El enemigo público número uno de la República en Madrid

Rodríguez Aguado con 22 años (imagen cedida por su sobrino, coronel Solans)

Fue considerado durante meses el enemigo público número uno en el Madrid republicano. Su nombre era Antonio Rodríguez Aguado, era teniente de Intendencia antes de empezar la Guerra Civil y se convirtió durante el conflicto en uno de los agentes de la Quinta Columna más brillantes de la capital. Con una inteligencia y arrojo fuera de lo común, este militar se convirtió en todo un referente del espionaje sublevado, aunque su historia pasó al olvido con el paso de los años. En nuestro libro ‘La Quinta Columna’ (Esfera de los Libros) analizamos pormenorizadamente su actuación y la de sus compañeros que se convirtieron en un gran quebradero de cabeza para el bando gubernamental. Hoy en www.guerraenmadrid.net resumimos su historia, que también podéis escuchar en este enlace y en nuestros canales de IVOOX, SPOTIFY y Youtube.

Antonio Rodríguez Aguado tenía 31 años cuando estalló la Guerra Civil. Había nacido en Burgos, pero su infancia la había pasado en diferentes puntos de España debido a la profesión de su padre, el teniente coronel José Rodríguez Hernández. Siguiendo sus pasos, en 1923 ingresó en la Academia de Intendencia de Ávila de donde salió como alférez en 1927 habiendo superado con éxito su formación castrense. Durante estos años de academia se enamoró de la que luego fue su mujer, Teresa González Albertos que residía en la calle Vallespín, un lugar muy céntrico situado a poquísimos metros de su centro de estudios.

Con ella se casó en la iglesia de Santa Teresa de Jesús de Ávila el 27 de marzo de 1931, solo unos días antes de que se proclamara la II República. Fue un enlace muy mediático que causó una gran expectación en la ciudad pues la familia González Albertos esta era muy conocida en la sociedad abulense. Tras celebrar el convite en el hotel Jardín, los recién casados se marcharon de viaje de novios al extranjero, aunque por poco tiempo, ya que Antonio tuvo que incorporarse a su destino. Por entonces era teniente de la Intendencia Militar de Sevilla y estaba al frente del Depósito de Cría y Doma de caballos militares en Écija.

En el Gobierno Militar de Sevilla tuvo que prestar promesa de “adhesión y fidelidad a la República” con fecha del 25 de abril de 1931. Sin embargo, allí estuvo poco tiempo ya que sería destinado unos meses más tarde hasta Melilla para incorporarse, primero como pagador a la Comandancia de Ingenieros y después a las Fuerzas Regulares. Su mujer nunca se adaptó a la vida de la Ciudad Autónoma y, aunque nacieron allí sus dos hijos (Teresa y José Antonio), al final ella terminó regresando a Ávila junto a sus pequeños a pasar una buena temporada. Se puede decir que el matrimonio no iba demasiado bien por lo que Antonio y su esposa decidieron distanciarse una buena temporada. No fue una separación oficial, pero sí forzada por las circunstancias.

Hospital Militar de Carabanchel / Memoria de Madrid

Enfermo de tuberculosis

El 13 de diciembre de 1935, el teniente Rodríguez Aguado fue destinado a la IV División Militar en Barcelona para ocuparse de la sección de contabilidad, sin embargo, su estancia allí fue efímera debido a sus problemas de salud. Poco después de llegar fue diagnosticado con principios de tuberculosis, por lo que consiguió ser enviado como “disponible forzoso” a su tierra, Burgos. El clima seco y frío de Castilla le podría venir muy bien, además se encontraría muy cerca de su familia que se había instalado definitivamente en Ávila.

Antes de incorporarse a su destino, su enfermedad se agravó, por lo que decidió trasladarse hasta un majestuoso chalé en la costa de Chipiona, donde residía su madre, Práxedes Aguado, ya que su padre había fallecido años atrás. Según fuentes cercanas a la familia con la que nos entrevistamos en su día, era una casa inmensa, con grandes jardines e incluso pista de tenis. Se llamaba Villa Limpias y estaba situada junto al mar en lo que hoy conocemos como el camino de Regla. En ese magnífico paraje fue cuidado por su madre y también por algunos doctores y enfermeras que estaban empleados en un antiguo sanatorio de Santa Clara que se había levantado hacía más de cincuenta años en la zona.

