
El nombre de Segismundo Casado ha pasado a la historia por el golpe que dio en marzo de 1939 contra Negrín para poner fin a la Guerra Civil. De su actuación, sobre todo en la recta final del conflicto, se han escrito ríos de tinta, sin embargo, creemos que nadie se ha adentrado lo suficiente en su vida familiar. Mientras investigábamos sus lazos familiares, nos encontramos con la historia fascinante de su hermano César y de su sobrino Luis cuyo papel en la contienda hemos conseguido reconstruir gracias a los archivos.
César Casado López, al igual que su hermano Segismundo, había venido al mundo Nava en de la Asunción, un pueblo castellano que se encuentra a unos 40 kilómetros de Segovia. Los dos hermanos siguieron los pasos de su padre e intentaron desde muy jóvenes incorporarse al Ejército. Su progenitor se llamaba Tomás Casado Arribas y, aunque Segismundo en una ocasión dijo que su padre era un campesino analfabeto, la realidad era bien distinta: había sido capitán de Infantería con una importante trayectoria en las guerras de Cuba y Filipinas.
En 1908 César Casado intentó ingresar por primera vez en la Academia de Oficiales de Caballería de Valladolid, pero no superó los exámenes. Poco tiempo después lo intentó sin éxito en la Academia de Artillería, aunque pasados unos meses volvió a intentarlo en Valladolid donde finalmente pudo incorporarse en 1909. En la recta final de sus estudios militares, coincidió con su hermano Segismundo consiguiendo este último ser el número 2 de su promoción.
No vamos a profundizar demasiado en la trayectoria militar de César Casado antes de la Guerra Civil pero conviene mencionar algunos detalles. Uno de sus primeros destinos como teniente segundo tras finalizar sus estudios militares fue el Regimiento de Caballería Lanceros del Príncipe cuya sede se encontraba en Alcalá de Henares. Después se incorporaría en los Cazadores de Alcántara, unidad con la que llegaría al Rif donde estuvo casi tres años hasta que regresó a España para contraer matrimonio en 1917 con su mujer de toda la vida, Asunción de Pablos Pérez, que también era segoviana.

Como casi todos los oficiales de la época, debido a las campañas militares de Marruecos, tuvo que regresar a África varias veces para combatir en diferentes escenarios por lo que fue condecorado. Sabemos que durante estos años fue pasando por diferentes unidades de Caballería como el Regimiento Almansa 13 (ya como capitán), la Reina 2 o Pavía 20. Encontrándose en la plana mayor de este último regimiento con sede en Madrid, el 14 de abril de 1931 se enteró de la proclamación de la II República. Como el resto de oficiales, juró lealtad al nuevo régimen como también sucedió con su hermano Segismundo que más adelante, incluso se incorporaría a la escolta presidencial.
En los meses previos al estallido de la Guerra Civil, César Casado López, ya comandante, ocupaba un puesto de responsabilidad en el Depósito Central de Remonta que estaba situado por entonces en la barriada obrera de Tetuán de las Victorias. Una barriada que en esa época no pertenecía a Madrid, sino a la localidad de Chamartín de la Rosa. Este depósito se había construido en 1920 en la finca de los Castillejos, un lugar que con los años terminaría desapareciendo para levantarse allí la actual plaza de la Remonta.
El nuevo destino de Casado tenía fama de monárquico y antirrepublicano. De hecho, un antiguo jefe de este regimiento, Bonifacio Martínez Baños, había participado en 1932 en la Sanjurjada, el golpe que lideró el general Sanjurjo contra la República. La idea de este teniente coronel era liderar la revuelta militar en Madrid desde la Remonta para acabar con el régimen republicano, aunque su acción no tuvo éxito y terminó detenido. Falleció dos años después en una cárcel de Cádiz de un ataque al corazón.
Lo cierto es que César Casado no estaba todavía destinado en el cuartel de Tetuán cuando se produjo la Sanjurjada: llegó a finales de 1935 y allí permaneció hasta el inicio de la Guerra Civil. Dos meses antes de la sublevación militar, tuvieron lugar en el Depósito Central de Remonta unos sucesos que marcarían la historia de nuestro protagonista durante gran parte de la contienda. Aquellos hechos estuvieron ligados directamente con unos incidentes producidos en Alcalá de Henares, una población que nuestro hombre conocía muy bien pues había estado destinado en el pasado.

