
28 de marzo de 1939. Son las diez de la mañana. Quedan pocas horas para que termine la Guerra Civil en la ciudad de Madrid. Dos coches llegan hasta las puertas del aeródromo de Barajas y descienden de ellos una docena de hombres armados con pistolas y fusiles. Todos ellos visten de civil con brazaletes de color blanco salvo uno que luce el uniforme de teniente de Aviación. El oficial se presenta ante los guardias republicanos como uno de los responsables del grupo de la Quinta Columna que tiene órdenes directas de hacerse con el control de las oficinas militares, del pequeño arsenal y las pistas de despegue y aterrizaje. Les ordena que arrojen al suelo todo su armamento y que colaboren en la operación de traspaso de poderes si no quieren tener problemas con la España de Franco.
Los guardias del aeródromo no oponen resistencia. Aquel teniente es, a fin de cuentas, una persona familiar para ellos. Se llama Felipe Sanz López y hasta hace unos meses era jefe del aeródromo republicano de Algete, aunque también había pasado por otros destinos reseñables dentro de las Fuerzas Aéreas de la República como Getafe o Alcalá de Henares. Ninguno se podía imaginar que aquel militar hubiera cambiado de chaqueta tan rápido y se hubiera pasado al enemigo en cuestión de días.
La operación de los quintacolumnistas para controlar Barajas es rápida y limpia. No se pega un solo tiro y en pocos minutos, los agentes franquistas se sitúan en puntos estratégicos para evitar que ningún avión republicano huya al extranjero. En otros aeródromos madrileños, sin embargo, varios líderes gubernamentales consiguieron escapar esa misma mañana hacia el Levante como el coronel Casado que salió desde Algete o Cipriano Mera que huyó desde Aranjuez.
Antes de que se produjera la entrega simbólica de Madrid en Ciudad Universitaria, la Quinta Columna ya controlaba Barajas al igual que otros puntos sensibles de la capital como el Metro, las cárceles, el alcantarillado, la red de tranvías o Unión Radio. Esa mañana del 28 de marzo de 1939 los quintacolumnistas ya se habían hecho visibles en los principales barrios de Madrid horas antes de la entrada de los militares en la ciudad. De ello hablamos profundamente en nuestro libro “La guerra encubierta. Operaciones secretas, espías y evadidos en la Guerra Civil” (Arzalia Ediciones, 2024).
Como decimos, el teniente Felipe Sanz López dirigió sobre el terreno la toma del aeropuerto de Barajas, sin embargo, la persona que orquestó la operación fue José Fernández Guerra, un capitán de Requetés que trabajaba para el espionaje franquista emboscado en la retaguardia republicana. Fernández Guerra y Felipe Sanz se conocían desde antes de la contienda y la confianza entre ambos era enorme: desde 1925, el oficial se alojaba en la casa familiar de nuestro protagonista en el Casar de Talamanca (Guadalajara) cuando iba allí a cazar dos o tres veces al año.

Nuestros lectores podrán pensar que Felipe Sanz era un quintacolumnista de los pies a la cabeza, pero nada más lejos de la realidad. Es indudable que su actuación en el tramo final del conflicto fue relevante para controlar un punto sensible de Madrid como el aeródromo de Barajas, sin embargo, no siempre apoyó a los sublevados. De hecho, ideológicamente estaba en las antípodas de partidos como Falange o Renovación Española inclinándose de una manera clara hacia la izquierda. Creemos que para analizar mejor su actuación es conveniente repasar su biografía que hemos reconstruido gracias a los archivos y las hemerotecas.
El inicio de la guerra
El 18 de julio de 1936, Felipe Sanz era un sargento de Aviación que estaba destinado en el aeródromo de Getafe dentro de la 1º escuadrilla del Grupo 15. Tenía 26 años y había nacido en El Casar de Talamanca, un pueblo de la provincia de Guadalajara que en la actualidad ha ganado cierto peso por su proximidad a Madrid. Se había criado en el seno de una familia humilde, pero con fuertes valores cristianos. De hecho, él había sido monaguillo en su parroquia y, en la antesala de la guerra, todavía conservaba una relación de gran amistad con el párroco, Valeriano Romanillos, cuyo nombre todavía figura en una calle del pueblo.
