El guardia civil que participó en la entrega de Madrid

Con una flecha, el capitán Benéitez Cantero. Delante de él se encuentra el coronel Prada rindiendo Madrid ante Losas / Departamento Nacional de Cinematografía

El capitán Alberto Benéitez Cantero fue testigo directo de un momento crucial para la historia de España. Estuvo presente en la entrega de Madrid, el 28 de marzo de 1939, cuando se produjo aquel famoso acto entre militares junto a las ruinas del Hospital Clínico. Este guardia civil acompañó a su jefe, el coronel republicano Adolfo Prada, cuando rindió la ciudad ante las tropas sublevadas de Eduardo Losas. Fue su último servicio que prestó a la República como escolta del jefe del Ejército del Centro. Su nombre no sale en los manuales de historia, ni siquiera en las obras especializadas en la Guerra Civil. Sin embargo, nosotros pudimos rescatar su historia del olvido mientras investigábamos para nuestro último libro, “La guerra encubierta. Operaciones secretas, espías y evadidos en la Guerra Civil Española” (Arzalia Ediciones).

Antes de meternos de lleno en los avatares de Alberto Benéitez en la contienda, vamos a repasar algunos aspectos biográficos que nos permitirán conocer mejor al personaje. El 18 de julio de 1936, no era ni por asomo capitán de la Guardia Civil. Tenía 29 años y estaba destinado como guardia segundo en el puesto de la Benemérita de Pinto, una localidad cercana a Madrid que por entonces era mucho más pequeña de la ciudad dormitorio que conocemos hoy en día.  Decidió ingresar en el Instituto Armado después de dar muchos tumbos por diferentes unidades militares donde nunca encontró su sitio. Con apenas 17 años ingresó en el Ejército como soldado voluntario. En mayo de 1924 se incorporó al Regimiento de Infantería número 19 de Melilla, solo unos meses antes de que su padre muriera de cáncer de pulmón en esta misma ciudad autónoma donde estaba destinado.

El futuro jefe de la escolta de Prada, había seguido los pasos de su padre al ingresar desde muy joven en el Ejército español. Su progenitor, el capitán Aureliano Benéitez Salagre, era todo un héroe de guerra que se había curtido, primero en la guerra de Cuba y posteriormente en la guerra de Melilla de 1909. Curiosamente, doce años después, en 1921, cuando se produjo el desastre de Annual, Aureliano y su familia (Alberto incluido) se encontraban en Nador donde ocupaba el puesto de ayudante del coronel jefe de la plaza. Tras el avance rifeño, toda la familia huyó hasta Melilla que en poco tiempo se convirtió en una ciudad sitiada por las fuerzas de Abd el-Krim.

El niño de mayor edad es Alberto Benéitez. Posa junto a sus padres y hermanos / Imagen extraida del libro “Pablo Cantero de Trinidad de la Isla de Cuba” de Juan José Unceta Rivas. 2019.

El desastre de Annual

Aquella huida y aquellos meses de lucha titánica entre españoles y rifeños marcó a nuestro protagonista, sobre todo por el trabajo que desempeñaba su padre: Aureliano fue designado responsable de los enterramientos de los soldados caídos en combate. Alberto, en más de una ocasión, se escaba de su casa para seguir las actividades de su padre, por lo que sus ojos presenciaron decenas de inhumaciones de cadáveres de compatriotas que. Su proximidad a “la muerte” le hizo contraer una enfermedad que irrumpió posiblemente en su cuerpo debido a las precarias medidas sanitarias que se adoptaban en los enterramientos. Durante semanas cogió fiebres altísimas que a punto estuvieron de acabar con su vida.

El hecho de haber presenciado in situ la tragedia del desastre de Annual, unido a la enfermedad de su padre, propició el ingreso de Alberto en el Ejército en el año 1924. Con el fin de aumentar los ingresos de la familia, se incorporó al Regimiento de Infantería nº 19 como soldado voluntario indefinido. Lo hizo en calidad de “hijo de oficial” y muy pronto promocionó a cabo por “elección” de sus superiores, sin embargo, la muerte de su padre truncó momentáneamente su carrera militar. Tras el fallecimiento del cabeza de familia, su madre tomó la decisión de abandonar Melilla y regresar a la península con todos sus hijos para instalarse en Madrid, de donde eran originarios. Nuestro joven cabo pudo licenciarse y volver junto a los suyos a la capital para preparar su ingreso en la Academia de Infantería de Toledo. Su preparatorio lo hizo en el Colegio de Huérfanos María Cristina en compañía de su hermano menor, Valentín, que durante la Guerra Civil lucharía del lado de los nacionales. Pero no adelantemos acontecimientos.

Su estancia en el Colegio de Huérfanos no tuvo que ser fácil. Un tío político de nuestro hombre, el teniente general Francisco Artiñano, explicaría mucho más tarde cómo era el carácter de Alberto Benéitez en aquella escuela que preparaba el ingreso a la Academia de Infantería de Toledo:

“Al morirse su padre, fueron llevados al Colegio de Huérfanos. En una visita que hicimos los jefes del Cuerpo de Infantería vi en Toledo a los dos hermanos (Alberto y Valentín). Desde ese momento me hice cargo del carácter de este sobrino ya que los profesores me dijeron que el hermano menor (Valentín) era estudioso y prudente y el mayor se había unido a otros chicos que solo pensaban en querer salir del colegio”.

Efectivos del Regimiento Wad Ras 50, posiblemente en los años veinte (Todo Colección)

Sabemos que nuestro protagonista abandonó el Colegio de Huérfanos sin haber terminado todos sus estudios para regresar de nuevo al Ejército. Desconocemos los motivos que le llevaron a abandonar, pero en marzo 1926 ingresó como soldado voluntario en Madrid en el Regimiento Wad Ras nº 50 donde ascendería a cabo “por elección”. Una vez más mostró sus cualidades castrenses y su disciplina para convencer a sus superiores de que le dieran ciertas dotes de mando. Unos meses después de su ascenso fue enviado hasta Larache (Marruecos) con su unidad para participar en las últimas operaciones militares que España estaba desarrollando en el Rif. Estuvo a las órdenes directas, primero del coronel Luis Castelló Pantoja, que en la Guerra Civil se posicionó del lado republicano, y posteriormente de Amado Bálmez que moriría en extrañas circunstancias el 16 de julio de 1936 en Las Palmas de Gran Canaria.