Valdés Lambea tras la Guerra Civil / BVD

En los meses previos al alzamiento nacional, Rodríguez Aguado permaneció en Chipiona recuperándose de su enfermedad. Podemos confirmar que no estaba al corriente del alzamiento militar que se estaba gestando contra el Gobierno de la República a pesar de estar totalmente en contra de las políticas del Frente Popular. Sabemos que desde antes de febrero de 1936 ya militaba en Falange, habiendo sido designado de una manera clandestina, representante del partido dentro del cuerpo de Intendencia. Pese al nombramiento, no estaba al corriente del golpe por haber estado centrado en recuperarse de su enfermedad. Su salud endeble le había alejado de sus camaradas falangistas, aunque ideológicamente les apoyaba en todos los sentidos.

A primeros de julio de 1936, Antonio había dado muestras de mejoría. Tanto es así que los doctores le permitieron incorporarse a su destino en la Intendencia Militar de Burgos donde le tenía que haber sorprendido la sublevación militar. No pudo ser. Se desplazó el 5 de julio se desplazó en tren desde Cádiz a Madrid desde donde se desplazaría, posiblemente por carretera, hasta su nuevo destino. A mitad de camino, nuestro hombre sufrió un ataque de tos, con esputos de sangre, que causó un revuelo enorme entre el resto de pasajeros que iban a bordo del tren. Un doctor que viajaba en su mismo vagón fue el primero en atenderle, ya que el joven teniente llegó incluso a sufrir un desvanecimiento por la intensidad de las toses.

El alzamiento en Madrid

Al llegar a Madrid fue trasladado inmediatamente hasta el Hospital Militar Central ubicado en Carabanchel donde fue tratado personalmente por el comandante médico, José Valdés Lambea, uno de los doctores más prestigiosos por entonces en la lucha contra la tuberculosis. Él ordenó su aislamiento en el centro y valoró un posible tratamiento quirúrgico para intentar reducir o acabar con su enfermedad. Ambos hicieron buenas migas desde el primer momento, tanto es así que posteriormente el galeno se convertiría, gracias a su buena relación con Antonio, en un importante activo de la Quinta Columna.

La realidad es que nuestro protagonista sufría subidas y bajadas constantes en su enfermedad. A pesar de encontrarse ingresado en el hospital, el 18 de julio de 1936, cuando se produjo la sublevación militar, se encontraba mucho mejor que días atrás. Como miembro de Falange y simpatizante del alzamiento, abandonó el hospital sin permiso y se trasladó al Parque de Intendencia de Madrid que estaba ubicado en Pacífico. Allí se sumó a varios oficiales y suboficiales del cuerpo que se habían alzado contra la República, pero la indecisión de los mandos propició que todo fracasara estrepitosamente. A diferencia de otros cuarteles de Madrid, en Pacífico no hubo tiros ni matanzas de soldados por parte de las milicias, de hecho, Antonio pudo salir del acuartelamiento por la puerta principal el mismo 22 de julio sin ser identificado. Nadie le interrumpió el paso, posiblemente porque se había quitado el uniforme y se había puesto un mono azul simulando ser un miliciano cualquiera.

Acceso al Parque de Intendencia de Pacífico / Web Ejército de tierra

Cuando regresó al hospital militar, su situación dio un giro radical. Las milicias habían empezado a controlar sus instalaciones, dejando a los mandos médicos como Valdés Lambea o Gómez Ulla apartados en un segundo plano por ser considerados “dudosos”. Antonio fue arrestado pocos minutos después de llegar al sanatorio por haberlo abandonado sin autorización de sus superiores. Permaneció algo más de mes y medio encerrado pendiente de que se celebrara su juicio y fue testigo del brutal asesinato del general López Ochoa, que al igual que él se encontraba ingresado antes de empezar la Guerra Civil.

A finales de septiembre se celebró el juicio contra Rodríguez Aguado que consiguió convencer al tribunal de que su estado de salud era delicadísimo y que no tenía capacidad de movilizarse contra el Frente Popular. Argumentó su salida del hospital a motivos familiares, afirmó que no  y explicó que nunca se posicionaría contra el “Gobierno elegido por el pueblo”. Como comprobaremos a continuación, no tuvo reparos a la hora de mentir y en contar una historia que no se correspondía con la realidad.

Su discurso tuvo que convencer a los miembros del tribunal que decidieron absolverle. Le ordenaron, sin embargo, que abandonara inmediatamente el hospital de Carabanchel pues allí tenían que estar los heridos de guerra y no los hombres dudosos que no tenían capacidad para ir al frente. Una vez en la calle comprobó que era imposible desplazarse hasta Burgos donde se tendría que haber incorporado ese mismo verano según viene reflejado en el boletín del Ministerio de la Guerra. Procuró ingresar en una clínica privada para seguir su tratamiento para la tuberculosis, pero todas le negaron su entrada puesto que las camas estaban destinadas para los cientos de heridos que llegaban de los frentes, especialmente de la sierra y de Toledo. Pese a ello, debido a su delicado estado de salud y a los informes desfavorables de Valdés Lambea, no fue movilizado por el Ejército de la República.