A mediados de mayo, efectivos de los regimientos de Caballería de Calatrava (1 y 2) y Villarrobledo, ambos con sede en Alcalá de Henares, reprimieron con dureza una serie de revueltas populares en esta población. Manuel Azaña, originario de Alcalá que acababa de ser nombrado presidente de la República, influyó en Casares Quiroga (presidente del Gobierno) para que tomara una decisión no exenta de polémica: el trasladado de esos regimientos a Palencia y Salamanca respectivamente. Esas tres unidades abandonarían la guarnición de Alcalá y serían sustituidas por el Batallón de Infantería Ciclista y el 7º Batallón de Zapadores-Minadores, ambas recientemente creadas y, por lo tanto, con cierta lealtad republicana.
Esta decisión sentó como un jarro de agua fría dentro del Cuerpo de Caballería. Algunos de los oficiales implicados se negaron a acatar la orden de traslado argumentando que era una decisión precipitada pues sus familias no estaban preparadas para un cambio de destino. En el Depósito Central de Remonta de Madrid, donde estaba destinado César Casado, la mayoría de jefes y oficiales se solidarizaron con sus compañeros de Alcalá. Entre ellos se encontraba nuestro protagonista que, junto al teniente coronel Manuel Espiau (jefe del depósito por entonces) y otros oficiales, firmaron un manifiesto de apoyo a sus compañeros de Alcalá. Esto provocó que el Gobierno de la República abriera un expediente disciplinario contra todos ellos, algunos de los cuales, entre ellos Espiau, fueron asesinados al empezar la guerra.
Como consecuencia de este apoyo, el teniente coronel Espiau fue relevado de su cargo. Se hizo cargo del regimiento, primero el comandante Muñiz y después el teniente coronel Rafael Domínguez Sánchez, ambos con fama de izquierdistas. César Casado, al igual que casi todos los oficiales, se negó a acatar el nombramiento de Muñiz lo que provocó un cisma dentro del depósito y la apertura de un nuevo expediente disciplinario. Paralelamente, su hermano Segismundo se encontraba destinado en la escolta presidencial del presidente de la República, Manuel Azaña. Desconocemos cuál fue la actitud de Segismundo tras los hechos de Alcalá de Henares, pero no hay duda de que siguió siendo leal al político de Alcalá de Henares.
Según varios documentos a los que hemos tenido acceso en los archivos militares, César Casado no coqueteó con la política en los meses previos al estallido de la Guerra Civil. A diferencia de otros oficiales, que estuvieron directamente implicados en el golpe, él no estaba afiliado ni a la Falange ni a ninguna otra organización política. Algunos informes realizados en la posguerra sobre él, decían que pertenecía a una familia “conservadora y religiosa” y que tan solo era miembro de la “asociación católica de padres de familia”. Como puede imaginar el lector, nuestro hombre no estaba al corriente de la sublevación militar que se preparaba el 17 de julio de 1936. De hecho, no estaba en contacto con los enlaces de Falange que existían en el Depósito Central de Remonta que sí estaban al corriente del alzamiento.
César Casado relató en la declaración jurada que hizo tras la guerra cómo vivió los primeros momentos de la sublevación militar. Dijo que el 17 de julio de 1936 recibió la orden de acuartelamiento sin saber con exactitud lo que estaba sucediendo. Su jefe, el teniente coronel Domínguez, le comunicó con cierto desprecio que se habían sublevado las guarniciones de Marruecos. Nuestro protagonista era de los pocos oficiales del Depósito Central que se encontraban en Madrid aquel verano ya que la mayoría se encontraba de permiso lejos de la capital.

La noche del 17 de julio, cientos de vecinos de Tetuán de las Victorias empezaron a rodear el cuartel de la Remonta. Algunos de ellos iban armados con fusiles y armas blancas ya que tenían el convencimiento de que los militares del depósito se habían sublevado en armas contra la República como había sucedido con los cuarteles de la Montaña y Campamento. El teniente coronel Domínguez y su segundo, el comandante Muñiz, se entrevistaron entonces con los dirigentes de la Casa del Pueblo para dejarles bien claro que nadie de la Remonta se iba a enfrentar con el pueblo. De hecho, los dos jefes del depósito ordenaron a sus subordinados que retiraran de la entrada del cuartel las dos ametralladoras que se habían situado como medida disuasoria. Sabedores de que algunos de sus oficiales podían ser adictos al alzamiento, también sacaron del acuartelamiento todas las bombas de mano disponibles, así como numerosas cajas de munición.
Durante varios días, César Casado y el resto de oficiales no pudieron salir de la Remonta por orden de la “superioridad”. A él en concreto le ordenaron crear un escuadrón de caballería que fuera a la sierra de Madrid a combatir a los alzados, a lo que se negó rotundamente argumentando que no iba a acatar órdenes verbales. En su lugar enviaron al teniente Sánchez Mesa que, una vez en El Escorial, decidió esconderse en su domicilio familiar porque no quería enfrentarse a los sublevados.