De nuevo en África

En la hoja de servicios de Alberto Benéitez no hay demasiados detalles sobre su participación en el tramo final de la Guerra del Rif y solo se indica que participó en varias operaciones de “ocupación” de posiciones rebeldes. Tras lograr el ascenso a sargento por méritos de guerra, en julio de 1927, coincidiendo con la capitulación de Abd el-Krim, ingresó por enfermo en el Hospital Militar de Larache. Cuando se recuperó de sus dolencias y después de haber obtenido el alta hospitalaria, regresó a Madrid y se instaló en el piso familiar situado en el Paseo de Extremadura número 73. No sabemos demasiado bien que hizo en 1928 ya que no hay datos de él en su expediente militar. Algunas fuentes afirman que estuvo buscando trabajo en la península sin éxito, pero esta información no hemos podido corroborarla.

Ficha de filiación de Benéitez en la Legión / Archivo Histórico Guardia Civil

Un año después, en abril 1929, decidió ingresar en la Legión. Su hoja de inscripción en el Tercio lo describía de la siguiente manera: “Soltero. 1,70. Pelo castaño, cejas al pelo, ojos marrones, nariz recta, barba poblada, boca regular, frente despejada y aire marcial”. Estuvo dos años destinado en Ceuta hasta que regresó a Madrid poco después de proclamarse la Segunda República. Creemos que pretendía estabilizar su vida después de una década dando tumbos entre África y la península.

En 1932 ingresó en el cuerpo de la Guardia Civil con un compromiso de permanencia mínima de cuatro años. Su primer destino como guardia segundo fue la comandancia de Castellón, en concreto se incorporó al puesto de Vallibona, una pequeña localidad cercana a Morella situada en una zona montañosa a orillas del río Cérvol. Allí estuvo solo unos meses pues a primeros de 1933 le destinaron a la comandancia de Madrid, en concreto a la Casa Cuartel de Perales del Río, en la actualidad una pedanía de Getafe ubicada junto al Cerro de los Ángeles.

En esta población madrileña permaneció varios años, aunque fue comisionado en más de una ocasión para acudir a otros puntos de la región. Esto sucedió en 1934 cuando le trasladaron unas semanas junto a una veintena más de guardias de Getafe y Villaverde hasta la Colonia Popular Madrileña -lo que hoy conocemos como el barrio de San Fermín- donde se habían producido unos incidentes importantes entre vecinos.

Miembros de la Guardia Civil y de la Guardia de Asalto antes de la contienda / BNE

En 1936, Benéitez volvió a cambiar de aires, aunque no tuvo que recorrer demasiados kilómetros para incorporarse a su nuevo destino. En febrero, coincidiendo casi con las elecciones generales, la comandancia de Madrid le destinó hasta el puesto de Pinto donde le sorprendió el inicio de la Guerra Civil. Allí vivía con su mujer Paquita y sus dos hijos de corta edad. Su hermano Valentín, que por entonces ya era teniente de Caballería destinado en África, explicaría que Alberto en aquellos convulsos meses previos a la guerra “dedicaba sus ratos de descanso a estar con su familia y estudiando la preparación militar”.  Compatibilizaba esto con la lectura de libros relacionados con la historia de España pues era un apasionado de las “gestas militares” y “hazañas” que habían realizado en el pasado la milicia española. Estas manifestaciones coinciden con las referencias que hacen de él sus familiares más cercanos que aseguran que era un apasionado de la historia de España y de la lectura en general.

La Guerra Civil

El 17 de julio de 1936, cuando se produce la sublevación militar, recibió por parte de la superioridad de la comandancia de Madrid la orden de “agrupamiento”. Todos los guardias civiles de la zona sur de la región fueron enviados a Getafe para constituir una columna de choque que estuviera preparada para combatir a los “insurrectos”. Como bien sabe el lector, la Benemérita en la zona centro se mantuvo leal a la República, tanto es así que jugó un papel muy importante a la hora de sofocar la sublevación en Madrid, especialmente en el cuartel de la Montaña.

Alberto Benéitez y su mujer Paquita durante la guerra / Imagen cedida por la familia Benéitez

En Getafe solo permaneció unas horas. El mismo 17 de julio varios camiones del Instituto Armado trasladaron a todos sus guardias hasta el cuartel de las Cuarenta Fanegas de Madrid donde permanecerían acuartelados varios días como unidad de reserva y a la espera de recibir instrucciones. Alberto y sus compañeros no participaron en los combates que se libraron en la capital, aunque si lo harían poco después cuando fueron enviados hasta la sierra madrileña.

Según consta en su declaración jurada, Benéitez fue enviado hasta Cercedilla el 23 de julio de 1936, solo unas horas después de que los sublevados tomaran el Alto del León en uno de los combates más encarnizados de la Guerra Civil. Su llegada al corazón de la sierra de Guadarrama se produjo también a las pocas horas de un suceso extraño que relatamos en nuestro libro “La guerra encubierta”: el supuesto suicidio del coronel Enrique del Castillo, uno de los jefes republicanos en la sierra al que muchos señalaron como responsable de la pérdida del puerto. Un suceso plagado de incógnitas y contradicciones que tratamos de resolver en nuestro libro explicando minuciosamente como se desarrollaron los hechos.

Nuestro protagonista no estuvo presente en la sierra cuando se produjo el supuesto suicidio del coronel, pero sí fue enviado a sectores próximos al Alto del León poco después de llegar Participó en las operaciones de los días posteriores para intentar recuperar el puerto, primero a las órdenes del coronel José Puig (muerto más adelante en extrañas circunstancias) y después de Domingo Moriones. Combatió en una pequeña unidad formada por guardias civiles leales al bando republicano y milicianos que realizaban golpes de mano contra las posiciones nacionales. Una de las acciones en las que participó, en concreto la noche del 5 al 6 de agosto, fue considerada como “muy destacada” por sus superiores. No han trascendido los detalles de la operación en los documentos que hemos consultado, tan solo hemos podido saber que su actuación fue “muy distinguida” y por ello fue ascendido a cabo.

Ayuda a perseguidos

Durante aquel tórrido verano de 1936 tuvo que hacer frente a situaciones adversas que a punto estuvieron de costarle la vida en la sierra de Guadarrama. En más de una ocasión tuvo que llamar al orden a determinados grupos de milicianos que actuaban con desprecio e incluso maltrataban a los prisioneros nacionales que eran capturados durante la lucha. Su llamada de atención le puso en el disparadero. Se enteró días más tarde de que algunos exaltados planeaban su asesinato. Afortunadamente, sus mandos estaban al corriente de la amenaza y enviaron a Madrid a aquellos hombres que estaban dispuestos a “liquidar” a nuestro cabo.

Carta de Sainz de los Terreros hablando de Benéitez / AGHD

En agosto también acudió al monasterio de San Lorenzo de El Escorial después de enterarse que un amigo de la familia había sido detenido por las milicias locales acusado de “fascista”. Se trataba del abogado y periodista Juan Manuel Sáinz de los Terreros -futuro redactor de Ya y Marca- al que Alberto salvó la vida tras conseguir su liberación después de pedir que mediara al entorno de Vicente Rojo.