En julio de 1936, nuestro hombre llevaba poco más de un año en Getafe. Se había pasado gran parte de los años treinta destinado en el aeródromo de León donde le sorprendió la Revolución de Asturias en 1934. Allí empezó a forjar sus ideas izquierdistas ya que muchos de los aviadores que allí se encontraban destinados simpatizaban con el Partido Comunista o el PSOE. De hecho, durante los sucesos revolucionarios de 1934, varios de ellos se negaron a bombardear a los mineros asturianos alegando cuestiones “humanitarias”. Entre esos aviadores se encontraba Ricardo de la Puente Bahamonde, jefe del aeródromo y primo de Franco, que sería fusilado al empezar la contienda por sus ideas izquierdistas.

Según relató tras la guerra alguno de sus compañeros que habían coincidido con Felipe en Getafe, en los meses previos a las elecciones de febrero de 1936 hizo propaganda “a favor del marxismo”. El denunciante era un teniente de Aviación llamado Luis Miranda García que le acusó de haberle visto hacer “propaganda en defensa de la República y del Frente Popular” en el pabellón de suboficiales y en las compañías de tropa. Le acusaba también de leer en instalaciones militares periódicos como El Socialista el Heraldo o El Liberal que luego compartía con sus subordinados para adoctrinarles.
Cuando estalló la Guerra Civil, Felipe se puso del lado de la República. Ideológicamente estaba en contra del golpe, además miraba con malos ojos a muchos de los pilotos militares (tenientes y capitanes) de su aeródromo a los que consideraba unos señoritos que solo pensaban en volar. Detrás de esa animadversión estaba un sueño frustrado de ser piloto, sueño que no pudo hacer realidad, ni siquiera cuando la República le autorizó para hacer un curso de aviador de combate en septiembre de 1936.
Nuestro hombre, en más de una ocasión, discutió de política con aquellos pilotos militares antes de que empezara la gurra. Una de esas discusiones fue con su jefe directo, el comandante Alejandro Manso de Zúñiga y Churruca, conde de Biandrina, que le acusaría tras la contienda de ser un “individuo de escasa disciplina y moral, de ideas avanzadas y de comportamiento mediano”.
¿Chequista?
Después de analizar varias declaraciones de oficiales y suboficiales que estaban destinados en el aeródromo de Getafe tras producirse la sublevación, hemos podido comprobar que Felipe radicalizó sus postulados en el verano de 1936. No sabemos si lo hizo por pura supervivencia en aquellas semanas convulsas o si lo hizo porque creía firmemente en aquella revolución que se estaba forjando en la retaguardia republicana. Lo cierto es que varios compañeros le acusaron en la posguerra de haber presidido el comité revolucionario del aeródromo o, en todo caso, de haber sido uno de sus principales responsables.

Una de las personas que hizo esas acusaciones resultó ser Luis Bonall Miranda, un empleado de banca que militaba en Falange y que la guerra le sorprendió haciendo el servicio militar en el aeródromo de Getafe. En una declaración jurada ante la justicia franquista, Bonall recordaba como fue detenido en agosto o septiembre de 1936 por el comité del aeródromo y trasladado, en una ocasión, al despacho de Felipe que le amenazó con pegarle “ocho tiros” si no delataba a sus “camaradas falangistas”.
Bonall no fue el único. También le acusó de formar parte del comité Millán Jara, un “soldado de cuota” del aeródromo de Getafe que permaneció en su destino desde el 15 de julio de 1936 hasta la evacuación del campo ante el avance franquista. Él conocía bien a nuestro hombre porque había estado a sus órdenes antes y durante la Guerra Civil. En su declaración judicial le acusó de ser el presidente del comité porque le vio “entrar y salir” varias veces del local del además de utilizar el coche del teniente Hernández Franch, al que otras fuentes califican como máximo responsable de la represión del aeródromo. Se da la circunstancia de que Millán Jara, más adelante, se convertiría en uno de los grandes quintacolumnistas de los sublevados no solo en Madrid, sino en Barcelona hasta el punto de fundar una organización llamada Dado de Poker. A él le dedicamos todo un capítulo en nuestro primer libro, “La Quinta Columna. La guerra clandestina tras las líneas republicanas” (Esfera de los Libros, 2019).