Durante el tiempo que permaneció en el cuartel en julio, Casado evitó firmar los libros de contabilidad “siendo nula mi presencia” en la Remonta. Solo pudo ir en una ocasión a su vivienda para reunirse con los suyos permaneciendo “en mi casa breves instantes” y volviendo al cuartel después acompañado por unos milicianos. Según su declaración, durante los días que estuvo en el cuartel solo se dedicaba a realizar acciones de obstrucción como evitar el envío de caballos a los frentes o extraviar los expedientes de presentación de los soldados que se encontraban de permiso, “imposibilitando la organización de unidades de caballería”. Debido a esto, el teniente coronel Domínguez le amenazó con entregarle a los milicianos porque solo me dedicaba a “entorpecer sus órdenes y hacer campaña contra lo que él llamaba como el Gobierno Legítimo de la República”.
Nuestro protagonista se pasó todo el verano de 1936 en la Remonta realizando tareas burocráticas y administrativas. Sin embargo, en este tiempo pudo salvar la vida a un comandante de Caballería y a un capitán veterinario al que unos milicianos estuvieron a punto de llevárselos a la carretera de Extremadura para asesinarlos. Se trataban del comandante de Caballería Alfonso Pérez Jaime y de José Hernández Durán: gracias a Casado, los milicianos desistieron de su actitud y fueron llevados a la Dirección General de Seguridad por miembros de la Guardia de Asalto.

El 14 de septiembre se presentó en la Remonta un grupo de agentes de la Brigada de Investigación Criminal que, vestidos de paisano y tras bajarse de dos vehículos, preguntaron por el “fascista Casado” al cuerpo de guardia del cuartel. Los soldados que custodiaban el depósito le fueron a buscar inmediatamente al cuarto de banderas y éste, sin oponer resistencia, se entregó a los policías. Los agentes estaban al corriente de los expedientes sancionadores que había contra él por los sucesos de Alcalá de Henares y por haberse negado a reconocer a un mando de su unidad. Tenían órdenes precisas de detenerle esa misma mañana para conducirle a la Dirección General de Seguridad.
César Casado respiró al hablar con los agentes. Aquellos hombres eran policías profesionales y no miembros de las Milicias de Vigilancia de Retaguardia que podían haberle llevado a cualquier punto de Madrid para darle el paseo. Pero no fue así. Le llevaron a la Dirección General de Seguridad donde prestó declaración. En el Archivo General e Histórico de la Defensa hemos localizado un documento muy interesante que habla de este asunto. Se trata de un escrito del Gabinete de Información y Control del Ministerio de la Defensa Nacional del Ejecutivo Republicano que recoge sus “antecedentes desfavorables” que motivaron su detención a mediados de septiembre:
“Se trata de un comandante de caballería al que el gabinete le califica como desafecto por unanimidad absoluta. Se conoce directamente que la actuación de este jefe es marcadamente reaccionaria. Estaba incurso en un expediente no concluso por haberse solidarizado con los sublevados de Alcalá de Henares con motivo del traslado de estos regimientos. Tras el movimiento fascista, se han acercado hasta aquí elementos de izquierda para quejarse de la actuación sospechosa y confusa de este jefe en su destino y en sus manifestaciones. Pueden tenerlas en la barriada de Tetuán de las Victorias donde todos los elementos de izquierdas que le conocen le tildan de elemento fascista. Obtuvo el destino en Remonta siendo Gil Robles ministro de Defensa. Los agentes de investigación criminal que le detienen le califican como indeseable políticamente y figura como monárquico”.

Tras prestar declaración en la Dirección General de Seguridad, finalmente fue conducido a la cárcel Modelo donde permaneció dos meses bajo la acusación de “desafecto”. Mientras estaba allí, varios cargos del Ministerio de la Guerra le visitaron para proponerle que se incorporara a una brigada de caballería. Incluso le sugirieron que se hiciera cargo de la escuela de equitación del Ejército o que le nombraran inspector general de Combustible del Ejército del Centro. Según explicó tras la Guerra Civil a las autoridades franquistas, se negó por “mi repugnancia hacia todo lo que tuviera que ver con los rojos”.