Después de que los frentes de la sierra de estabilizaran, el 10 de septiembre de 1936 fue enviado hasta otro punto caliente de Madrid, la sierra Oeste. Las tropas sublevadas, lideradas por oficiales de prestigio como Castejón, Monasterio y Delgado Serrano avanzaban a toda velocidad desde Toledo con la intención de tomar San Martín de Valdeiglesias y las poblaciones de alrededor como Navas del Rey, donde la unidad de Benéitez había establecido su residencia. Pese a la defensa gubernamental en la zona, finalmente todas estas localidades terminaron cayendo en poder de fuerzas franquistas por lo que nuestro hombre se tuvo que replegar a Madrid. Por esas fechas ya había ascendido a sargento “por méritos de guerra”, nombramiento que fue dictado por el Ministerio de Gobernación con el visto bueno del comité de la Guardia Nacional Republicana que se acababa de constituir.

Muchos años después de la guerra, Alberto Benéitez recordaba con tristeza aquellos repliegues desorganizados -posiblemente en la sierra Oeste- que protagonizaron las fuerzas republicanas en aquellos primeros combates de la Guerra Civil. En una ocasión tuvo que sacar su pistola para frenar una desbandada provocada por la aparición a lo lejos de los “turbantes de la caballería mora”. Lamentaba la falta de entrenamiento, sobre todo de los milicianos, que no tenían la preparación suficiente como para afrontar un ataque o bombardeo de la aviación enemiga.

Una vez en la capital fue destinado a dos sectores, Vallecas y Usera donde permanecería hasta finales de 1936. Durante los pocos días libres que permanecía en Madrid intentó ayudar, en la medida de lo posible, a algunas personas de derechas que tenían relación directa o indirecta con su familia. Fue el caso del teniente coronel de Ingenieros, Fernando San Martín, que según manifestó tras la guerra, “Alberto se portó bien con él y su familia y le defendió de las molestias” de los milicianos hasta que entró en la embajada de Suecia. Las declaraciones de este militar en el consejo de guerra de nuestro hombre fueron muy importantes pues calificó su comportamiento como “muy caritativo”, no solo con él sino con otras personas perseguidas.

A la izquierda Alberto Benéitez y a la derecha su hermano Valentín / Libro: “Pablo Cantero de Trinidad de la Isla de Cuba” de Juan José Unceta Rivas. 2019.

En Ciudad Universitaria

Esta manera de comportarse coincide con una anécdota que Benéitez transmitíó a sus descendientes muchos años después de que terminara la guerra. El guardia civil recordaba cómo en una ocasión, se enfrentó a dos milicianos que acababan de saquear un piso al escuchar los gritos de una mujer que, asomada a la ventana de su casa, les acusaba de “ladrones”. En esta ocasión, nuestro protagonista amenazó a los dos milicianos con desenfundar su pistola y enfrentarse a ellos a tiros si hiciera falta si no devolvían su botín a su dueña. Consiguió su propósito, siendo consciente del peligro que podía correr para su propia integridad un enfrentamiento armado con otras dos personas de su propio bando.

En enero de 1937 fue enviado al sector de Ciudad Universitaria. Formalmente se incorporó a la 7º División del recién creado Cuerpo del Ejército de Madrid que luego pasó a denominarse II Cuerpo del Ejército. Al frente de esta división se encontraba el coronel Adolfo Prada, al que posiblemente había conocido en noviembre o diciembre de 1936 cuando dirigía las fuerzas de Usera. Ambos se cayeron bien desde el principio, hasta el punto de que Alberto se convirtió en uno de sus hombres de confianza, actuando como escolta personal del prestigioso militar republicano. Su relación fue tan estrecha que permanecería ligado a él incluso en el momento más complicado del coronel que fue la entrega simbólica de Madrid el 28 de marzo de 1939, pero no adelantemos acontecimientos.

¿Influenciado por Prada?

Terminada la Guerra Civil, el hermano de Alberto Benéitez, Valentín, afirmaría que fue “persuadido” por Prada, declaraciones que fueron ratificadas por otros familiares como su tío, el teniente general Francisco Artiñano quién diría que se agarró a Prada como “tabla de salvación”. En cualquier caso, podemos confirmar si riesgo de equivocarnos que nuestro hombre entró en su círculo de confianza y entabló cierta relación de amistad también con sus dos hijos, Adolfo y Eduardo Prada Manso que actuaban como ayudantes de su padre en aquellos meses de 1937.

Facultad de Medicina en la Ciudad Universitaria de Madrid / BNE

Durante su estancia en el sector de Ciudad Universitaria fue testigo de la voladura republicanas junto a algunas facultades como podrían ser Agrónomos e incluso en las inmediaciones del Hospital Clínico. Aquellas explosiones le marcaron de por vida como también le marcó la actuación de las Brigadas Internacionales en aquellos combates, especialmente los grupos franceses que, “vestidos con sus gabardinas, chaquetas de cuero y boinas”, esperaban con gran tranquilidad la orden de asalto a las posiciones enemigas. Se quedó prendado por la manera que tenían de operar aquellos veteranos de la Primera Guerra Mundial de los que decía: “Esta gente sabe”.

Se da la circunstancia de que durante su estancia en Ciudad Universitaria tuvo que coincidir unas semanas con su hermano Valentín que por entonces era un joven teniente perteneciente a la 3ª compañía del 5º tabor de Regulares de Larache. Obviamente, los dos hermanos desconocían que ambos se encontraban en el mismo sector, pero por los combates que se produjeron en el Parque del Oeste, Valentín obtuvo la Cruz Laureada colectiva de San Fernando y una felicitación oficial del coronel Ríos Capapé. Lo cierto es que la presencia del hermano de Alberto en Madrid fue efímera ya que el 25 de marzo fue enviado hasta Ceuta, donde le había sorprendido el inicio de la Guerra Civil.

En abril de 1937, Prada fue enviado hasta El Pardo y con él también se trasladó Alberto que había ascendido a teniente por recomendación del coronel que seguía contando con el como jefe de su escolta personal. Allí se enteró del nacimiento de su tercer en hijo que llegó al mundo en Valencia, lugar al que se había trasladado su familia meses atrás por la situación que llegó a atravesar Madrid ante el asedio permanente de las tropas franquistas.

Permaneció tres meses en El Pardo hasta que su jefe fue destinado al Ejército del Norte para asistir al general Gamir Ulibarri que estaba sobrepasado por los acontecimientos. Un nombramiento casi a la desesperada pues la República necesitaba en el norte a mandos con buenos conocimientos de estrategia pues el enemigo avanzaba con decisión después de tomar Bilbao el 18 de junio de 1937.