Lo cierto es que los mandos del aeródromo de Getafe, en especial su jefe, el teniente coronel Antonio Camacho, autorizaron la creación del comité para evitar actos de rebeldía como el que había ocurrido horas después de empezar la guerra. El 19 de julio de 1936, dos capitanes y un teniente se pasaron al enemigo pilotando tres Breguet XIX que supuestamente tenían que desplazar hasta los Alcázares para garantizar la victoria de la República en el Levante. Aquellos oficiales que cambiaron de rumbo y se desplazaron a Pamplona eran Ángel Salaz Larrazabal, Joaquín Tasso Izquierdo y Cándido Pardo que más tarde servirían para la aviación franquista. Unos días después también hizo lo mismo otro aviador al que los mandos creían leal a la República: el capitán Rafael Jiménez robó el 22 de julio un Breguet XIX y se pasó a zona nacional evadiéndose con su aparato hasta Burgos.
Los asesinados
Mientras Felipe Sanz formaba parte del comité, varios compañeros suyos fueron asesinados. Uno de ellos se llamaba Pedro Martín, un alférez retirado de Aviación, al que arrestaron en Madrid bajo la acusación de “fascista”. A los cuatro días de ser detenido, se presentó su mujer en el aeródromo de Getafe -donde había sido trasladado- para preguntar por él. Nuestro hombre se entrevistó con ella y le dijo “de forma grosera” que a su marido ya le habían dado la libertad. Un testigo del aeródromo aseguraría a la justicia aérea tras la contienda que había escuchado en la base que Felipe había dado la orden de “fusilar” al alférez retirado. Se da la circunstancia de que Felipe conocía bien a Pedro Martín porque ambos habían coincido en el aeródromo de León antes de estallar la guerra.

Ese mismo mes de agosto de 1936, otros tres oficiales pertenecientes al aeródromo de Getafe también fueron ejecutados. No hubo ninguna sentencia firma, ni siquiera un juicio oficial. Se trataba de los tenientes pilotos, Juan Reus, Martínez Ubago y Lorenzi de la Vega a los que hemos investigado para nuestra web. Los tres se habían negado a bombardear al principio de la guerra a los cuarteles que se habían levantado en armas contra la República lo que les situó en el punto de mira. Sus cadáveres, con varios impactos de bala, aparecieron el 18 de agosto en las inmediaciones del Hospital Militar de Carabanchel. A Juan Reus le dedicamos todo un capítulo en nuestro libro “La guerra encubierta” (Arzalia).
No podemos decir con total exactitud si Felipe Sanz fue responsable directo de estos crímenes, sin embargo, sí que podemos reseñar que formaba parte del comité cuando se produjeron los hechos. Realmente su pertenencia fue corta ya que el 5 de septiembre de ese 1936 abandonó Getafe por estar “enfermo” para trasladarse a su localidad natal, el Casar de Talamanca donde permaneció varias semanas de baja. Allí se enteró, en noviembre de este año, de su ascenso, primero a brigada y después a alférez.
Nunca más regresó a Getafe, entre otras cosas porque los nacionales tomarían el aeródromo en las operaciones militares que buscaban cercar Madrid en el otoño de 1936. Felipe Sanz fue destinado a finales de este año al aeródromo de Alcalá de Henares, aunque allí estuvo poco tiempo ya que ascendió a teniente. En febrero de 1937 fue designado jefe del aeródromo de Algete, un campo de aviación que había constituido la República a pocos kilómetros de Madrid en una finca requisada bajo denominación de “El Soto”. Aunque el sueño de nuestro protagonista era convertirse en piloto de caza, su nombramiento como jefe de este aeródromo le hizo centrarse en el cargo ya que ostentaba un puesto estratégico en un aeródromo relevante para las Fuerzas Aéreas de la República.
Según dice el fantástico blog destinado al aeródromo de Algete, este campo de aviación fue utilizado por aviones Polikarpov I-15 y en ocasiones muy concretas por bimotores más grandes de transporte de personal, los Douglas DC-2. Aviadores republicanos tan ilustres como García Lacalle estuvieron destinados aquí un tiempo al igual que varias escuadrillas de rusos que aseguraban que desde Algete, en apenas cinco minutos, podían llegar al frente de Madrid de la Casa de Campo o Ciudad Universitaria.
