La niña que visitaba a José Antonio en la cárcel Modelo de Madrid

Ficha policial de José Antonio Primo de Rivera tras su detención en marzo de 1936 /BNE

El golpe contra el suelo fue muy fuerte. La mujer se había tropezado con una acera en mal estado y se quejaba ligeramente del hombro y la rodilla. Varias personas nos acercamos para conocer su estado y ayudarle en lo que fuera necesario. Con un marcado acento gallego, la mujer nos dejó claro que estaba bien. No se lamentaba. Solo ha sido“chapa y pintura” nos decía con una media sonrisa que se entrelazaba con algunas muecas de dolor. No nos dejó que llamáramos a ninguna ambulancia, ni siquiera a nadie de su familia. Aseguraba estar bien y decía insistentemente que tenía que llegar cuanto antes a la farmacia porque se había quedado sin “sus pastillas”.

María del Rosario, así se llama, me dejó acompañarle a regañadientes a comprar su medicación. Se agarraba con fuerza a mi brazo, mientras caminaba despacio hacia su destino que se encontraba a más de un kilómetro de distancia. Me decía una y otra vez que no se había “roto nada” y que no se podía permitir estar fuera de circulación. A sus 95 años, Ros, como la conoce todo el mundo, cuida de su hermana pequeña con alzhéimer en una vivienda próxima a Plaza de Castilla. A su ritmo, caminamos juntos un buen rato hasta llegar a la farmacia de guardia. Durante el trayecto me habló de su historia, mostrándose ante mí como una mujer totalmente lúcida y sin miedo a hablar de la Guerra Civil y la República.

Tenía seis años en los convulsos meses previos a la sublevación militar de 1936. Pese a ser una niña en aquella época, sus recuerdos son nítidos. Me contó detalles que nunca antes había escuchado de una persona de más de noventa años. En marzo de 1936, la pequeña Ros vivía junto a sus abuelos y sus tías en el barrio de Fuencarral. Sus padres, originarios de Galicia, le habían enviado hasta Madrid, porque no tenían medios para sacarla adelante: el sueldo de chófer de su progenitor era demasiado bajo para alimentar una boca más

Ros fue tratada como una más por su familia de Madrid especialmente por dos de sus tías, Lourdes y Pilar, dos veinteañeras que curiosamente formaban parte de la sección femenina de Falange. Nuestra protagonista, en aquella primavera de 1936, desconocía por completo cuáles eran los postulados falangistas y qué actividades llevaban a cabo por entonces. Sin embargo, sí que recuerda a la perfección que sus tías visitaron varias veces entre marzo y junio de aquel año a José Antonio Primo de Rivera en la cárcel Modelo de Madrid. Como bien sabe el lector, Primo de Rivera fue trasladado hasta allí en marzo de 1936 acusado de “tenencia ilícita de armas” solo unos días antes de la ilegalización de su partido.

Las tías veinteañeras de Ros, al igual que otras mujeres del partido azul, actuaron durante meses como “enlaces directos” de José Antonio. El líder falangista designó a un puñado de mujeres como enlaces entre la Modelo y el exterior porque pasaban mucho más desapercibidas que los hombres a la hora de transmitir mensajes. Así fue como nació Auxilio Azul, el grupo de la Falange Clandestina formado integrante por mujeres que tuvo tanto protagonismo en la Guerra Civil y al que le dedicamos todo un capítulo en nuestro libro, “La Quinta Columna. La guerra clandestina tras las líneas republicanas” (Esfera de los Libros).

Con el fin de pasar desapercibidas, las dos tías de Ros siempre la llevaban consigo cuando visitaban a José Antonio en la cárcel Modelo. De hecho, la “chiquitina”, como era conocida, tenía una “química especial” con el líder falangista que jugaba con ella en el patio de la cárcel e incluso le fabricaba juguetes en sus ratos libres con madera. Esa “química especial” quedó inmortalizada con una fotografía que le hizo un compañero de presidio de José Antonio, una imagen que Ros todavía conserva y que tuvo la amabilidad de mostrarme aquel día, justo después de acompañarle a la farmacia. La tiene guardada en una vieja caja de zapatos donde conserva otras muchas imágenes familiares de la época. Por respeto a nuestra protagonista y con el fin de preservar su intimidad, no consideré oportuno pedirle aquella fotografía para publicarla en este artículo.

La historia de Ros y de las tías falangistas cambió en mayo del 36. Los acontecimientos se iban precipitando y los tambores de guerra sonaban con más fuerza en España. En una de sus visitas a la cárcel Modelo, José Antonio ordenó a las tías que no volvieran a traer a la niña a la prisión porque podía ser “peligroso” para ella. Decía que aquella cárcel había dejado de ser un lugar “amable” y era preferible que la “chiquitina” se quedara en casa, lejos del ambiente prebélico que se respiraba por entonces. Él era consciente, además de que más pronto que tarde sería trasladado a Alicante, por lo que pidió a sus colaboradoras que no volvieran a visitarle y les sugirió que intentaran salir cuanto antes de Madrid antes de que fuera “demasiado tarde”.