A la izquierda, Jiménez de Anta junto a su suegro / Imagen cedida por la hija de Jiménez de Anta

Contactos clandestinos

No hay muchos datos sobre sus actividades en los meses de octubre, noviembre y diciembre, sin embargo, sí que sabemos que por esas fechas empezó a relacionarse clandestinamente con algunos oficiales de Intendencia que simpatizaban con los alzados. Entre ellos se encontraban los tenientes Joaquín Jiménez de Anta o los hermanos Moll Carbó (Sebastián y Bernardo). Los tres simpatizaban con el alzamiento, aunque se habían visto forzados a defender la causa republicana por encontrarse en la capital el 18 de julio. El primero, con el que había hecho amistad en tiempos de la academia de Ávila, estaba destinado en el tren hospital número uno que cubría la ruta de Alcázar de San Juan y Madrid llevando heridos procedentes de los frentes manchegos. Antes de ello, había sido detenido por las milicias y puesto en libertad después acusado de haber sido ayudante del jefe de Policía de Madrid antes de las elecciones de febrero de 1936. Los hermanos Moll, por su parte, también eran conocidos por nuestro militar desde antes de la guerra y se encontraban destinados en el taller de uniformidad y vestuario del parque de Intendencia de Pacífico.

Paralelamente a finales de 1936 entró en contacto con la cúpula de la Falange Clandestina en Madrid dirigida por entonces desde una prisión de la capital por Manuel Valdés Larrañaga, uno de los fundadores del partido de José Antonio. El contacto se produjo a través de un abogado falangista Julián Abejón, que actuaba como enlace en la calle de Valdés Larrañaga y que era una persona de toda confianza para nuestro hombre pues era hermano de un teniente de Intendencia al que conocía desde antes de la guerra.

Como militante de Falange que era, Rodríguez Aguado recibió el encargo de la junta clandestina de su partido de crear una organización clandestina de índole falangista en la Intendencia Militar de la zona centro. La idea inicial era que buscara entre los militares del Cuerpo varios hombres que estuvieran dispuestos a levantarse en armas contra la República una vez se iniciara la ofensiva final de las tropas franquistas contra la capital. Conviene recordar que, por esas fechas, Madrid se encontraba sitiada por los nacionales que ya habían llegado hasta la Casa de Campo, Ciudad Universitaria, Carabanchel y Usera. Muchos eran los madrileños, partidarios del alzamiento, que estaban convencidos de que la contienda iba a terminar más pronto que tarde.

La red

Siguiendo las indicaciones de Valdés Larrañaga, Antonio puso en marcha una organización secreta bajo su mando que empezó a actuar oficialmente en diciembre de 1936. Sin dudarlo, nombró como segundo de a bordo a una persona de su total confianza, el teniente Jiménez de Anta que había conseguido que le destinaran como “pagador” al Parque de Intendencia de Pacífico. Bajo la supervisión de nuestro protagonista, Jiménez de Anta captó dentro del parque a una veintena de oficiales, suboficiales y soldados simpatizantes de las derechas que estaban dispuestos a trabajar para los alzados desde la sombra.

Manuel Valdés Larrañaga tras la guerra / Archivo Regional de Madrid

Paralelamente, Antonio abrió contactos con la Junta de Compras del Ministerio de la Guerra, organismo que estaba estrechamente ligado con la Intendencia de Madrid. Por medio de una secretaria, Carmen Guadalupe, pudo acercarse a la jefatura de este organismo cuyo mando estaba en desacuerdo con los desmanes que estaban cometiendo en la capital las milicias del Frente Popular. Se puede decir que este mando, que era capitán de Intendencia y abogado, miró hacia otro lado y permitió que la organización de Rodríguez Aguado se infiltrara en la junta sin poner ningún tipo de problema. En un futuro publicaremos en www.guerraenmadrid.net un artículo extenso sobre lo que ocurrió en la Junta de Compras, algo totalmente inédito y que nunca ha visto la luz.

Los tentáculos de la red también se expandieron ese invierno de 1936 hasta una escuela de capacitación de oficiales que el Ejército de la República había instalado en Barajas. A través de un sargento que allí estaba destinado, Julio César Carmona, los quintacolumnistas consiguieron llegar al responsable de la escuela, el comandante López Palazón que se puso incondicionalmente a las órdenes de Antonio y, por ende, de los sublevados.