Jefe del aeródromo de Algete
La vida de Felipe Sanz en Algete tuvo que ser más o menos plácida. Allí se trasladó junto a su mujer y su hijo que se instalaron en el mismo aeródromo. No hemos localizado conductas represivas en esta localidad por parte de nuestro protagonista. Una vez terminada la guerra, el alcalde de Algete y el jefe de Falange emitieron un informe a la justicia franquista diciendo que desconocían sus idas políticas porque apenas se le veía fuera del campo de aviación. Sin embargo, un vecino del pueblo que trabajaba como portero en un edificio de la calle Goya en Madrid, tuvo palabras de elogio hacia él asegurando que las ideas de Felipe eran de “marcada tendencia derechista y de solvencia moral”. Dijo también que como “oficial del Ejército rojo” le había ayudado para conseguir leche para su hijo de pocos meses que estaba gravemente enfermo.
Mientras permanecía en Algete, se vio obligado a afiliarse al Partido Comunista por las presiones que estaba recibiendo por militantes de este partido que le calificaban de “ambiguo”. Los comunistas ejercieron cierta presión hacia él porque su hermano Félix era militante de Falange y su otro hermano, José María, simpatizaba en Guadalajara con los alzados. Felipe se hizo con un carné del PCE para que le dejaran tranquilo, pero permaneció dentro de sus filas poco tiempo ya que en junio de 1937 decidió “romper” el documento y “tirárselo a la cara a sus interlocutores marxistas”. Según se justificó tras la guerra ante los vencedores, se desvinculó de ellos porque querían “obligarle” a firmar un escrito donde se mandaba detener a varias personas de derechas”.
En el aeródromo de Algete permaneció casi un año hasta que en febrero de 1938 tuvo que cambiar de destino. Le nombraron teniente pagador del Centro Administrativo de Intendencia de las Fuerzas Aéreas de la República, un puesto de gestión, pero donde tenía acceso a mucha información. Poco después de su llegada, se aproximó a él un viejo conocido, el capitán de Requetés, José Fernández Guerra, al que conocía desde hacía muchos años. Su viejo amigo no le ocultó que había estado encarcelado por la República bajo la acusación de “desafecto”, aunque pudo salir en libertad. Le contó que, una vez en la calle, fue reclutado por el SIPM franquista por los muchos contactos que tenía en la retaguardia republicana.
Reclutado por la inteligencia franquista
Felipe escuchó con atención las palabras de Fernández Guerra que le propuso incorporarse a su red de informadores pues le consideraba una persona de total confianza a pesar de tener visiones diferentes de la política. Nuestro hombre, consciente de que la guerra se iba inclinando del lado nacional, aceptó el ofrecimiento pensando en lo que vendría una vez finalizado el conflicto.

Durante los últimos 14 meses de guerra, el teniente Felipe Sanz aportó muchos datos de la aviación republicana a su amigo Fernández Guerra que, a su vez, facilitaba esas informaciones al SIPM a través de una emisora clandestina. Nuestro hombre llegó a facilitar con una enorme exactitud datos sobre el número de aparatos que tenían las Fuerzas Aéreas de la República, el despliegue de las escuadrillas o la ubicación de aeródromos en Castilla la Mancha, Valencia, Madrid y Cataluña. Según el agente franquista, en este tiempo también pudo constatar que Felipe “odiaba a los comunistas repudiando los crímenes y las atrocidades cometidas por los rojos”. En su declaración jurada, dijo que comprobó su lealtad a la “causa nacional” tras consultar a “varios señores derechistas en Aviación, sacando la convicción absoluta de que el teniente Sanz era merecedor de estar encuadrado en nuestras filas”.
En las semanas finales de la Guerra Civil, justo antes del golpe de Casado ante Negrín, nuestro hombre llegó a facilitar a la Quinta Columna un total de 24 pistolas, 5 fusiles y abundante munición. La idea que tenía es que los grupos de falangistas y los agentes del SIPM pudieran usar ese armamento en el instante final de la guerra que se estaba acercando para hacerse con el control de los puntos sensibles de Madrid como el aeródromo de Barajas. La confianza de Fernández Guerra hacia él era tan grande que llegó a nombrarle jefe de la bandera de la Falange Clandestina que tendría que tomar Barajas y otros puntos de Madrid relacionados con la Aviación de la República.