Coincidiendo en el tiempo con su cautiverio en la cárcel Modelo, César Casado se enteró de que uno de sus hijos también había sido detenido. Se llamaba Luis Casado de Pablos, tenía 17 años y estaba a punto de empezar la universidad para cursar la carrera de ingeniero. El inicio de la Guerra Civil trastocó sus planes universitarios y, el chico,a pesar de no estar afiliado a ningún partido político, fue arrestado por simpatizar con Falange. Según relató el propio Luis a sus familiares más próximos años después, fue condenado a muerte en tres ocasiones durante la guerra, consiguiendo eludir el pelotón de fusilamiento en todas ellas, posiblemente por la mediación de su tío Segismundo Casado.
Mientras César Casado estaba en la Modelo, se libró de las sacas de Paracuellos y, cuando las tropas de Franco se acercaban a la prisión, fue evacuado, primero a la cárcel Porlier y luego a San Antón. A diferencia de su hijo, nunca llegó a ser juzgado por desafecto a pesar de que podían existir pruebas concluyentes contra él. El 1 de diciembre fue llevado a la Dirección General de Seguridad donde, tras prestar declaración, decretaron su puesta en libertad en arresto domiciliario en su vivienda de la calle Santa Engracia 47. Estamos convencidos de la influencia de su hermano Segismundo en la toma de esta decisión. Por entonces, éste era teniente coronel de Estado Mayor, se encontraba destinado en el Ministerio de la Guerra y, tras dejar la escolta de Azaña, ocupaba un cargo de responsabilidad en Madrid en la organización de las primeras Brigadas Mixtas.
Lo cierto es que César Casado pasó tres meses encerrado en su habitación con una vigilancia permanente en su mismo dormitorio de un agente de policía cuyo objetivo era controlar todos sus movimientos o bien garantizar su seguridad. Por esas fechas, ser militar desafecto en Madrid podía ser muy peligroso. En febrero de 1937, las vigilancias se empezaron a realizar en los exteriores de su piso y a partir de mayo quedó definitivamente en libertad, por lo que pasó a “disponible gubernativo” para el Ministerio de la Guerra. Estamos convencidos de que este cambio de situación se debió a la importancia que empezaba a tener su hermano dentro del Ejército republicano: en la primavera de 1937, Segismundo llegó a dirigir los Cuerpos del Ejército XCIII y XXI.

A efectos militares, por esas fechas, César Casado dejó de ser comandante para ser nombrado mayor, un empleo creado por el Gobierno de la República que sustituía el rango tradicional de comandante que provocaba cierto recelo en el pueblo por sus implicaciones antes de la Guerra Civil. Existen varios boletines en la Biblioteca Virtual de la Defensa donde se hace mención a la situación de “disponible gubernativo” del mayor César Casado hasta que en julio de 1938 pasó a disposición del subsecretario del Ejército con residencia en Madrid.
En su declaración jurada tras la contienda, Casado temió ser destinado fuera de Madrid y enviado a los diferentes teatros de operaciones que en aquella época tenía el bando republicano, especialmente en el Ebro. Consiguió mantenerse al margen sin “prestar servicio alguno” gracias al doctor personal de su hermano Segismundo, el capitán médico Diego Medina Garijo que le entregó varios certificados donde confirmaban su enfermedad y sugiriendo que permaneciera en reposo.
En este blog hemos escrito varios artículos sobre Diego Medina Garijo cuya figura fue clave en los últimos días de la Guerra Civil, especialmente en las negociaciones secretas entre el coronel Segismundo Casado y el SIPM (Servicio de Información y Policía Militar) de los sublevados. Medina Garijo, que trabajaba como agente del SIPM dentro de la Quinta Columna madrileña, actuó como enlace en estas conversaciones, teniendo un papel destacadísimo. A él le hemos dedicado varios artículos en nuestro blog que podéis leer a través de estos enlaces: enlace 1 y enlace 2. En nuestros dos libros también profundizamos sobre su historia en la Guerra Civil: La Quinta Columna. La guerra clandestina tras las líneas republicanas (Esfera, 2019) y La guerra encubierta. Operaciones secretas, espías y evadidos en la Guerra Civil (Arzalia, 2024).
En este punto convendría hacernos una pregunta. Por esas fechas, ¿César Casado estaba al corriente del vínculo de su médico con los servicios secretos de Franco? No podemos confirmarlo al cien por cien, pero creemos que algo tuvo que saber. Los informes que hacía este doctor para evitar que fuera enviado al frente eran de lo más contundentes. Leamos dos de ellos a modo de ejemplo:
“El mayor médico del Cuerpo de Sanidad Militar, domiciliado en la calle General Arrando 42, Diego Medina Garijo, certifica que el mayor de Caballería, César Casado López, a quien asistió en su domicilio de la calle Santa Engracia 47, entresuelo izquierdo, padece una congestión activa del vértice del pulmón izquierdo que le retiene en cama y le invalida para el servicio activo. 1 de julio de 1938”.