Todos los contactos que la organización iba creando eran transmitidos a la cúpula de la Falange Clandestina en Madrid, pero la situación dio un giro en enero de 1937. El enlace que transmitía todas estas informaciones a Valdés Larrañaga fue detenido por la Policía republicana, por lo que el grupo de Antonio se quedó completamente aislado en la capital. A partir de ese momento, nuestro militar tuvo que asumir el mando supremo de su organización, redactando una especie de manifiesto con seis puntos que todavía se conserva en el Archivo Militar de Ávila. En ellos se explica a grandes rasgos la razón de ser de sus actividades y los objetivos prioritarios que se marcaban.

El más importante de todos era establecer contacto con la zona nacional ya que se habían quedado completamente desconectados de la jefatura falangista. Rodríguez Aguado y Jiménez de Anta decidieron poner en marcha una misión muy arriesgada para intentar enviar un mensaje a los servicios de información franquistas dándoles cuenta de la existencia en Madrid de una organización que les apoyaba. Ambos decidieron enviar hasta Toledo a un teniente de Intendencia, Ernesto Ramajos, que se encontraba perseguido por las autoridades del Frente Popular. Y estaba dispuesto a asumir el riesgo de evadirse a la otra zona.

Hasta mayo de 1937 no se pudo llevar a cabo la operación de evacuación del teniente Ramajos. Rodríguez Aguado diseñó pormenorizadamente la acción en la que participaron hasta tres miembros de su grupo en los que confiaba ciegamente por su lealtad. Se trataba del cabo de la escuela de capacitación de Barajas (Lorenzo de Mora), el conductor del parque de Pacífico, Crescencio de Lucas y un falangista llamado Manuel Manzano, de cuya historia hablaremos en un futuro. Los tres quintacolumnistas llevaron a Ramajos hasta la localidad de Totanes (Toledo) en un vehículo ligero de la Intendencia Militar. Llevaban salvoconductos completamente reales para poder llegar a esa zona por si fueran interceptados por las muchas patrullas de milicianos que actuaban en la retaguardia toledana. Aquellos documentos decían claramente que el vehículo y sus ocupantes se estaban desplazando hasta esa zona con el fin de adquirir víveres para las fuerzas militares de Madrid que estaban acantonadas en Vallecas y alrededores.

Soldados republicanos durante la Guerra Civil (Biblioteca Digital Hispánica)

Tras superar con éxito un par de controles, la expedición llegó sin demasiados problemas hasta una casa de campo a las afueras de Totanes. Allí habían quedado con un agricultor local, apodado el Francés, que tenía relación desde antes de la guerra con Lorenzo de Mora. Era una persona de su total confianza que conocía como nadie el terreno y que sabía llegar a través del Tajo hasta las posiciones sublevadas sin ser detectado por los centinelas de la República. A cambio de unas pocas pesetas, el Francés llevó a Ramajos hasta estas posiciones, logrando de esta manera cumplir con éxito la primera evacuación de los quintacolumnistas.

Ramajos, nada más llegar a zona nacional, pidió entrevistarse inmediatamente con el teniente coronel Bonel Huici que dirigía desde la Torre de Esteban Hambrán (Toledo) los Servicios de Información del Frente de Madrid. Le entregó una carta firmada por Rodríguez Aguado en la que ponía a disposición del mando nacional el grupo que había puesto en marcha en la retaguardia republicana con los nombres y apellidos de sus principales dirigentes.

Intercambio de información

A partir de ese momento, el servicio secreto franquista y la organización de Antonio en el Madrid de la República empezaron a trabajar de manera conjunta. El espionaje nacional empezó a enviar cada una o dos semanas a la capital “enlaces humanos” para que establecieran contacto directo con Rodríguez Aguado o Jiménez de Anta. Los dos quintacolumnistas aprovechaban estos encuentros para entregarles información de índole militar del Ejército republicano que sus agentes obtenían a través de sus destinos en el Parque de Intendencia de Pacífico, en la Junta de Compras del Ministerio de la Guerra o en la Escuela de Capacitación de Oficiales. Al poco tiempo, los enlaces regresaban a zona nacional, portando consigo estos informes eran entregados a sus superiores y que eran considerados de gran valor. En nuestro libro ‘La Quinta Columna’ (Esfera de los Libros) le dedicamos todo un capítulo a la actuación de estos enlaces que atravesaron durante toda la guerra las líneas republicanas para recibir información de la Quinta Columna.