En marzo de 1939, Felipe Sanz ya había tratado de lavar su imagen como miembro del comité del aeródromo de Getafe al principio de la guerra. Habían pasado casi tres años de aquello, pero sabía que le convenía congraciarse con el bando vencedor para evitar condenas posteriores. Con la contienda a punto de terminar, su implicación con los franquistas fue enorme ese mes para intentar borrar en la medida de lo posible su papel durante los primeros días de la sublevación. Como antes hemos contado, el 28 de marzo fue designado por su jefe directo en la Quinta Columna (Fernández Guerra), como uno de los responsables de la operación que tendría que controlar el aeródromo de Barajas. Sobre el terreno, también colaboraron en la acción otros efectivos de la Aviación republicana que realmente trabajaban para la Falange Clandestina como el teniente Ramón Jáudenes Álvarez o el soldado Antero Prats.
Tomar Barajas
Nuestro protagonista permaneció casi 48 horas en el aeródromo de Barajas. Su objetivo era evitar que los aparatos que allí había, con sus respectivos pilotos, se marcharan al extranjero, algo que consiguió sin demasiados problemas. Todos los republicanos allí presentes querían entregarse a las fuerzas nacionales sin violencia. También tenía que controlar la llegada de aparatos republicanos procedentes de otros aeródromos para entregarse en Barajas como sucedió con el Grupo 30 de Polikarpov RZ (conocido por Natachas). Su jefe, Francisco Hernández Chacón rindió el 29 de marzo de 1939 dos escuadrillas procedentes de Albacete entregando a los nacionales un total de 16 tripulaciones.
Los natachas de Chacón no fueron los únicos que viajaron hasta Barajas para entregarse. También decidió volar hasta allí desde Albacete la 2º escuadrilla del grupo 16 de chatos con el capitán Francisco Viñals al frente y el teniente Joaquín García Calvo. De estas entregas de las tripulaciones aparatos republicanos en Barajas hablamos en su día en nuestro blog en un artículo que puedes leer pinchando en el siguiente enlace.

Felipe Sanz y el resto de miembros de la Quinta Columna desarmaron inicialmente a las primeras tripulaciones republicanas que llegaron al aeródromo madrileño el 29 de marzo. Sin embargo, a media mañana aterrizaron en Barajas dos aparatos alemanes de la Legión Cóndor con varios oficiales alemanes y españoles que se hicieron con el control de la situación. Entre esos oficiales se encontraba Wolfran Von Richtoffen, uno de los descendientes del Barón Rojo y el infante, Alfonso de Orleans, otro de los responsables de la aviación nacional.
A partir de ese momento y con la llegada de nuevos efectivos militares de los vencedores, el grupo de la Quinta Columna se diluyó y abandonó Barajas. Felipe se trasladó hasta Algete en cuyo pueblo había dejado a su mujer y a su hijo porque pensaban que allí estarían más seguros en el tramo final de la contienda. Con ellos se reunió ese mismo día y con ellos permaneció hasta el mes de junio de 1939 sin que fuera molestado por nadie del régimen franquista. Consciente de que en un futuro alguien podría preguntarle por su actuación en el bando republicano, se dedicó durante estos dos meses a recabar declaraciones de personas de derechas que avalaran su actuación en la Guerra Civil.
Consiguió que el alcalde y el jefe de Falange de El Casar de Talamanca, su pueblo, emitiesen sendos avales donde aseguran que era una persona “proclive” al bando nacional y totalmente en contra de las ideas “marxistas”. También logró que el párroco de la localidad, Valeriano Romanillos, redactara un escrito a su favor diciendo que era una persona “de derechas, religioso y afecto a la causa nacional”. Dijo también que “hizo favores a personas perseguidas” y que se “impuso al comité rojo de El Casar” para que al sacerdote le facilitaran un certificado de “buena conducta”. Recordaba también que venía de una “familia de clase humilde, cristianos practicantes y afectos a la causa nacional”.
Logró también que José Fernández Guerra, su jefe de la Quinta Columna, emitiera un aval a su favor reflejando con detalle su actividad quintacolumnista y su animadversión hacia los comunistas. El hermano de Felipe, de nombre Alejandro, que trabajaba como secretario e interventor en el Ayuntamiento de Guadalajara también redactaría un escrito asegurando que nuestro hombre era “adicto al movimiento nacional” y que“siempre ha odiado a los rojos”.