Aquel 19 de mayo fue la última vez que Ros vio a José Antonio Primo de Rivera. Unos días después le trasladaron a Alicante donde le sorprendería el inicio de la Guerra Civil y donde sería fusilado unos meses más tarde, el 20 de noviembre. Sus tías, siguiendo la recomendación de su jefe, abandonaron Madrid ese verano y se trasladaron a Galicia unos días antes de que empezara la contienda. Allí permanecieron hasta abril de 1939.

 Nuestra protagonista, sin embargo, vivió todo el conflicto en Madrid junto a sus abuelos y alejada de sus padres. A pesar de ser una niña de seis años, recuerda con detalles milimétricos de aquellos tres años de guerra. Rememora como nadie el “miedo” que pasaba con los bombardeos de la aviación franquista o la decena de registros que sufrió su casa de Fuencarral ya que las Milicias de Vigilancia de Retaguardia (MVR) buscaban incesantemente a sus tías por su pertenencia a Falange. Aquellos registros eran una “agonía” para ella, pero sobre todo para sus abuelos que sabían que varias “camaradas” de sus hijas les habían “dado el paseo”. Por otra investigación que estamos realizando en estos momentos, sabemos que los cadáveres de varias mujeres falangistas de Fuencarral aparecieron en diferentes puntos del pueblo, especialmente en lo que hoy conocemos como la calle Herrera Oria.  

El abuelo de Ros, don Valentín, que era director de una escuela pública de Fuencarral antes de la guerra, estuvo a punto de ser detenido en plena guerra. En una ocasión, abuelo y nieta paseaban por Tetuán de las Victorias cuando fueron identificados por un grupo de milicianos anarquistas armados hasta los dientes. Él se puso nervioso y, por error, dejó caer al suelo una estampita de la Virgen de la Flor de Lis de la que era muy devoto. El jefe miliciano se percató de ello, pero le ordenó que siguiera su camino, susurrándole antes de hacerlo que se deshiciera cuanto antes de la estampita porque, de lo contrario, algún camarada podría “darle matarile”.

Valentín y su nieta Ros tuvieron mucha suerte. Ambos sobrevivieron a la Guerra Civil, sin embargo, no tuvo tanta fortuna su abuela que falleció en 1938, una muerte provocada posiblemente por las malas condiciones de vida que tenían los madrileños por entonces.  Una vez terminada la contienda, nuestra protagonista fue enviada con sus padres a su Galicia natal, aunque por poco tiempo. Su padre se arruinó y toda la familia se trasladó a vivir a Venezuela donde había buenas oportunidades de trabajo. A los cinco años todos regresaron a España, instalándose en Madrid. Aquí echaron raíces.

Ros nunca se casó. Enfermó de tuberculosis siendo una adolescente y aquello le marcó de por vida. Nadie quería “juntarse” con una chica enferma como ella, por lo que se volcó de lleno con su familia. Cuidó primero de sus padres hasta que fallecieron y posteriormente de sus hermanos más pequeños a los que crio como si fuera una madre. Vivió siempre en la zona norte de Madrid hasta que, ya de mayor, tuvo que hacerse cargo de su hermana pequeña -diez años menor- que había enfermado “de la cabeza”. Desde entonces se desvive por ella.

Su caída en una fría acera de Madrid quedó en un susto, pero aquel infortunio me permitió conocer su historia y la de su familia en la Guerra Civil. Es cierto que hemos publicado artículos más apasionantes e investigados en nuestro blog, pero creemos que historias como estas también merecen la pena ser rescatadas de lo más profundo de los recuerdos.

Mensaje de los autores del blog

 La caída de Ros sucedió a primeros de abril de 2025 en una transitada calle de Madrid, situada cerca de Plaza de Castilla. Siempre le estaremos agradecidos por su generosidad.

3 comentarios

  1. Muchísimas gracias por compartir una información tan emotiva.

    Todo mi agradecimiento a la valiente y encomiable labor que realizáis para que la verdad de la historia de España no sea cancelada por el sectarismo de la izquierda y la dictadura de “pensamiento único” que nos desgobierna.

    Los más mayores de este país tenemos la obligación moral de que nuestros jóvenes y las futuras generaciones no conozcan solo una parte de nuestra historia sino que lo conozcan TODO, toda la verdad y los datos objetivos para que se formen su propio criterio sin sectarismos de ningún signo. Ello solo será posible si realmente conseguimos tener libertad de expresión TODOS.

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  2. Muy buena historia, esta vez con final feliz.
    Lo más impresionante es que por llevar una estampa de la Virgen te podían asesinar impunemente. Esto no aparece en la “memoria democrática “
    muchas gracias.
    l

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