Durante los meses siguientes, el grupo de nuestro protagonista simultaneo su actividad clandestina. Por un lado, seguía realizando expediciones de personas de la España republicana a la nacional a través de la misma ruta del Tajo que había utilizado el teniente Ramajos o alguna similar en la zona. Por otro lado, se dedicaba a recabar información militar de la República sobre movimientos de tropas en los frentes de Madrid o la ubicación de puntos estratégicos como observatorios de aviación, aeródromos o baterías. Como consecuencia de esta labor, los quintacolumnistas pudieron adelantar a mediados de junio de 1937 que el enemigo preparaba una ofensiva en la zona de Brunete, un adelanto que, sin embargo, no fue tenido muy en cuenta por los mandos sublevados que se verían sorprendidos por los republicanos unos días más tarde.

A medida que pasaban las semanas, Rodríguez Aguado fue confeccionando un equipo más amplio de colaboradores, aunque sin perder de perspectiva su propia seguridad. A él solo le conocían un puñado de miembros de la organización que actuaban como enlace con otros miembros del grupo. Uno de estos enlaces era Concepción García Castro, hija de un coronel del Ejército, que terminaría convirtiéndose en su novia y el otro era Joaquín Jiménez de Anta (su segundo) que se relacionaba con todos los militares de Intendencia. Además, se unieron a la organización quintacolumnista otros personajes que estaban muy bien situados en el entramado republicano como un capitán de Estado Mayor del Ejército del Centro, Agustín Delgado Cros o un agente de vigilancia llamado Victoriano Sanjuán. También se incorporó al grupo el médico militar Valdés Lambea al que hemos conocido al principio de esta investigación por haber tratado antes de la sublevación al protagonista de esta historia.

Una organización bien engrasada

Uno de los objetivos que marcó Antonio a sus subordinados fue intentar aproximarse al general republicano Manuel Matallana que, por su carácter tradicional y sus ideales religiosos, podría tener interés en colaborar con la Quinta Columna. En el verano de 1937, se tomaron todas las medidas de seguridad posibles para que el acercamiento no le resultara violento al general, pero finalmente se negó a trabajar para los nacionales, pensando quizás que su vida podía correr peligro. Un año después cambiaría de postura.

Brunete destruido durante la Guerra Civil / BNE

La comunicación con el espionaje nacional en Toledo se hizo cada vez más estrecha en el verano de 1937. A los enlaces que se desplazaban a Madrid para recoger los informes que elaboraba Rodríguez Aguado, se sumó la instalación de una emisora clandestina en un piso de la calle Vallehermoso. En ella, un miembro del grupo sintonizaba el canal A.Z desde donde Bonel Huici enviaba mediante lenguaje cifrado mensajes directos a Antonio. El escucha, que no sabía descifrar el contenido, se limitaba a copiar los códigos de letras y números que lanzaba el locutor y se los entregaba a la novia de nuestro protagonista (escondidos en ocasiones en una barra de pan desmigada) para que los descifrara.

Uno de esos mensajes enervó a Rodríguez Aguado porque consideraba que iba en contra las medidas de seguridad que estaban implementando. El alto mando nacional ordenaba la fusión de su organización con otra que operaba en la retaguardia madrileña bajo el nombre de las Milicias Pizarro. Estaba dirigida por un profesor falangista, Francisco Grañen y por un capitán de Infantería, José Burgos, que habían participado en el alzamiento de Guadalajara. Ambos habían creado en Madrid una red de agentes secretos independientes que estaban emboscados en una academia de idiomas en la calle Naciones y en el sanatorio de Santa Alicia.  

El principio del fin

Antonio tuvo que obedecer. Estaba acostumbrado a hacerlo, pero aquella unificación de organizaciones le daba muy malas vibraciones desde el principio. Mantuvo una primera reunión con Grañén y Burgos en una pensión de la Gran Vía y, aunque sus intenciones eran buenas, estaba convencido de los problemas que podría acarrear una fusión entre dos grupos clandestinos. Cuantas más personas trabajaran para una misma organización más riesgos se correrían, sobre todo teniendo en cuenta que la seguridad republicana estaba al acecho. Hasta ese momento, varias redes quintacolumnistas habían caído por la infiltración de agentes enemigos como la dirigida por el falangista Antonio Del Rosal o la conformada por Javier Fernández Golfín e Ignacio Corujo.