En el frente Norte

Antes de aceptar el mando del Ejército del Norte, Prada realizó algunas exigencias al Gobierno de la República. A fin de cuentas, podía permitirse esas licencias pues tendría que asumir el cargo en un momento muy delicado, con pocos medios militares y con la moral de sus tropas por los suelos. Pidió expresamente llevarse hasta el norte a su staff próximo de colaboradores entre los que estaban Benéitez, que ya había ascendido a capitán, y sus hijos Eduardo y Adolfo como ayudantes de campo respectivamente. A estos dos últimos les dedicamos en su día un artículo en nuestra web que puedes leer pinchando en este enlace.

El coronel Prada convirtió a Benéitez en el jefe de su escolta / BNE

Nuestro hombre, acompañando a Prada, llegó hasta Santander el 24 de julio. La operación republicana sobre Brunete, que pretendía eliminar la presión sobre el frente norte, no había salido como esperaba y las fuerzas de Franco ultimaban su ofensiva final sobre Cantabria. Durante más de un mes acompañó en todo momento al coronel en las visitas que realizaba a los frentes y veló por su seguridad, especialmente durante a partir del 14 de agosto que fue cuando los franquistas empezaron sus operaciones con bombardeos sistemáticos por parte de su artillería y aviación. Tuvo que emplearse a fondo para evitar atentados de la Quinta Columna que se hizo especialmente visible en Santander los días previos a la caída de la ciudad, cuando todo el mundo sabía que la defensa era imposible de conseguir.

El 24 de agosto, después de recibir la orden de evacuación de Santander pues los sublevados habían roto el frente, nuestro guardia civil fue de los últimos en abandonar la ciudad junto a Prada y su estado mayor. El hijo del coronel recordaba la huida de Cantabria y el repliegue hacia Asturias de la siguiente manera:

“Mi padre tuvo que desistir de hacer una alocución por radio en Santander porque gentes de la Quinta Columna ya estaban ametrallando la ciudad desde los tejados…Nos enteramos entonces que la noche anterior, el jefe superior del ejército del Norte, Gamir Uribarri, el comisario del Ejército que era un diputado socialista llamado Somarribas, el gobernador civil y algunas autoridades más habían salido de Santander sin que hicieran ninguna comunicación a mi padre. Fue una noche horrible. Quedamos cercados en el Ayuntamiento y un comandante de Asalto, desesperado por la situación, se pegó un tiro”.

El relato del hijo Prada es muy importante porque explica cómo pudieron escapar hacia Asturias mencionando también al protagonista de este artículo. Sigamos leyendo sus palabras:

“Al día siguiente, de madrugada, intentamos salir para Asturias, pero una patrulla nuestra acusándonos de traidores nos dejó tirados en mitad de camino. Continuamos a pie hasta San Pedro del Mar donde, a golpe de pistola, conseguimos dos remos desequilibrados y una pequeña barca con la que no hicimos a la mar. Iba con nosotros el capitán ayudante de mi padre, Alberto Benéitez Cantero, Romualdo de las Heras (su secretario, luego secretario de Rojo), mi hermano Adolfo y un teniente vasco dinamitero que era comunista. Como alimento tan solo llevábamos una botella de vermut. Afortunadamente nos recogió un pesquero asturiano que nos condujo a Ribadesella”.

Los recuerdos de aquella salida frenética de Santander los transmitió Alberto a su familia años después de que terminara la Guerra Civil y coinciden con la versión de Eduardo Prada. Explicaba que la travesía la hicieron en plena noche hacinados en esa pequeña barca, llegando incluso a toparse con un barco de gran tamaño de los alzados que “afortunadamente para ellos”, no detectó al Estado Mayor de Prada.

Eduardo Prada, hijo de Adolfo Prada / Prensa Histórica

Una vez en Ribadesella, el capitán Benéitez acompañó a Prada hasta Gijón donde le nombraron nuevo jefe supremo del Ejército del Norte de la República en lugar de Gamir Ulibarri. Asturias era el único bastión en el norte que le quedaba al Gobierno del Frente Popular y a pesar de su nombramiento, todo el mundo daba por hecho que más pronto que tarde terminaría cayendo en poder de los sublevados. Prada y su Estado Mayor tendrían que rendir cuenta al Consejo Soberano de Asturias y León, un órgano soberano con autonomía propia, constituido por los propios republicanos bajo la presidencia del socialista Belardino Tomás.

La huida a Francia

Benéitez cuidó de Prada durante dos meses. La relación del coronel con las autoridades civiles del Consejo Soberano de Asturias y León eran muy tensas, especialmente por las denuncias que el militar había realizado sobre los desmanes que las milicias cometían en la ciudad, unas denuncias que llegaron a oídos del ministro de la Guerra Indalecio Prieto y del propio Manuel Azaña como llegó a contar en sus memorias. El consejillo -como se conocía al organismo de Belardino Tomás- llegó incluso a intervenir el correo de Prada para evitar que informara de aquellos desmanes al Gobierno de la República.

Al igual que había pasado en Cantabria, como jefe de la escolta de Prada, Alberto tuvo que recorrer con él los principales sectores asturianos para reorganizar a las fuerzas republicanas, pero todas las estrategias fueron infructuosas por la superioridad del enemigo. El 19 de octubre de 1937 la situación de Gijón ya era insostenible. La ciudad se encontraba en una situación indefendible por lo que había que preparar la evacuación del mayor número de personalidades civiles y militares cuya vida podía correr peligro en el caso de ser detenidos por las tropas franquistas. Uno de los hijos de Prada, Adolfo, pudo abandonar España en uno de los últimos aviones que salieron de Gijón.

Un día después, el 20 de octubre a las 16.00h, Prada ordenó su evacuación y la de su Estado Mayor, entre ellos Alberto Benéitez, con la intención de trasladarse a Francia. Suponemos que nuestro guardia civil veló especialmente por la seguridad de su jefe en aquellos momentos ya que el coronel republicano era una pieza de gran valor para los grupos de la Quinta Columna gijonesa que ya empezaban a hacerse visibles por la ciudad. Aunque no sucedió nada, se respiraron momentos de gran tensión hasta que todos subieron a bordo de un torpedero republicano con otras noventa personas, algunas de ellas con cargos importantes dentro del Partido Comunista.