“El mayor César Casado López, a quien asisto en su domicilio de la calle Zurbarán 20, 1º derecha, sufre una congestión activa del vértice pulmonar izquierdo que le retiene en cama y le invalida para el ejercicio activo. Firmado el mayor médico, Diego Medina Garijo. 1 de septiembre de 1938”.

Como consecuencia de estos dos certificados, un tribunal militar médico le concedió dos meses de licencia por enfermo, que luego se prorrogaron en otros dos. Medina Garijo hizo gestiones en la sombra con el presidente del Tribunal Médico Militar Permanente de Madrid, el comandante José Valdés Lambea, para que nadie pusiera problemas a estos trámites. Se da la circunstancia de que Valdés Lambea también trabajaba para la Quinta Columna como demostramos en su día en nuestros libros de investigación.
En la declaración jurada que hizo César Casado tras la guerra ante los vencedores, explicó que no había podido evadirse de Madrid y pasar a zona nacional porque estuvo en todo momento “vigilado, además de otros motivos de carácter reservado”. También explicó que mantuvo contactos clandestinos con unos emisarios de la Falange Clandestina “al servicio de los nacionales” de los que no quiso dar explicaciones por considerarlos de carácter secreto. Estas manifestaciones vienen a decir que, de alguna manera, nuestro protagonista colaboraba con los nacionales en la recta final del conflicto.
Hemos descubierto la identidad de los dos emisarios de la Falange Clandestina que se reunieron varias veces con César Casado. El primero era el ingeniero agrónomo Eduardo Rodrigáñez Serrano, persona muy vinculada a Valdés Larragaña, jefe de la Falange Clandestina, que había estado refugiado en una embajada durante gran parte de la guerra y que había salido a la calle tras la Batalla del Ebro. Se trata de una persona algo conocida en los círculos sociales de Madrid ya que era cuñado del conde de Mayalde. Además, en 1932 había participado en la comisión que redactó las bases jurídicas y económicas de la Reforma Agraria. A Rodrigáñez le conocemos muy bien porque hemos estudiado su trayectoria como quintacolumnista en nuestros dos libros “La guerra encubierta” (Arzalia, 2024) y “La Quinta Columna” (Esfera, 2019). Pertenecía a la organización clandestina dirigida por el catedrático de Derecho Antonio Luna en la que también colaboraba Diego Medina Garijo, el médico militar, amigo personal de Segismundo, que ayudó a nuestro protagonista a eludir destinos dentro del Ejército republicano por supuestos problemas de salud. La organización en la que militaba Rodrigáñez tendría un papel fundamental en la recta final de la guerra, sobre todo por la influencia que tuvieron sus agentes en conseguir que Segismundo Casado diera su golpe contra Negrín en marzo de 1939, con el apoyo del socialista Julián Besteiro al que también se habían aproximado.
El otro emisario que se reunió con César Casado ese mes de noviembre de 1938 se llamaba León Sanz Cano, era comandante de Caballería y amigo personal tanto suyo como de Segismundo. Había participado en la sublevación de la Escuela de Equitación de Campamento en julio de 1936 y, tras pasar por varias cárceles de Madrid y eludir el paseo, finalmente obtuvo la libertad condicional. Desde entonces había empezado a trabajar de manera clandestina para la inteligencia franquista a través del SIE (Servicio de Información Exterior).
Según documentos de los servicios de información nacionales, custodiados en el Archivo Militar de Ávila, entre el 19 y el 20 de noviembre de 1938 se produjo ese un acercamiento al hermano del coronel Segismundo Casado. Los agentes mencionados con antelación) se reunieron con nuestro protagonista en su casa de la calle Zurbano para averiguar si el coronel Casado se prestaría a colaborar con los alzados y comprobar la postura del coronel en caso de que Madrid quedara aislado del resto del territorio republicano”. Por cierto, no sabemos los motivos por los que César Casado dejó de residir en esta época en su vivienda habitual de la calle Santa Engracia para instalarse en Zurbano.

Las conversaciones con César se cortaron en seco solo unos días después de esta primera toma de contacto por la “vigilancia estrecha” del espionaje republicano (a través del SIM) al entorno familiar del coronel Casado. Como consecuencia de esta vigilancia, los dos emisarios tuvieron que evadirse de Madrid urgentemente apoyados por una embajada extranjera cuya bandera no hemos podido confirmar. Pese a la marcha de Rodrigáñez y Sanz a la otra zona, otros agentes del espionaje nacional siguieron acercándose a nuestro protagonista, sabedores de su simpatía hacia los sublevados.