La detención
A pesar de todas esas declaraciones, en junio de 1939, efectivos de la Policía Aérea detuvieron a Felipe Sanz en su casa de Algete. Al llamar a la puerta de su vivienda preguntaron por él como el sargento Sanz, dejando por lo tanto sin validez todos los ascensos que había conseguido por el bando republicano. Le llevaron primero a la cárcel de Alicante y poco después le trasladarían a la prisión de Porlier en Madrid. Le acusaban de “rebelión militar” y de haber formado parte del “comité rojo” del aeródromo de Getafe durante los primeros días de la Guerra Civil.

En cierta manera, Felipe esperaba su arresto. Por eso cuando fue detenido, llevaba en el interior de su “petate” todos los escritos y avales que había ido recopilando desde que terminó la contienda. Las primeras actuaciones judiciales contra él arrancaron el 6 de julio de 1939 siendo dirigidas por el juez instructor, Reyes Esteban Bernal que se encargó de realizar las primeras investigaciones para determinar su grado de responsabilidad. Él le tomó declaración ese mismo verano y también solicitó una investigación interna a través de los ficheros del aeródromo de Getafe. El alférez Antonio Pujol, jefe de ficheros de este aeródromo que estuvo destinado allí durante, recabó informaciones de gran importancia para el juez. Al parecer, su nombre aparecía en varias fichas como presidente del comité revolucionario de la tropa del aeródromo que adoptaba castigos ejemplares para los desafectos. Dijo que había enviado a varios soldados vinculados con las derechas como él al frente de Talavera de la Reina como “castigo por sus ideas”.
Durante su proceso judicial, la Sección de Información de la Región Aérea del Centro también elaboró un completo informe sobre el sargento Sanz donde se hablaba de su brillante actuación como miembro de la Quinta Columna. Un informe que contrastaba con el que elaboró el SIPM (Servicio de Información y Policía Militar) donde se vinculaba a Felipe con el posible asesinato en la guerra del oficial de Aviación retirado, Pedro Martín.
Hasta noviembre de 1939, el juez instructor siguió investigando el papel de nuestro protagonista durante las primeras semanas de la Guerra Civil. Tomó declaración a decenas de soldados, suboficiales y oficiales que coincidieron con él en Getafe durante el verano de 1936; la mayoría le señalaban como responsable del comité revolucionario junto al teniente Hernández Franch que se había exiliado al extranjero. Obviamente, durante todo el proceso Felipe sacó a relucir todas las declaraciones a su favor que había recopilado desde que terminó el conflicto.
El consejo de guerra
A la espera de que se celebrara el consejo de guerra contra él, nuestro protagonista fue encerrado en la cárcel de Yeserías. Allí se enteró del nombramiento del fiscal que llevaría su caso, un alférez de complemento de Ingenieros llamado Miguel Antolín Saco, que terminaría convirtiéndose años después en un reputado magistrado de la justicia franquista. El 11 de septiembre de 1940 se celebró la lectura de cargos contra él dando por buenas todas las declaraciones que él había hecho desde su detención ante la Policía Militar y el juez instructor. Pidió, eso sí que, durante el juicio, se tomara declaración nuevamente a José Fernández Guerra, su jefe en la Quinta Columna.





El 20 de septiembre del 1940, Fernández Guerra volvió a declarar a favor del sargento Felipe Sanz. Explicó que había permanecido encarcelado hasta mayo de 1937 y que a partir de esa fecha empezó a tratar con él en intervalos “más o menos grandes” hasta el final de la guerra. No hizo mención a su actuación en el aeródromo de Getafe porque él se encontraba en las prisiones republicanas, pero le creyó en todo momento “afecto al bando nacional”. Consideraba “poco probable” que hubiera tenido protagonismo en el comité del aeródromo, pero “desconocía” su conducta al principio de la guerra.
Entre las declaraciones que se tomaron durante los días posteriores llama la atención la de un testigo militar, Ángel Blázquez Rodríguez, que antes de la guerra estaba destinado en el aeródromo de Getafe encargándose de “confeccionar fichas de extremistas” para el Ministerio de la Guerra. Este oficial dejó claro que “nunca” había incluido a Felipe en esas fichas y que le constaba que “no perteneció al comité del aeródromo”.
