.go.jp/itpr_es/00_000917.html
- https://guerraenmadrid.net/2019/03/16/el-carnicero-de-usera-y-los-asesinatos-del-tunel-de-la-muerte/

Un artículo magnífico 🙏
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Muchas gracias
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Magnífica investigación. Son apasionantes las entradas del blog, que leo con fruición en cuanto recibo el aviso de su publicación. Enhorabuena. Seguid así por favor.
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Como familiar de Eduardo Jiménez de la Espada, pero también y sobre todo como intelectual curioso, te agradezco este artículo tan veraz, documentado, imparcial, interesante y bien compuesto. La vida está hecha de personas y de personalidades, pero muchas veces el relato establecido de la historia eclipsa a ambas. Gracias.
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Muy agradecido por tus palabras. Concuerdo completamente contigo. Muchas gracias
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