Mientras esto sucedía, el hijo de nuestro protagonista, Luis Casado de Pablos, consiguió escapar de la cárcel donde estaba preso y reinsertarse en la vida de Madrid. Con el fin de proteger su vida, su tío Segismundo decidió llevárselo consigo al Ejército del Centro -donde era jefe- y entregarle un uniforme de sargento para que pasara desapercibido. Los descendientes de los Casado recuerdan cómo Luis se dejaba ver en su barrio con el uniforme de suboficial del Ejército republicano, acompañado por una pistola de gran calibre. Una vez terminada la guerra, los mismos vecinos que le habían visto lucir el “uniforme rojo”, se quedaron estupefactos al verle llevar el uniforme de piloto de la Aviación Nacional.
Consciente de que su hijo estaba destinado en el cuartel general del Ejército del Centro y que podía tener acceso a información muy relevante, César Casado quiso reunirse con sus nuevos interlocutores del espionaje franquista. En diciembre de 1938, mantuvo un discreto encuentro con Enrique Galván García, comandante de Carabineros y jefe del Grupo de Información Militar Nacional de Vanguardia, destacado “en zona roja”. Según explicaría Galván tras la contienda, nuestro hombre “estuvo en contacto constante con este servicio de información y me propuso a su hijo como agente de información que ingresó en este servicio facilitando datos de valor”.
Creemos que la información que facilitó Luis Casado de Pablos a los franquistas tuvo que ser de gran valor ya que varios quintacolumnistas hacen mención a ella en los informes secretos que sus organizaciones remitían desde Madrid a Burgos. Así, por ejemplo, el comandante Galván aseguraba que Luis entró una “copiosa información y la situación detallada de todas las fuerzas rojas en Madrid y sus movimientos. Con exposición de su vida, nos proporcionó la estructura del Ejército rojo en diciembre de 1938 con detalles complementarios de situación por coordenadas de fuerzas, puestos de mando y personal completo”. A sus 19 años, el chico demostró una sangre fría enorme al obtener todos estos datos y facilitárselos a los espías sublevados que en aquella época se empezaban a mover por Madrid como peces en el agua.
También emitieron informes elogiando la actuación de Luis Casado otros personajes destacados del quintacolumnismo madrileño como Ramón Arnal Moreno, teniente en un batallón de transmisiones del Ejército del Centro, aunque en realidad era jefe del Grupo Galicia, organización dependiente del Servicio de Información Exterior de los alzados. Arnal, que en la posguerra fue un destacado técnico cinematográfico y de radio, aseguraría que el chico estaba prestando servicios de gran valor dentro de su grupo.
Las organizaciones de la Quinta Columna con las que se relacionaba Luis enlazaban directamente con el puesto de mando del SIPM nacional pertenecientes al Sector C-2 situado en Sepúlveda cuyo jefe era el comandante Justo Jiménez Ortoneda. Este mando del SIPM, una vez terminada la guerra apoyaría tanto a Luis como a su padre en los diferentes procesos de depuración a los que fueron sometidos por el nuevo régimen.
César Casado estaba al corriente y apoyaba a su hijo en sus tareas informativas, pero ¿su tío Segismundo también lo sabía? Por desgracia no tenemos respuesta para esta pregunta, pero no lo descartamos ni mucho menos. Está confirmado por muchísimas fuentes documentales que, a primeros de 1939, los servicios de inteligencia de Franco ya estaban en contacto con el coronel a través de dos espías de primer nivel como eran el doctor Medina Garijo (su médico personal) y el teniente coronel Centaño de la Paz, otro cargo relevante del Ejército del Centro. Por este motivo no descartamos que supiera de las andanzas de su sobrino al que había “enchufado” como sargento dentro de su cuartel general.