Cientos de personas huyen de Gijón en este barco antes de la entrada de las tropas de Franco ( BNE)

Según la versión de Eduardo Prada, la huida de Asturias en ese barco fue una pesadilla. Realmente el torpedero había sido habilitado en el último momento para la navegación ya que la aviación franquista había hundido el destructor Císcar que era la nave elegida para la evacuación. Leamos un fragmento de sus reflexiones:

“Salimos en aquel cascarón sin posibilidades reales para remontar la costa y navegamos durante cinco o seis horas mientras oíamos la radio fascista que daba continuas órdenes a sus aviones para que nos bombardeasen, advirtiendo que en el torpedero iba el coronel Prada. Aquella travesía sin cartas marinas y sin otro gobierno que la intuición, terminó ante un faro que al almirante Valentín Fuentes, que nos acompañaba, le hizo pensar que estábamos en San Sebastián. Afortunadamente nos encontrábamos en Burdeos”.

La nave, en realidad, no llegó hasta Burdeos sino a una localidad cercana, Le Verdon-sur-Mer. Muchos años después, Benéitez recordaba con cierto dolor las muecas de desprecio que les hicieron los gendarmes franceses que les recibieron en el puerto al verlos bajar del barco sucios y sin afeitar.

En Valencia y Albacete

Después de unas semanas en Francia, nuestro hombre junto a Prada y sus dos hijos regresaron a España para instalarse en Valencia. Allí nacería uno de sus hijos, sin embargo, no estaría mucho tiempo ya que fue enviado hasta Albacete para hacerse cargo de la 79º compañía de la Guardia de Asalto. Por estas fechas el destino de Alberto y el de su jefe (Prada) se separaron durante un tiempo ya que el coronel fue nombrado jefe del Ejército de Andalucía, instalándose en la localidad de Baza.

No hay demasiados datos sobre la vida de Alberto en Albacete. Sabemos que nació, en su casa de la calle Ramón y Cajal, su hija María del Carmen. También facilitó algunas informaciones de él su tío, Francisco Artiñano, que coincidió con el guardia civil en esta ciudad. El veterano teniente general afirmó en su consejo de guerra que muchos de los guardias de asalto que estaban a sus órdenes en Albacete eran de derechas y le contaban que su sobrino tenía “un carácter perezoso y pacífico”. También señalaba que en ese año y medio “no dio un solo tiro” y se dedicaba simplemente a los servicios propios de su compañía. Las declaraciones de Artiñano contrastaban en cierta manera con un informe que remitió en la posguerra el Ayuntamiento de Albacete -bajo mandato de una Ejecutiva falangista- donde decía que “trataba mal a los guardias de la 79 compañía” y que por esos años se había afiliado al PSOE, algo de lo que no tenemos constancia.

Benéitez se tomó esta fotografía en un estudio durante la Guerra Civil

Durante su estancia en Albacete, Benéitez comprobó como poco a poco se le escapaba la guerra a la República. Allí se enteró de la derrota gubernamental en la Batalla del Ebro y del inicio de las operaciones franquistas sobre Cataluña que culminarían con la entrada de los sublevados en Barcelona. A finales de diciembre de 1938 fue enviado a Valencia para ponerse a las órdenes del teniente coronel González Magán que dirigía una brigada del Cuerpo de Seguridad. De su estancia en Valencia solo sabemos que estuvo al frente de un batallón que se encargaba de la custodia de prisioneros, pero no han trascendido más datos porque muy pronto regresaría a Madrid. Antes de regresar a la capital se planteó enviar fuera de España a sus hijos, posiblemente a Moscú, pues era perfectamente consciente de que la guerra estaba tocando su fin. Aunque él no se marcharía al exilio pasara lo que pasase, no quería que sus hijos crecieran en la España franquista por la falta de oportunidades que tendrían. Finalmente decidió no separar a su familia, sobre todo por la presión que ejerció sobre él su mujer y madre de sus hijos, Paquita.

De nuevo con Prada

El golpe de Casado contra Negrín, en marzo de 1939, para liquidar la Guerra Civil le sorprendió en Valencia. Tras la victoria de las fuerzas casadistas ante los comunistas y la huida de España del político canario, Alberto recibió la llamada del coronel Adolfo Prada. Quería que se incorporara inmediatamente a su Estado Mayor ya que acababa de ser nombrado jefe del Ejército del Centro. El coronel era consciente de que la contienda estaba dando sus últimos coletazos y quería tenerle cerca para que velara por su seguridad ya que se sentía amenazado por elementos anarquistas. Conviene recordar que cuando Prada estuvo al frente del Ejército de Andalucía mandó fusilar a algunos integrantes de la CNT por sedición por lo que estaba en el punto de mira de algunos anarcosindicalistas.

Nuestro guardia civil aceptó el ofrecimiento de Prada y se trasladó hasta Madrid cuando quedaban menos de veinte días para que terminara la Guerra Civil. Su superior le sugirió incluso ascenderle a comandante, algo que él rechazó ya que no quería complicaciones una vez terminada la contienda. Es cierto que no tenía delitos de sangre, pero consideraba que cuanto más rango tuviera en el Ejército de la República más problemas podría tener con la justicia franquista cuando todo hubiera acabado.

Valentín Benéitez, hermano de nuestro protagonista / Libro: “Pablo Cantero de Trinidad de la Isla de Cuba” de Juan José Unceta Rivas. 2019.

Durante los últimos días de la Guerra Civil, suponemos que la actividad de Benéitez fue frenética. Se instaló junto al coronel Prada y los hijos de éste en el Ministerio de Hacienda, sin lugar a dudas uno de los puntos más seguros de Madrid donde el Consejo Nacional de Defensa había establecido su sede. Allí fue testigo de excepción de cómo se desarrollaron aquellas jornadas intensas de negociaciones para liquidar cuanto antes la contienda entre el coronel Casado y los miembros de la Quinta Columna que representaban al Gobierno de Burgos. En nuestro libro “La guerra encubierta” (Arzalia) relatamos con detalle milimétrico como se desarrollaron aquellas últimas horas de la contienda en Madrid, citando al personaje de este artículo y a otros hombres que destacaron por esas fechas.

Como bien sabe el lector, a partir del 25 de marzo los acontecimientos se aceleraron. Las negociaciones entre republicanos y nacionales se rompieron, empezando así una ofensiva final de los sublevados por toda España con el fin de aplastar al Gobierno. La ofensiva como tal no fue ya que apenas hubo tiros. Al comprobar el avance franquista, todos los frentes se vinieron abajo y casi todos los sectores republicanos se hundieron, abandonando los soldados sus posiciones y trincheras. Casado empezó a preparar su salida de Madrid para irse después al extranjero y encargó al coronel Prada, que no se iba a exiliar, que rindiera simbólicamente la ciudad ante las tropas sublevadas. La fecha elegida para aquella rendición sería el 28 de marzo a las 13.00h junto a las ruinas del hospital Clínico.