Aquellas malas sensaciones de Antonio se hicieron realidad a partir de octubre de 1937. A los problemas que empezó a tener la organización con las evacuaciones por el Tajo -el río estaba cada vez más vigilado- se sumó una indiscreción mayúscula por parte de un grupo de integrantes de la organización. Varios jóvenes integrantes de las Milicias Pizarro solían reunirse en el Café del Prado para comentar el devenir de la Guerra Civil. Pensaban que allí estaban seguros pues era un local frecuentado por muchas personas contrarias a las políticas del Frente Popular. La Brigada Especial de la Policía republicana estaba al corriente de que ese café estaba atestado de desafectos y envió a uno de sus mejores hombres, que se movía como nadie entre los derechistas. Era un sargento de carabineros al que todos conocían como Boni, aunque su nombre real era Bonifacio Reinoso.

Fernando Valentí preso tras la guerra / CDMH

Lo cierto es que Boni entabló amistad con aquellos militantes de las Milicias Pizarro haciéndose pasar por incondicional de la Falange. Entre cafés, coñacs y vinos, los chicos no tardaron mucho en confesarle que eran miembros de una organización de la Quinta Columna y le propusieron sin ir más lejos formar parte de la misma. Como puede imaginar el lector, el carabinero aceptó y sugirió a los quintacolumnistas que incorporar a dos amigos suyos que también eran simpatizantes de las derechas, Gabriel Ruiz de la Peña y José Granda. Obviamente, aquellos dos supuestos amigos también eran miembros de la Brigada Especial, cuya sede estaba instalada en el número 108 de la calle Serrano.

El comisario Fernando Valentí, al que le hemos dedicado dos artículos en nuestro blog (ver artículo 1 y ver artículo 2) dirigió personalmente el trabajo de los tres infiltrados de su brigada. Durante un mes aproximadamente, los agentes encubiertos se infiltraron en la organización de Rodríguez Aguado y, aunque no pudieron conocer la identidad de Antonio, su líder, sí pudieron descubrir el modus operandi de su red. También consiguieron descubrir la identidad de una treintena de sus integrantes, entre los que se encontraban casi todos los miembros de las Milicias Pizarro y algunos pesos pesados del grupo como el capitán Delgado Cros.

El hombre más buscado

La operación contra la Quinta Columna empezó el 15 de octubre de 1937 y terminó con la detención de casi 40 miembros de la red. Todos fueron trasladados inicialmente a la prisión de la Ronda de Atocha, una cárcel semi clandestina de la Brigada Especial, aunque fueron siendo trasladados salpicadamente a prestar declaración a la calle Serrano 108. Dirigidos por Valentí y por su lugarteniente, Jacinto Rosell, los interrogatorios a los detenidos estuvieron marcados por los malos tratos y las amenazas. Los propósitos de los policías republicanos eran que los quintacolumnistas delataran a los compañeros que permanecían en libertad para intentar llegar a la cúpula del grupo.

En menos de dos semanas los agentes descubrieron la identidad del líder de la organización y de su círculo de confianza. En nuestro libro “La Quinta Columna” (Esfera de los Libros) relatamos con minucioso detalle como Rodríguez Aguado pudo escapar in extremis de una redada cuando se escondía en una vivienda de la calle Sagasta huyendo por la azotea del bloque. Junto a su segundo, Jiménez de Anta, emprendió una carrera desesperada en búsqueda de un refugio seguro porque la República les pisaba los talones e incluso había puesto precio a su cabeza, como si se tratara de una película del Oeste. Para entonces, se había hecho cargo de su busca y captura el todopoderoso SIM (Servicio de Información Militar), un importante organismo de espionaje que estaba dirigido en Madrid por el socialista Ángel Pedrero, mano derecha al principio de la guerra del oscuro tipógrafo, Agapito García Atadell.

Ángel Pedrero, jefe del SIM durante la guerra / CDMH

El espionaje y las fuerzas de seguridad de la República pisaron los talones a nuestro protagonista durante casi dos meses que había empeorado de su estado de salud. Los agentes republicanos contaron con el apoyo de Concha García Castro que había delatado a Antonio, suponemos que después de recibir multitud de amenazas. También por parte de algunos falangistas de las Milicias Pizarro que, a cambio de una falsa promesa de libertad, aceptaron colaborar con el SIM para intentar desvelar el lugar exacto donde se escondía “el hombre más buscado”.