No tenemos muy claro cuál fue el papel del hermano de Segismundo Casado durante los últimos tres meses de guerra. Creemos que estaría más tranquilo que meses atrás por la importancia que tenía su hermano en Madrid, no solo por ser jefe del Ejército del Centro, sino por su buena relación con el gobernador civil, Gómez Osorio y con el alcalde, Rafael Henche. A efectos oficiales y, debido a su supuesta enfermedad pulmonar, la situación de César era la de “reemplazo por enfermo” por lo que no trabajó “ni un solo día” para el Ejército de la República. Varios testigos confirmaron que en su vivienda de Madrid celebraba reuniones con personas de derechas como aseguraba el coronel de Artillería Tomás González Martínez al que había conocido en la prisión de San Antón. Merece la pena leer sus palabras:
“El comandante César Casado es miembro de una familia honorable, fervorosamente católica. Coincidí con él en las prisiones Modelo y San Antón. Tras salir de ellas me enteré de que estaba enfermo y con este motivo le visité con frecuencia. En su casa nos reuníamos sus familiares y algunos amigos, todos afectos al movimiento nacional. En ella, don César rechazaba siempre a los rojos. Siempre rechazó el ofrecimiento que le hacían de incorporarse al Ejército republicano alegando enfermedad. Una enfermedad de la que se recuperó el 28 de marzo de 1939, el mismo día que nuestras tropas entraban en Madrid. Tanto él como sus hijos estaban en contacto con elementos falangistas”.
Ya en febrero de 1939, las conversaciones entre Segismundo Casado y los emisarios nacionales eran casi diarias para liquidar la Guerra Civil. Con el fin de comprobar la importancia que tenían esos agentes antes de poner en marcha el golpe contra Negrín, el jefe del Ejército del Centro pidió a los dos espías franquistas una señal de confianza. Antes de acometer nuevas acciones, quería que le entregaran una carta escrita de puño y letra del teniente coronel de Caballería, Fernando Barrón que estaba luchando con los sublevados y era íntimo amigo suyo. La respuesta tardaría poco en llegar: Segismundo tuvo en sus manos la misiva de su amigo desde la otra zona invitándole a que colaborase al máximo en ese tramo final del conflicto.
Los agentes franquistas que negociaban el final de la guerra pusieron sobre la mesa a Segismundo Casado una serie de exigencias para proseguir con las negociaciones. Una de ellas pedía la “libertad para todos los presos de Madrid” y la permanencia en la capital de su hermano César en “calidad de rehén”. La inteligencia franquista buscaba presionar así con algo de índole personal al jefe del Ejército del Centro del que no se fiaba el coronel Ungría, máximo responsable de la inteligencia sublevada. A Casado no le dio tiempo a tomar decisiones ya que los acontecimientos se aceleraron. Días después de tratar estas exigencias se produjo la famosa reunión de los Llanos, posteriormente el Gobierno republicano trató de relevar a Segismundo al frente del Ejército del Centro y, finalmente, en marzo de 1939, estalló el golpe contra Negrín en marzo de 1939.
César Casado se mantuvo en un segundo plano durante todo el mes de marzo hasta que terminó la Guerra Civil. No tenemos constancia de que participara directamente en el golpe de su hermano contra Negrín, pero tampoco lo descartamos por su recelo hacia el comunismo. En su declaración jurada tras la Guerra Civil no hace mención a que participara en los combates entre casadistas y comunistas, tan solo comenta que “se presentó” a las “autoridades nacionales” cuando estas entraron en Madrid. Unas horas antes, su hermano Segismundo había salido de la capital para desplazarse al levante español para iniciar desde allí su exilio al extranjero.
Aunque se presentó a las tropas que entraban en Madrid el 28 o el 29 de marzo de 1939, la primera declaración oficial que realizó César Casado ante el nuevo régimen fue el 7 de abril a las 19.00h. En ella relató su actuación en la Remonta tras producirse el alzamiento, su encarcelamiento en el “Madrid rojo” y su colaboración con el espionaje franquista.
Sabemos que en la posguerra nuestro protagonista fue sometido a un proceso de depuración como le sucedía a todos los oficiales que habían permanecido en zona republicana durante la guerra. Un proceso que trataba de verificar su lealtad o no al “glorioso movimiento nacional” en base al estudio de sus actuaciones entre 1936 y 1939. El fiscal que llevó su caso le acusó de “prestar adhesión y acatamiento a la normativa del régimen rojo, sirviendo a sus órdenes y actuando en el cometido de servicios burocráticos, aunque sin ascensos”. Durante el juicio, el fiscal pidió que se le condenara por un delito de “negligencia por no prestar colaboración mientras estuvo en Madrid a la causa de la verdadera España”.
Antes de que se celebrara su consejo de guerra, el tribunal decidió que César Casado no esperara la sentencia del tribunal en una prisión militar, sino en su vivienda de la calle Santa Engracia por decretarse una prisión atenuada contra él. Finalmente, el juicio se celebró el 27 de noviembre de 1939 y tuvo lugar en Guadalajara bajo la presidencia del general de División, Virgilio Cabanellas Ferrer. La sentencia del tribunal tardó poco en llegar. El consejo de guerra absolvía libremente al procesado ya que no se encontraron delitos en todas sus actuaciones en “zona roja”.