Prada reunión a los miembros de su Estado Mayor, entre los que estaba Alberto Benéitez, para comunicarles que tendrían que realizar un último servicio para la República. Aclaró que sería una misión voluntaria y alertó a sus subordinados más cercanos que todavía estaban a tiempo para intentar salir de España. Eso sí, tendrían que desplazarse inmediatamente hasta Valencia o Alicante para intentar coger un barco antes de que fuera demasiado tarde. Nuestro protagonista le dijo a su jefe que no estaba dispuesto a exiliarse y le comunicó que le acompañaría, velando por su seguridad, hasta Ciudad Universitaria. Prada agradeció el gesto como también lo hicieron sus hijos, Adolfo y Eduardo, que seguían formando parte del círculo de confianza de su padre.

En la entrega de Madrid

El 28 de marzo, a primera hora de la mañana, Casado y los principales miembros del Consejo Nacional de Defensa abandonaron Madrid en un avión que los llevó hasta Valencia. El ministerio de Hacienda se quedó vacío. La máxima autoridad civil que permanecía en su interior era el socialista Julián Besteiro, acompañado por una veintena de personas más entre las que se encontraban algunos militares como Prada que ultimaba su desplazamiento hasta Ciudad Universitaria para entregar la ciudad. Con la presencia de Alberto que no se separaba ni un instante de su lado, el coronel ofreció un breve discurso por radio a sus subordinados del Ejército del Centro. Leamos un fragmento:

“Jefes, oficiales y soldados del Ejército del Centro. Madrileños. Dentro de breves horas cambiará el régimen político en Madrid. Agotadas todas las posibilidades de resistencia por parte del Ejército del Centro y al objetivo de salvaguardar la vida del pueblo de Madrid y evitar el derramamiento inútil de más sangre de este valeroso Ejército, sin beneficio para nadie, nos hemos visto obligados a aceptar las condiciones del enemigo. Entregaremos el mando del mismo a nuestro adversario. Tened calma y obedeced las órdenes de vuestros superiores ya que contamos con la promesa de que nadie tiene que temer quién no haya cometido delitos comunes. Y yo sé que mis soldados solo han combatido con lealtad en el campo de batalla. Me entrego con vosotros para responder por las tropas a mi mando y mi actuación personal. Y podéis tener la seguridad de que el mayor orgullo de mi vida es el haberos tenido a mis órdenes. Viva España, viva la República”.

A pesar de la emotividad de su discurso, nadie en Madrid pudo escuchar las palabras de Prada ya que, a esas horas, la Quinta Columna controlaba Unión radio y había cortado las comunicaciones entre la emisora y el estudio portátil del Ministerio de Hacienda donde realizó su alocución.

Después de aquel discurso, Prada se trasladó hasta Ciudad Universitaria. Benéitez organizó a conciencia el convoy que se desplazaría hasta las ruinas del hospital Clínico donde el jefe republicano había sido citado por el enemigo a las 13.00h. Nuestro hombre preparó dos coches del Ejército del Centro y colocó perfectamente visibles dos banderas blancas junto a los faros para que nadie dudara de sus actividades. Eligió a tres guardias civiles de su escolta y a algunos milicianos de su confianza.

El séquito que rendiría Madrid estaría formado, en total, por diez personas entre los que se encontraban, además de los escoltas y del propio Prada, el teniente coronel Francisco García Viñals, miembro destacado del Estado Mayor del Ejército del Centro y colaborador de los servicios de información de Franco. De hecho, realizó algunas acciones de sabotaje contra los propios republicanos como frenar la construcción de una mina por zapadores del Ejército del Centro en el Vértice Cumbre de Las Rozas que pretendía acabar con las posiciones franquistas en la zona. También participarían en la entrega simbólica entrega de Madrid dos quintacolumnistas destacados, Francisco Urzáiz Guzmán y Diego Medina Garijo. Este último había sido designado por el espionaje franquista para que “estuviera cerca del jefe del Ejército rojo del Centro” para evitar vacilaciones que hubieran podido originar un “conflicto serio”. A este último le dedicamos en su día un artículo en este blog que puedes leer pinchando en el siguiente enlace.

Suponemos que Alberto, como responsable de la seguridad de Prada, planificó el itinerario de los dos vehículos republicanos desde el ministerio de Hacienda en la calle Alcalá hasta la Ciudad Universitaria. Al llegar a la zona de Reina Victoria, en un punto concreto que se había acordado previamente, les esperaban dos soldados marroquíes que, sin mediar palabra, se subieron a los estribos de los coches. Hubo momentos de tensión, pero afortunadamente no sucedió nada. Pasados unos minutos llegaron junto a la Academia de Música, un edificio que formaba parte del Asilo Santa Cristina, situado a pocos metros del Hospital Clínico. Allí se encontraban preparados efectivos de la 16º División franquista y unos pocos falangistas con sus camisas azules. Nadie dijo nada.

Entrega simbólica de Madrid el 28 de marzo de 1939 / Departamento Nacional de Cinematografía

Los diez efectivos republicanos permanecían en silencio mirando al frente hasta que apareció frente a ellos, el coronel sublevado Eduardo Losas, jefe de las fuerzas nacionales en el sector de Ciudad Universitaria, ataviado con una chilaba árabe. Muy próximo a él se encontraba José María Pemán y un par de operadores que cámara que estaban dispuestos a filmar aquel histórico y dramático momento. Nadie había avisado a Prada de que se iba a producir aquella grabación que luego sería difundida por el Departamento Nacional de Cinematografía.

Gracias a esa grabación, que está disponible en Youtube y que subimos a este artículo (4′ 53″)podemos hacernos a la idea de cómo transcurrió aquel instante. En este video se puede apreciar brevemente la imagen de Alberto Benéitez, justo detrás de Prada y del teniente coronel García Viñals. Viste uniforme militar y gorra de plato y aparece junto a los hijos del jefe del Ejército del Centro y del quintacolumnista Diego Medina Garijo (con traje de chaqueta y vestido de civil).