Durante ocho semanas, Antonio y Joaquín se ocultaron en casas de amigos y conocidos donde permanecían muy poco tiempo para no comprometerles. Finalmente, por medio de un sacerdote vinculado a la diplomacia francesa que conocía las andanzas de los quintacolumnistas, consiguieron refugiarse en lo que pensaban que era un “lugar seguro”. Un coche con bandera francesa les llevó el 18 de diciembre hasta la Embajada de Turquía que por entonces se encontraba situada en la calle Zurbano. Allí estaban refugiados centenares de personas de derechas, militares, políticos o miembros de la nobleza, que tenían el convencimiento de que en la calle su vida podía correr serio peligro. En este blog también publicamos en su día un artículo (podcast incluido) sobre la vida en el interior de la Embajada de Turquía durante la Guerra Civil.

La detención

Nuestro hombre permaneció poco más de un mes en la Embajada de Turquía. El SIM supo muy pronto que el quintacolumnista se había refugiado allí, así que infiltró dentro de la legación a uno de sus colaboradores, José María Lezameta, un antiguo tradicionalista que decidió traicionar a sus ideales por unas pocas pesetas. Hasta el 28 de enero de 1938, Lezameta informó a sus superiores del SIM de las andanzas de Rodríguez Aguado y Jiménez de Anta y les explicó que los dos militares estaban intentando reconstruir su organización con los pocos compañeros que permanecían en libertad y no habían sido detenidos.

En una operación dirigida por Manuel Uribarri -jefe del SIM en toda España- la República decidió violar el asilo diplomático y entró en la embajada de Turquía el 28 de enero para detener a Rodríguez Aguado. La acción contó con el visto bueno del por entonces ministro de la Guerra, el socialista Indalecio Prieto. Los servicios de propaganda del bando republicano diseñaron una burda excusa para justificar internacionalmente el asalto a una legación diplomática. Se dijo públicamente que las fuerzas de seguridad habían entrado en la embajada porque alguien desde el interior había disparado a una patrulla de guardias de asalto que patrullaban por la calle Zurbano. Una mentira que nadie creyó. La prensa recogió también un montaje de un falso alijo de armas que se había encontrado dentro de los edificios y acusaba a los refugiados de crear una revista pro falangista para mofarse del Gobierno.

No hace falta ser muy inteligente para asegurar que el verdadero motivo por el que se asaltó la Embajada de Turquía fue para detener a Rodríguez Aguado que se había convertido en el hombre más buscado de Madrid. Aprovechando el arresto de los dos quintacolumnistas, las fuerzas de seguridad republicanas detuvieron al resto de asilados que nada tenían que ver con actividades ilícitas. Una decena de ellos, como el hijo del conde de Romanones, fueron llevados a Barcelona donde morirían, algunos de ellos asesinados, otros como consecuencia de las malas condiciones de vida que sufrieron en los campos de trabajo.

Embajada de Turquía en la guerra / Imagen del autor

Antonio fue llevado al ministerio de la Marina en Cibeles, sede del SIM, donde tuvo que prestar declaración ya en calidad de detenido.  Ángel Pedrero y otros pesos pesados del servicio secreto republicano le interrogaron e incluso le sometieron en los sótanos del edificio a un simulacro de fusilamiento para hacerle “cantar”. Lo cierto es que el teniente de Intendencia reconoció casi desde el principio todos los delitos que le imputaban, aunque procuró confundir a los interrogadores con informaciones confusas para proteger a sus compañeros que todavía no habían sido detenidos.

Con sus jefes ya detenidos (Antonio y Joaquín), los pocos elementos del grupo que permanecían en libertad, intentaron presionar al espionaje republicano para que nada les sucediera a sus mandos. Así por ejemplo, un quintacolumnista infiltrado en el mismísimo SIM, envió un anónimo a la vivienda de Pedrero amenazándole de muerte como “tocara” a los detenidos en la embajada de Turquía, advirtiéndole de que más pronto que tarde, Miaja le haría pagar todas sus fechorías.

Mientras el SIM hacía las diligencias oportunas tras la detención de Rodríguez Aguado, el Tribunal de Espionaje y Alta Traición empezó a elaborar un sumario para determinada el grado de culpabilidad de cada uno de los detenidos. Se da la circunstancia de que el juez que se encargó del sumario, Mariano Luján, simpatizaba con las derechas y hasta cierto punto colaboró con la Quinta Columna para alargar los plazos y favorecer a los arrestados. No pudo, sin embargo, proteger a Francisco Grañén, uno de los jefes de las Milicias Pizarro que murió en la cárcel Porlier de tuberculosis. La buena sintonía entre el juez y los detenidos llegó a ser tal, que en un momento dado ordenó una investigación interna al comisario Fernando Valentí por “malos tratos” a los detenidos.