La defensa de nuestro hombre consiguió también la declaración de Antonio Carpintero, un vecino de El Cásar de Talamanca, militante de Falange y gestor municipal en el Ayuntamiento. Ante el juez, este hombre relató que Felipe acudía muchas noches a su casa para escuchar el parte de guerra del Ejército nacional, bando con el que se sentía plenamente identificado. También explicó que en la recta final de la guerra, acudió hasta su casa para anunciarle que las tropas de Franco estaban a punto de entrar en Madrid por lo que le recomendó que tuviera cuidado con los últimos efectivos de la república en Guadalajara.
A pesar de todas estas declaraciones, el fiscal afirmó que la actuación de Felipe Sanz en la guerra estaba repleta de hechos delictivos que podían ser catalogados como “rebelión militar”. Por ello, solicitó al tribunal la pena de muerte para el acusado, sobre todo por su pertenencia al comité del aeródromo de Getafe. El abogado defensor de nuestro protagonista visibilizó el elevado número de declaraciones a su favor, destacó sus acciones como quintacolumnista y reiteró que no estaba “comprobado de manera categórica” que hubiera formado parte del comité del aeródromo. Por ello solicitó su libre absolución.
Finalmente, el 9 de octubre de 1940 se celebró en el aeródromo de Cuatro Vientos su consejo de guerra presidido por el teniente coronel de Aviación Juan Gaspar Vincent. No fue el único juicio que se celebró aquella mañana: otros cinco miembros de las Fuerzas Aéreas de la República fueron juzgados ese mismo día con suerte dispar. El tribunal condenó a nuestro hombre a pena de muerte por “rebelión militar” a través de fusilamiento. Su ejecución nunca se llevó a cabo porque Franco conmutó su pena el 29 de noviembre por la de reclusión mayor de 30 años. No tenemos muy claro cuánto tiempo permaneció en la cárcel de Yeserías, tan solo sabemos que en el año 1943 todavía permanecía allí.
La historia de Felipe Sanz es una de las muchas que han permanecido sepultadas a lo largo de los años en los archivos militares. Nosotros descubrimos su figura mientras investigábamos en el Archivo Histórico del Ejército del Aire para nuestro libro “La guerra encubierta” (Arzalia Ediciones). Creíamos que era de justicia resaltar sus vivencias antes y durante la contienda. Su papel en el conflicto fratricida nos llamó la atención porque fue una persona que navegó en aguas muy distintas durante la guerra. Lo más probable es que lo hiciera por instinto de supervivencia, pero por desgracia nunca lo sabremos.
Comentario de los autores
Queridos amigos, nos encanta que nuestras investigaciones tengan recorrido fuera de nuestra página web. Es un orgullo que historiadores, periodistas, blogueros y otros usuarios de las redes sociales compartan nuestras investigaciones que, por cierto, llevan tras de sí muchos días de trabajo en archivos y hemerotecas, así como el rastreo para localizar a los descendientes de los protagonistas. Por este motivo, exigimos que, para poder utilizar este reportaje en sus medios de comunicación, webs o blogs, contacten con nosotros a través del correo electrónico: guerraenmadrid@gmail.com. No tenemos inconveniente en seguir divulgando nuestro trabajo siempre y cuando se cite el origen y se enlace directamente con esta página. Muchas gracias. Nos leemos.
Fuentes consultadas
- AHEA. Expediente 3453 sobre el sargento Felipe Sanz López.
- AHEA. Expediente 3711 sobre el capitán Manuel Gascón.
- AHEA. Expediente 964 sobre el teniente Hernández Franch.
- AHEA. Expediente 875518 sobre el teniente Juan Reus Olivera.
- AHEA. Expediente 3148 sobre el capitán Antonio Urzaiz de Guzmán.
- AHEA. Expediente 282 sobre el teniente Eduardo Lorenzi de la Vega.
- “La guerra encubierta. Operaciones secretas, espías y evadidos en la Guerra Civil” de Alberto Laguna y Victoria de Diego. 2024, Arzalia Ediciones.
- https://guerraenmadrid.net/2019/09/02/juan-reus-el-explorador-que-murio-asesinado-en-carabanchel-en-1936/
- https://guerraenmadrid.net/2023/06/24/la-dramatica-carta-de-una-madre-en-la-guerra-civil/
- https://aerodromoalgete1936-39.blogspot.com/