En el video se puede ver como Prada y Losas intercambian unas breves palabras para posteriormente saludarse marcialmente, algo que también hacen tanto los miembros del séquito republicano (Benéitez incluido) como los representantes sublevados, aunque hay algunos que realizan el saludo romano, al puro estilo de Falange. Eduardo Prada, recordaba de la siguiente manera cómo transcurrió el acto al que le hemos dedicado varias páginas en nuestro libro, “La guerra encubierta” (Arzalia):

Primeras fuerzas sublevadas entran en Madrid el 28 de marzo de 1939 / BNE

“Se adelantó el coronel Prada y saludó militarmente. Y en posición de firmes dijo: ‘Se presenta el coronel Prada y su Estado Mayor para resignar el mando del Ejército del Centro’. El coronel Losas correspondió el saludo y preguntó: ‘¿Responde usted de que no habrá resistencia por parte de sus fuerzas?’ El coronel Prada le respondió: ‘He sido responsable hasta este momento del mando de mis fuerzas, pero de lo que suceda de ahora en adelante, declino toda responsabilidad. Si bien, estoy seguro de que no habrá la menor resistencia’. Cuando habíamos terminado el acto e íbamos conducidos al Hogar del Soldado como prisioneros, el coronel Losas gritó: ‘Caballeros, Franco, Franco, Franco. Arriba España’. Los oficiales y escolta respondieron con el brazo en alto’.

La versión del coronel franquista Losas es muy parecida a la que sugiere el hijo de Prada. Leamos un fragmento:

“El 28 de marzo amanece espléndido. Parece como si se asociara a la victoria de las armas nacionales. Desde muy primeras horas nuestros soldados, encima de los parapetos de nuestras trincheras, contemplan sin la menor agresión el espectáculo que ofrece Madrid. Es un hervidero de gentes que se ve pulular por todas partes. Muchos y grandes grupos avanzan a nuestras trincheras, sortean alambradas, se acercan y confraternizan con nuestros soldados. A las 13.00h y en las trincheras del Hospital Clínico, hace su presentación ante mi autoridad el Cuartel General del Cuerpo del Ejército Rojo con el teniente coronel de Infantería Adolfo Prada, el capitán de EM, Francisco García Viñals, el capitán de inválidos Francisco Urzáiz, el capitán médico Diego Medina y una escolta de tres guardias civiles y milicianos”.

En el video que filmó José María Pemán de la entrega simbólica de Madrid se observa cómo después de los saludos y la breve conversación entre los coroneles Prada y Losas, los emisarios republicanos abandonan la zona y se internan caminando entre las trincheras nacionales. Siguen a Losas hasta el Hogar del Soldado que el Ejército sublevado había instalado en la facultad de Arquitectura. Allí permanecerían hasta el día siguiente en calidad de detenidos.

Los hechos tras la entrega de Madrid

Alberto Benéitez no ofreció a sus descendientes demasiados detalles sobre lo que vio aquella mañana del 28 de marzo de 1939. Sin embargo, si mencionó un hecho que le tuvo que traumatizar, aunque no hemos encontrado en los archivos ningún dato que corrobore su versión de los hechos. Según el guardia civil, solo unos minutos después de haber entregado Madrid, uno de los efectivos republicanos que había participado en el acto, lanzó un improperio contra una enfermera nacional que pasaba por allí. Acto seguido, al escucharlo, un falangista que se encontraba próximo se acercó a él y le descerrajó un disparo en la cabeza que acabó con su vida.

Declaración jurada de Alberto Benéitez poco después de su entrega / AGHD

Como decimos, no hemos localizado información sobre este hecho en los archivos. Tampoco lo menciona Eduardo Prada que permaneció en aquellas horas junto a su padre y que se limitó a decir, muchos años después, que los republicanos fueron tratados con gran desprecio durante su detención en el Hogar del Soldado, sin recibir alimento hasta el día siguiente. Su versión contrasta con la ofrecida por José María Pemán, testigo quién aseguró haber escuchado a Losas ordenar que sirvieran coñac y café a los detenidos.

A la mañana siguiente (29 de marzo de 1939), Benéitez y el resto de detenidos fueron conducidos primero hasta la sede que había establecido el SIPM (Servicio de Información y Policía Militar) en la calle Núñez de Balboa para prestar declaración. Horas después serían conducidos a la prisión del Duque de Sesto donde nuestro hombre permanecería varios meses antes de que empezara su proceso judicial.

El proceso judicial

Las diligencias judiciales contra Alberto empezarían el 25 de julio de 1939, cuatro meses después del final de la Guerra Civil. El juez instructor solicitó inicialmente numerosos informes de su actuación durante la guerra a diferentes organismos de investigación de la Dirección General de Seguridad, Guardia Civil y la Falange. También se investigaron sus nombramientos dentro del Ejército republicano y aceptaron algunos avales de determinadas personas de su entorno que hablaban claramente de sus actividades entre 1936 y 1939. Entre ellos estaba el de su tío Francisco Artiñano que se mostraba convencido de que su sobrino “no había cometido atropellos”, destacando que Benéitez “hoy está completamente desengañado por haber cometido la estupidez de dejarse llevar por amigos de mala fe”. Obviamente, no estaba desengañado, sino que era una estrategia de su familiar para que el tribunal fuera lo más benévolo posible.

Su hermano Valentín también escribió al tribunal una carta de su puño y letra hablando bien de su hermano. Ese verano se encontraba destinado como capitán de Caballería en Asturias en el 6º tabor de Regulares luchando contra grupos de republicanos que permanecían en el monte y hostigaban a las fuerzas nacionales. En su misiva, afirmaba que Alberto tenía una “gran espiritualidad y grandes sentimientos cristianos”. Añadía que no había sabido nada de él durante la guerra y que le creía “incapaz” de haber cometido atropellos durante los tres años de conflicto. Su carta era realmente importante para el tribunal que iba a juzgar a Alberto ya que se había convertido en un militar importante para el bando franquista, no solo por haber conseguido la Laureada colectiva en Ciudad Universitaria, sino porque había brillado con luz propia en varios combates durante la contienda: fue herido el 12 de marzo de 1938 en Lacera (Zaragoza), participó en la toma de Lérida, en la Batalla del Ebro, ocupó Barcelona en enero de 1939.

Procedimiento jurídico y consejo de guerra contra Alberto Benéitez /AGHD

El teniente coronel de Ingenieros, Fernando San Martín y el periodista Juan Manuel Sainz de los Terreros también avalaron a Alberto ante su consejo de guerra con sendas cartas donde explicaban su comportamiento humanitario en el Madrid republicano.

En noviembre de 1939 se inició el consejo de guerra contra Benéitez que terminaría un mes más tarde. Durante toda la vista, las menciones que se referían a él lo hacían tildándole de “guardia segundo” y no de capitán de la Benemérita. A todos los efectos la justicia franquista no reconocía en absoluto los ascensos que había conseguido durante la contienda. El 5 de diciembre, el presidente del tribunal que le juzgó, Hernández Comez leyó la sentencia que recaía sobre él por su actuación en la Guerra Civil. Le condenaban a 12 años y un día de reclusión mayor por un delito de auxilio a la rebelión, con la inhabilitación absoluta de su cuerpo de origen, la Guardia Civil. Lo cierto es que no cumplió la condena entera, ni siquiera gran parte de ella. Inicialmente su pena fue conmutada a seis años de reclusión, aunque sabemos que a finales de 1941.