Tras su absolución, nuestro hombre intentó recuperar su trayectoria militar ahora dentro del Ejército de los vencedores. En 1940 fue ascendido al empleo de teniente coronel según consta en el Boletín de Defensa publicado en el mes de diciembre, sin embargo, no pudo disfrutar del ascenso ya que falleció por enfermedad poco tiempo después. No había cumplido los 55 años. No pudo despedirse de su hermano Segismundo que permanecía en Londres exiliado sin posibilidades todavía de regresar a España. Su mujer, Asunción de Pablos, siguió viviendo en su casa de siempre en la calle Santa Engracia hasta que sus hijos, poco a poco, se fueron independizando. Ella fallecería bien entrada la década de los sesenta.
Su hijo, Luis Casado de Pablos, hizo carrera en el Ejército obligado por las circunstancias ya que era la única vía que tenía de cursar ingeniería aeronáutica. Llegó a ser comandante y pasó gran parte de su vida trabajando en el INTA (Instituto Nacional de Tecnología Aeroespacial). En 1953, cuando era teniente auxiliar, fue invitado por le Gobierno francés junto a al piloto Demetrio Zorita y otro aviador más a participar en un curso experimental de aviones de reacción. El Ejecutivo español les designó a los tres para que asistieran a la escuela de pilotos de pruebas de Brétigny-sur Orge donde Zorita rompió la barrera del sonido.
Según relatan sus familiares, a Luis de Pablos no le gustaba hablar demasiado de la Guerra Civil con sus descendientes más próximos. Esporádicamente recordaba alguna historia, pero prefería pasar página por las penalidades que sufrió en el Madrid republicano. Sin embargo, él fue de los pocos que recibió a su tío Segismundo Casado cuando regresó a España en 1961, después de jubilarse en Venezuela como empresario de Nestlé. Veintidós años después, Franco autorizó su regreso, aunque exigió que fuera juzgado al igual que había pasado con el resto de oficiales del Ejército republicano. Luis apoyó a su tío durante el juicio en el que Segismundo terminaría siendo absuelto, sin embargo, nunca pudo volver a ponerse el uniforme militar ni recibió ninguna pensión del Ministerio de Defensa.
Luis de Pablos cuidó de su tío Segismundo durante sus últimos siete años de vida. El coronel republicano le dedicó de su puño y letra el libro que escribió sobre su participación en la Guerra Civil, “Así cayó Madrid”, una obra que sus descendientes guardan con muchísimo cariño. Solía visitarle todos los domingos en su casa de Cea Bermúdez donde creemos que quizás recordarían sus avatares en la Guerra Civil. En 1968, cuando el coronel sufrió un terrible infarto, pidió a los sanitarios que le atendían que llamaran inmediatamente a su sobrino Luis porque quería hablar con él urgentemente. Éste se encontraba trabajando cuando recibió la llamada y, aunque se dio muchísima prisa, cuando llegó al hospital su tío “Segis” ya había fallecido. Nunca pudo saber qué es lo que le quería contar el hombre que provocó el final de la Guerra Civil.
Comentario de los autores
Queridos amigos, nos encanta que nuestras investigaciones tengan recorrido fuera de nuestra página web. Es un orgullo que historiadores, periodistas, blogueros y otros usuarios de las redes sociales compartan nuestras investigaciones que, por cierto, llevan tras de sí muchos días de trabajo en archivos y hemerotecas, así como el rastreo para localizar a los descendientes de los protagonistas. Por este motivo, exigimos que, para poder utilizar este reportaje en sus medios de comunicación, webs o blogs, contacten con nosotros a través del correo electrónico: guerraenmadrid@gmail.com. No tenemos inconveniente en seguir divulgando nuestro trabajo siempre y cuando se cite el origen y se enlace directamente con esta página. Muchas gracias. Nos leemos.
Fuentes consultadas
- AGHD. Caja 7827. Legajo 6981. Sumario 1215. Consejo de Guerra y expediente de depuración de Luis Casado de Pablos.
- AGHD. Sumario 20, caja 671/9. Expediente militar y consejo de guerra contra Antonio Garijo Hernández.
- CDMH. FC-CAUSA_GENERAL,1518, Expediente 14. Expediente en la Causa General sobre el Depósito General de la Remonta al inicio de la Guerra Civil.
- AGMAV, C.2485. Memoria escrita por el agente del SIPM Julio Palacios tras la Guerra Civil.
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- Hemeroteca Nacional. Anuario Militar de España. 1913, 1914, 1915, 1917, 1918, 1921, 1922, 1923, 1929, 1931
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