Luján no pudo evitar el traslado de Antonio y otros dirigentes de Madrid a Barcelona en febrero de 1938. A fin de cuentas, en la ciudad condal estaba el Gobierno de la República y allí se habían instalado las oficinas centrales del Tribunal de Espionaje y Alta Traición. Rodríguez Aguado fue encerrado inicialmente en el buque prisión Villa de Madrid y posteriormente en el vapor Uruguay. Para entonces, nuestro teniente había empeorado considerablemente su estado de salud como consecuencia de las malas condiciones de vida y los malos tratos que había recibido durante las primeras semanas de su cautiverio. El prestigioso médico militar, Mariano Gómez Ulla, que también estaba preso en las cárceles barcelonesas, intentó atenderle, pero sin medios apenas pudo hacer nada.

En la otra zona, los servicios de información de Franco, bajo la denominación oficial del SIPM (Servicio de Información y Policía Militar) estaban al corriente de lo que había sucedido con su agente más preciado. Tanto es así que intentaron gestionar su canje a través de la Cruz Roja con un espía republicano que había sido detenido en San Sebastián, pero todas las negociaciones quedaron en saco roto.

La salud de Rodríguez Aguado era delicadísima a primeros de octubre de 1938. Permanecía tumbado todo el día en un colchón del buque prisión Uruguay, sin poder moverse, con toses terribles y con una delgadez extrema. Fue trasladado a la enfermería de la prisión donde un funcionario del tribunal de espionaje intentó tomarle declaración. Para entonces, nuestro protagonista apenas podía hablar porque no tenía fuerzas. Tan solo rubricó con una letra temblorosa su firma tras reconocer que era imposible ofrecer su testimonio. Debido a su estado, el SIM ordenó su traslado a la cárcel seminario donde las condiciones de vida de los reclusos eran mejores, sin embargo, ya era demasiado tarde. El 28 de octubre de 1938 moría a los 33 años cuando quedaban solo tres meses para que Barcelona cayera en poder de las tropas de Franco.

Su familia (esposa, hijos, hermanos y madre) recibió la noticia de su fallecimiento un mes más tarde, el 10 de diciembre. Fue transmitida al SIPM por la Cruz Roja Internacional que intentó negociar su canje hasta días antes de su muerte. Sus descendientes nunca supieron qué sucedió con su cadáver ni donde se encuentra enterrado uno de los miembros de la Quinta Columna más relevantes de la Guerra Civil.

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Comentario de los autores

Nos encanta la repercusión que tienen todas y cada una de nuestras investigaciones, pero no vamos a tolerar que nadie nos plagie o utilice indebidamente nuestros artículos. La persona que esté interesada en compartir esta investigación en un blog, página web o medio de comunicación, deberá establecer contacto con los gestores de esta página a través de correo electrónico: guerraenmadrid@gmail.com. Hagamos entre todos un buen uso de Internet para conseguir una mejor divulgación histórica.

Fuentes consultadas

  • AGHD. Sumario 2666. Legajo 3679. Expediente contra Bonifacio Reinoso.
  • AGHD. Sumario 59741. Legajo 5100. Expediente contra Fernando Valentí.
  • AGHD. Sumario 10759. Legajo 6566. Proceso de depuración de Agustín Delgado Cros.
  • AGMAV. Caja 2847. Legajo 14. Carpeta 16. Expediente Jiménez de Anta.
  • AGMAV. Caja 2860. Legajo 27. Carpeta 11. Expediente Rodríguez Aguado.
  • AGMAV. Caja 2924 13/34. Memoria del SIMP de Jiménez de Anta.
  • AGMS. Hoja de servicios de Antonio Rodríguez Aguado.
  • CDMH. Causa General. 1541. Expediente 1. Sumario 81/1938. Juzgado Especial de Espionaje. Sumario contra Rodríguez Aguado y otros.
  • CDMH. Causa General. 1520. Expediente 2. Procedimiento judicial contra Ángel Pedrero.
  • Testimonio oral del coronel Solans, sobrino de Antonio Rodríguez Aguado.
  • Testimonio oral de Blanca Jiménez de Anta, hija de Joaquín Jiménez de Anta.
  • ‘La Quinta Columna. La guerra clandestina tras las líneas republicanas’ (Esfera de los Libros). Alberto Laguna y Antonio Vargas.
  • ‘Diplomacia, humanitarismo y espionaje en la Guerra Civil Española’ (Biblioteca Nueva). Antonio Manuel Moral Roncal.
  • ‘Madrid en guerra. La ciudad clandestina’ (Alianza Editorial). Javier Cervera.

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