La vida en prisión

En total estuvo en prisión cerca de tres años. Primero estuvo encarcelado en Yeserías hasta que fue trasladado a diferentes prisiones militares de la provincia de Guadalajara, sobre todo en Pastrana que es donde estuvo más tiempo. En esa localidad, a pocos metros de la cárcel, se instalaron su mujer Paquita y sus cuatro hijos de entre 10 y 2 años para visitarle con mucha frecuencia. Las condiciones humanitarias de este penal no eran demasiado buenas y un brote de tuberculosis acabó con la vida de muchos de sus compañeros de presidio. Afortunadamente, Alberto ni siquiera cogió la enfermedad. Compartía celda con un italiano, miembro de las Brigadas Internacionales, que padecía algún tipo de desequilibrio mental, pero que le generaba cierta simpatía. Recordaría años después que aquel italiano le recomendaba, como remedio surrealista para no contraer la enfermedad, que chupara la cal de las paredes, cosa que hizo durante meses.

Alberto se hizo querer en la prisión militar de Pastrana. Gran parte de su día se dedicaba a leer y escribir cartas a otros reclusos que eran analfabetos para que pudieran comunicarse con sus familiares. También compartía con ellos su ración semanal de cigarrillos ya que él aborrecía el tabaco desde muy joven. A raíz de todas estas cosas y como gesto de agradecimiento, muchos de los presos, conocedores del arte de la madera, hicieron varios juguetes para los hijos de nuestro protagonista.

Escrito oficial al juzgado del hermano de Alberto Benéitez / AGHD

Por estas fechas se enteró de que el Tribunal para la Represión de la Masonería y el Comunismo había puesto el ojo sobre su familia. El juzgado abrió una investigación para conocer el paradero del padre de Benéitez pues había encontrado su nombre entre los papeles hallados tras el registro de una logia masónica. Los investigadores obviamente, no pudieron localizarle pues llevaba más de quince años muerto. A través de varios documentos masónicos que hemos visto en la BNE hemos podido confirmar el vínculo de Aureliano (padre de Alberto) con la Masonería entre 1909 y 1920.

En 1941 fue trasladado a la prisión central de Guadalajara donde trabajó en tareas de oficina y archivo y donde siguió ayudando a otros reclusos a leer las cartas que les enviaban sus familiares. En noviembre, recibió una notificación en su celda. Gracias a un informe favorable sobre su conducta elaborado por la Guardia Civil y a los trabajos realizados en la cárcel, la justicia autorizada su libertad condicional. Tras reunirse con su mujer e hijos fue obligado a vivir una temporada en Pastrana porque tenía que “fichar” una vez al mes hasta que recibiera la libertad definitiva. A pesar de ser años muy duros y tristes, su vida en esta localidad alcarreña se hizo más llevadera gracias a la ayuda que le brindaron tanto a él como a su familia los vecinos de esta localidad.

La vida en libertad

Tiempo después pudo regresar a Madrid con su familia. Como puede imaginar el lector, Alberto Benéitez Cantero no pudo volver a ponerse el uniforme de Guardia Civil tras recuperar la libertad. Su vida en la posguerra fue complicada y tuvo que dedicarse, inicialmente a descargar sacos de cemento para después incorporarse como “personal civil” a la Intendencia militar. No sabemos con certeza absoluta la relación que mantuvo con Prada en la posguerra, aunque sí hemos podido averiguar que por medio de uno de los hijos del coronel republicano, uno de los descendientes de Alberto pudo trabajar en la empresa PEPSI.

Pese a la derrota en la Guerra Civil, siempre mantuvo sus ideales republicanos, aunque lo hacía con cierto cuidado y prudencia para no perjudicar a su familia. Alguna vez organizaba reuniones en su casa, posiblemente con antiguos camaradas de la guerra, aunque sus hijos nunca supieron realmente quiénes eran aquellos hombres que visitaban a su progenitor y mantenían conversaciones semi clandestinas.

A pesar de estar en las antípodas ideológicas, mantuvo una excelente relación hasta el final con su hermano Valentín que hizo carrera en el Ejército franquista. Ambos habían luchado en la guerra en bandos diferentes, pero se tenían un respeto y un cariño enorme. Los hijos de uno y otro rememoraban las cenas entre hermanos, rodeados de nietos, donde compartían sus recuerdos durante el conflicto fratricida.

Libertad condicional de Alberto Benéitez / Archivo Militar de Guadalajara

Alberto enviudó muy joven ya que Paquita, su mujer, falleció en 1950 en el Hospital Militar de Carabanchel. Él afrontó la soledad haciendo lo que mejor sabía hacer, trabajando para sacar adelante a su familia. Nuestro hombre murió muchos años después, en 1991, a la edad de 84 años en una residencia de Brihuega (Guadalajara), curiosamente a pocos kilómetros de Pastrana, una de las prisiones donde estuvo encerrado durante la guerra.

En 2014, 23 años después de su muerte, los descendientes de Alberto consiguieron a través del Ministerio de Justicia una “reparación formal” por parte del Gobierno de España. El escrito, al que hemos tenido acceso a través de su familia, es en realidad una declaración de reparación y reconocimiento personal por haber quedado acreditado que “padeció las consecuencias de la Guerra Civil, siendo condenado por un delito de auxilio a la rebelión en un consejo de guerra”. El documento se refiere a él como “capitán de la Guardia Civil”.

Agradecimiento

No hubiéramos podido sacar adelante este artículo de no haber sido por los descendientes de Alberto Benéitez Cantero. La pasión de algunos integrantes de su familia por la historia y sus capacidades investigadoras nos han ayudado enormemente a reconstruir esta extensa historia sobre un personaje totalmente desconocido hasta la fecha. Gracias de todo corazón a todos ellos, en especial a Alberto con el que hemos tenido la suerte de departir varias veces y al que le tenemos un cariño especial.

Comentario de los autores de este artículo

Queridos amigos, nos encanta que nuestras investigaciones tengan recorrido fuera de nuestra página web. Es un orgullo que historiadores, periodistas, blogueros y otros usuarios de las redes sociales compartan nuestras investigaciones que, por cierto llevan tras de sí muchos días de trabajo en archivos y hemerotecas, así como el rastreo para localizar a los descendientes de los protagonistas. Por este motivo, exigimos que para poder utilizar este reportaje en sus medios de comunicación, webs o blogs, contacten con nosotros a través del correo electrónico: guerraenmadrid@gmail.com. No tenemos inconveniente en seguir divulgando nuestro trabajo siempre y cuando se cite el origen y se enlace directamente con esta página

Fuentes consultadas

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